Martha Anaya

Martha Anaya

ALHAJERO

Se cumplió la profecía

Lo impensable por muchos hasta hace unos meses, lo temido por otros hasta hace apenas unas horas, se concretó oficialmente anoche a tan sólo quince minutos del cierre de las casillas. Que el ganador de la contienda era Andrés Manuel López Obrador.

El reloj marcaba apenas las 20:09 horas, nueve minutos luego del cierre de casillas en el país, cuando José Antonio Meade –¡sí, increíble!, el candidato presidencial del PRI- salió ante los medios a reconocer su derrota y a anunciar que el triunfador era el abanderado de Morena.

Con un nudo en la garganta, el ex secretario de Hacienda salió a rescatar su honorabilidad. A fin de cuentas, por ella –por su honradez y su decencia-, se convirtió, o lo convirtieron, en candidato del PRI.

Por esas mismas razones reconocía de inmediato que había perdido. Él mismo lo pidió así. Fue su iniciativa. No quiso convertirse en moneda de cambio.

Para sorprender aún más, media hora después Ricardo Anaya hacía otro tanto.  Sus motivaciones eran otras: Los encontronazos por venir en la lucha por las gubernaturas, su enfrentamiento “canallesco” con el tabasqueño y, tal vez, la absolución llegado el momento.

López Obrador, entre tanto –más incrédulo que muchos otros-, sonreía, respiraba profundo, recibía llamadas y felicitaciones en su casa de campaña. La historia que esta tarde-noche vivía era muy distinta a la de hace 12 años, la del 2006, aquella en que –desde su visión- le fue robada la Presidencia de México.

Enrique Peña Nieto, entre tanto, guardaba silencio públicamente. Pero desde la una de la una de la tarde, luego de que depositó su voto, dejó ver un rostro triste, con los ojos enrojecidos que parecían haber llorado largamente. Su apuesta sería la del bono democrático, al igual que lo hizo Ernesto Zedillo.    

Y es que para entonces ya se tenían las primeras tendencias de la elección y los números eran apabullantes: AMLO, de Morena, dos a uno sobre Ricardo Anaya y el candidato del PRI, José Antonio Meade, en tercero, a tres puntos del panista.

Las cifras para el segundo y tercer lugar se cerrarían a lo largo de la jornada. Como a lo largo de la campaña, la lucha volvía a ser por el segundo lugar.

Ocurridos todos esos eventos en cascada, la gente comenzó a asomarse en las calles de la ciudad. Muchos aún no daban crédito a lo que sucedía. No concebían que “hubieran dejado ganar” la Presidencia de la República al tabasqueño.

Tímidamente comenzaron los claxonazos. Poco a poco, la gente se fue congregando en la Alameda, donde enormes pantallas transmitían el seguimiento noticioso. ¡Pero luego fue la apoteosis!

Para el momento en que Andrés Manuel enfiló hacia el hotel Hilton de la Alameda donde daría su mensaje alrededor de las 22:30 horas, ya las calles en torno y hasta el zócalo se atiborraban y festejaban como si se tratara la Noche del Grito. No era para menos. Fueron muchos años de espera. ¡Dieciocho por AMLO!

Y lloraron. Lloraron de alegría y de incredulidad. Lloraron porque al fin, en este tercer intento por alcanzar la silla presidencial, las puertas terminaron por abrirse de par en par. O más bien habría que decir: Abrieron las puertas a golpe de vidas, de luchas a brazo partido, de mucho trabajo en tierra, de terquedad, de perseverancia, de votos, más votos, aún más votos…, y de esperanza.

Para los derrotados, para aquellos que ocupan el otro lado de la cancha electoral –PRI, PAN, PRD, PVEM, MC y Panal- también se cumplió la profecía. Otra profecía: La de las encuestas.

Cayeron inmisericordemente ante el tsunami en que se convirtieron Morena y su líder, mientras ellos –panistas y priistas- se sacaban los ojos hasta el último momento.

Y así, sin oportunidad para quienes perdieron, llegó la hora del “regreso del péndulo” que se quedó atorado en un extremo desde hace más de 30 años.

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