MARTHA ANAYA / UN REPORTERO DE EL HERALDO

ALHAJERO

Hace 49 años, el 25 de enero de 1970, ocurrió uno de los peores accidentes que han sufrido compañeros periodistas.

Fue durante la campaña presidencial de Luis Echeverría Álvarez. Un avionazo en el que fallecieron 14 de los periodistas que realizaban la cobertura de la gira y del que uno sólo sobrevivió. Se llamaba Jesús Kramsky (acaba de morir hace unos meses). Tenía 21 años cuando ocurrió el accidente en el Cerro del Mesón en Poza Rica y era reportero de El Heraldo de México.

Aquella mañana del siniestro, Kramsky subió entusiasmado al Convair 240 en que se trasladarían los enviados. El vuelo sería algo turbulento, bajo tormenta y sin visibilidad.

Entre sus recuerdos -por escrito y en videos- narra que en un momento dado quiso fumar un cigarrillo; se levantó del asiento, anduvo platicando con otros compañeros y al volver a su lugar ya no se puso el cinturón de seguridad. Ese detalle, pensaba, influyó en lo que pasó momentos después: un estruendo y la caída del avión.

El enviado de El Heraldo rebotó aquí y allá y fue a dar a la parte trasera del avión. Fotografías muestran que la cola del Convair fue de lo poco que quedó reconocible del aparato, luego de deslizarse por la ladera y terminar hecho pedazos.

Ahí es donde un campesino encontró al reportero. Lo sacó y lo recargó a un árbol.

Kramsky tenía deshechas las piernas. Se desangraba. Pero estaba consciente. Garrapateó un recado pidiendo ayuda y aquel campesino, a lomo de burro, lo llevó a la ciudad. Para entonces ya cundía la noticia. Comenzó la búsqueda. El propio Echeverría se trasladó al lugar. Y con él –entre otros–alguien que iba a viajar en ese avión y que de último momento lo bajaron porque iría de invitado en el avión del candidato. Ese pasajero afortunado –había dejado incluso su portafolio en el avión siniestrado- era nada menos que Miguel Alemán Velasco.

Las piernas de Kramsky, mencionábamos, quedaron destrozadas aquel día. Más de 80 operaciones padeció a lo largo del tiempo que le quedó de vida. Entre hospitales conocería al amor de su vida –una enfermera que lo cuidó desde el primer día del accidente-, y si bien siguió escribiendo, ya no pudo volver a la vida reporteril.

Él, cuando se reunía con periodistas o participaba en alguna ceremonia en recuerdo de sus compañeros fallecidos, solía decir a los reporteros:

“Ustedes viven a diario los riesgos de la primera o segunda profesión más peligrosa del mundo, y no tenemos en un momento determinado la posibilidad de estar protegidos en todas nuestras actividades. Salimos con valor, con deseos de convertirnos en cronistas de la historia…, pero…”

Pero el destino a veces se cruza y nos cambia la vida misma, si no es que nos la arrebata. Es la vida del reportero.

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