Martha Anaya

Martha Anaya

ALHAJERO

La entrega del poder

Esta podría ser la segunda vez que el PRI pierda la Presidencia de la República y se vea obligado a entregar el poder.

Pero hay grandes diferencias con lo que ocurrió en el 2000.

La más importante, dado a lo que acontece en estos momentos, tiene que ver con la manera en que el priismo enfrenta o se prepara para una posible derrota.

En el 2000, recordemos, la gran mayoría de los priistas –sobre todo fuera de la capital del país- pensaba o imaginaba siquiera que la gran maquinaria tricolor podría ser derrotada en las urnas.

Más aún, suponiendo que algo así llegara a acontecer, estaban ciertos de que desde la Presidencia de la República y con el apoyo de los gobiernos de los estados, caciques y cuantos poderes eran capaces de mover, se haría “lo necesario” para evitar que tal hecho se consumara.

La contienda de hace 18 años se cerró en su tramo final y sólo dos candidatos sobresalían: Francisco Labastida del PRI y Vicente Fox por el PAN. Sotto voce, desde Los Pinos reconocían que apenas había tres puntos de diferencia entre uno y otro.

Pero este dato no parecía permear hacia la militancia, los sectores, los gobiernos locales. Incluso cuando los periodistas o los medios contábamos del gran entusiasmo que estaba levantando Fox en su campaña, su actitud era de incredulidad. No hacían mayor caso.

Fuese por negación, por autismo, por arrogancia,  o por mera imprudencia, el caso es que en 2000 –cuando el PRI perdió por vez primera la Presidencia después de casi 70 años en el poder- los priistas lucían confiados. Suponían que podrían retener el poder a como fuera. Por las buenas o por las malas.

De ahí que cuando la mismísima noche de la elección el Presidente Ernesto Zedillo apareció en cadena nacional –interrumpiendo incluso el discurso que estaba por iniciar Labastida– reconociendo el triunfo de Fox, los priistas se quedaron azorados. En estado de schock. No supieron cómo reaccionar.

Diódoro Carrasco, entonces Secretario de Gobernación, fue el encargado de contener a los gobernadores y a los poderes locales en aquellos momentos de incertidumbre para los priistas.

En suma, en el 2000, les quitaron el poder sin que pudieran prácticamente meter las manos para evitarlo.

Pero esta vez no es así. Y eso lo que hace este momento angustiante y peligroso.

Ahora, en la elección del 2018, los priistas tienen bien claro que pueden perder de nueva cuenta la Presidencia de la República y además casi todas las gubernaturas en juego, más la mayoría en el Congreso.

¿Lo van a permitir? ¿Dejarán que el grupo en el poder, encabezado por Enrique Peña Nieto, salga a reconocer el triunfo de Andrés Manuel López Obrador?

La lógica dice que no. El antecedente de la elección en el Estado de México deja ver que utilizarán todas las artimañas para evitar la entrega del poder.

A diferencia del 2000, al menos una parte del priismo parece dispuesto a no admitir un posible triunfo opositor.  La gran pregunta es ¿hasta dónde serán capaces de llegar para revertir los negros augurios que hoy asoman para ellos? ¿qué tanto se los permitirá –o logrará contenerlos- el propio Peña Nieto?

Porque la responsabilidad estará en él, así como la tuvo en su momento Zedillo y la ejerció.

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GEMAS: Obsequio de Enrique Peña Nieto: “Por la magnitud y complejidad del proceso, por la pluralidad de nuestra sociedad y por la trascendencia de la decisión que tomaremos los mexicanos, esta será una gran prueba para la democracia mexicana. Estoy convencido de que demostraremos una vez más que las instituciones mexicanas son sólidas y confiables, que la nuestra es una democracia madura”

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