Martha Anaya

Martha Anaya

ALHAJERO

Y les habló a la cara…

Andrés Manuel López Obrador ni siquiera esperó a iniciar su discurso para sorrajar el primer golpe.

Y fue directo a aquellos que alguna vez le metieron el pie y que llegaron a la Presidencia de la República de manera fraudulenta.

Lo hizo en el momento de rendir protesta. Cuando, brazo en alto, recitaba el artículo 87 de la Constitución y protestaba “desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido…”

Fue ahí cuando el tabasqueño agregó y dio una entonación particular a su voz: “(que el pueblo me ha conferido) de manera democrática… (mirando por el bien y prosperidad de la Unión, etc., etc.).

Para algunos pasó de noche ese dato ante el bullicio del grito ¡Pre-si-dente! ¡Pre-si-dente!, que resonaría en el Pleno.

Pero el tema no tardaría en volver y los involucrados, en ser señalados de manera más abierta.Porque en su discurso –su primer discurso como Presidente Constitucional– no se andaría por las ramas. Sería provocador y de confrontación.

La sombra de los “fraudes” que entronizaron al neoliberalismo durante 30 años (desde 1988 y no se diga el del 2006), se haría patente a lo largo de su mensaje (Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y sus dos hijos, lo atestiguarían desde el mismísimo salón de sesiones).

Con dedo flamígero, López Obrador lo expresaría frente a todos los presentes en la ceremonia de investidura. Lo mismo invitados, legisladores, que jefes de Estado.

Lo haría “salvando” la imagen de Enrique Peña Nieto al iniciar su discurso. Le agradecería al ya expresidente no haber intervenido, “como lo hicieron otros presidentes”, en los comicios presidenciales. Aunque tal detalle no sería suficiente para acribillar luego al mexiquense con una serie de frases acusatorias que descompondrían el rostro de Peña Nieto y que lo llevarían a no sumarse prácticamente a los múltiples aplausos (medio centenar fácilmente) que le obsequiaron sus seguidores.

Pero es que López Obrador no dio tregua a sus antecesores.

En el mismo recinto que hace 13 años, bajo el gobierno de Vicente Fox, fue a defenderse (inútilmente) ante diputados panistas y priistas que votaron por su desafuero, ayer AMLO espetó frases como éstas:

-Nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo.

-La crisis de México se originó no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este periodo de la más inmunda corrupción pública y privada.

-El gobierno ya no será un simple facilitador para el saqueo.

Decir que el presidente saliente estaba desencajado es poco. Quienes ahí nos encontrábamos, notábamos la incomodidad del hombre que acababa de entregar la banda presidencial.

Y en el otro extremo del salón, allá donde se encontraban los invitados especiales –desde los religiosos Norberto Rivera y Carlos Aguiar, pasando por los gobernadores del país, hasta empresarios como Carlos Slim, Germán Larrea, Emilio Azcárraga, Miguel Alemán, Joaquín Vargas, Pancho González Jr, Francisco Aguirre, asomaban también expresiones de mortificación o de malestar.

Pocos se sumaban a las ovaciones de los legisladores de Morena.

Arriba, en la galería –allá donde fueron ubicados los invitados extranjeros-, seguramente pocos entendían de lo que se trataba allá abajo, en tribuna y en curules.

Acaso, la gran manta en contra de Nicolás Maduro –“Maduro no eres bienvenido”, rezaba-, y luego el grito de “¡dictador! que repitieron los blanquiazules a voz en cuello, mientras la manta se apostaba al pie de la tribuna, algo les diría.

Pero López Obrador tenía para enfrentar eso y más.

Para empezar, no interrumpiría su discurso (ni dejaría que Porfirio Muñoz Ledo lo hiciera), seguiría enunciando los nombres de todos los invitados internacionales presentes (lo extraño era que Maduro no se hallaba en la Cámara de Diputados, sólo asistiría a la comida posterior en Palacio Nacional).

Y mucho menos se dejaría amilanar por las protestas –a gritos y con pancartas- de los del PAN. Si ellos le reclamaban bajar la gasolina, él reviraba con un sardónico “ahora resulta que quienes subieron la gasolina, quieren se baje…”.

Por momentos, la gritería de uno y otro lado reinaba, a la par de los pañuelos blancos que mostraban los morenistas cuando los priistas algo querían protestar.

Nada mal venían esos momentos, a decir verdad, pues el discurso de Andrés Manuel resultó muy largo (duró una hora con 18 minutos) y reiterativo. Era más mensaje de un candidato que de un jefe de Estado.

Sin embargo, para quienes aquí vivimos y seguimos de cerca la lucha que llevó al de Macuspana a la Presidencia de la República, las presencias y los símbolos trascendían las palabras.

El sábado, Porfirio Muñoz Ledo –con quien inició la lucha de la izquierda junto con Cuauhtémoc Cárdenas- le entregó la banda presidencial. Un sueño acariciado por uno y otro.

Por vez primera -desde la época de Lázaro Cárdenas-, vimos todos, la banda presidencial cruzar el pecho de un primer presidente de izquierda.

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