Tratando de entender la caída del Sha Reza Pahlevi en 1979 a manos de la revolución islámica dirigida por el ayatola Jomeini, el periodista polaco Ryszard Kapuściński reunió en su libro “El Sha o la desmesura del poder” algunas historias que lo explicaban sobradamente.
En una de estas, alguien le proporcionó un testimonio que parece sacado de un libro de terror. Decía su fuente que “…es cierto que hemos tenido shas formidables como Ciro y Abbas, pero eso fue en tiempos verdaderamente remotos. Nuestras dos últimas dinastías, para conseguir el trono o mantenerse en él, derramaron mucha sangre inocente. Imagínate a un sha, el que se llamó Agha Mohammed Khan, que luchando por el trono ordena matar o dejar ciegos a todos los habitantes de la ciudad de Kerman. No admite excepción alguna y sus pretorianos se disponen afanosos a cumplir la orden. Colocan a los habitantes en hileras, les cortan la cabeza a los mayores y les arrancan los ojos a los niños (…) Más tarde, de esta ciudad salen procesiones de niños ciegos. Recorren Irán, pero algunas veces pierden el camino en el desierto y mueren de sed. Otros grupos sí consiguen llegar a lugares habitados, y allí piden comida al tiempo que entonan cantos sobre la matanza de la ciudad de Kerman”
¿Cuál había sido la falta que cometieron los habitantes de kerman? Haber dado refugio al anterior Sha. Durante su investigación de campo y de gabinete, Kapuściński confirmó la misma historia una y otra vez: “Los shas conseguían el trono por la fuerza, subían hasta él sobre montones de cadáveres, en medio de los llantos de las madres y de los gemidos de los moribundos”.
Como se sabe, con la revolución de 1979 las cosas no cambiaron. Más bien empeoraron dramáticamente. Las principales víctimas del cambio fueron las mujeres, quienes perdieron el derecho al voto y tuvieron, por obligación, que usar nuevamente el hijab o velo; también se aprobó el matrimonio con las niñas desde los nueve años y la lapidación para castigar el adulterio (femenino, obviamente) se normalizó.
Todo esto en medio de muchas otras prohibición de cines, bares y de todo lo que pudiera ser representación del “demonio occidental” que intentaban volver mil años atrás a la sociedad iraní.
Una de la obras que dio a conocer en el mundo entero la nueva y atroz situación de Irán fue “Persépolis”, el cómic autobiográfico de Marjane Satrapi, fallecida en París el pasado 4 de junio. De acuerdo con distintos informes murió de tristeza a los 56 años al no poder superar la muerte de su esposo, pero cualquiera que lea “Persépolis” entenderá que Satrapi tenía más de un motivo para estar deprimida: había vivido la revolución, sus prohibiciones y la persecución cotidiana, asfixiante, del régimen teocrático que se había instalado; también había sufrido durante su adolescencia un primer exilio en Viena; luego el regreso para ver cómo la dictadura religiosa se había consolidado mediante el terror.
A lo largo de su vida comprobó que los ayatolas se mantenían en el poder del mismo modo que los más sanguinarios Shas: “sobre montones de cadáveres”, como le dijeron a Kapuściński. Habiendo conocido la libertad en Viena Satrapi tuvo que renunciar a vivir con sus padres en Irán y emigró a Francia.
Quiso entonces contarle al mundo lo que significaba haber nacido en Irán, ser mujer y querer realizarse en libertad en un ambiente opresivo, con una sociedad dirigida por clérigos intolerantes y brutales. Así nació “Persépolis”, la novela gráfica que le dio la vuelta al mundo y que se convirtió de inmediato en un éxito editorial con más de dos millones de copias vendidas y su traducción a más de 24 idiomas. Su enorme éxito fue replicado también gracias al cine, con una película que lleva el nombre de su novela gráfica. Obviamente el régimen iraní la prohibió y quiso incluso incluso impedir que la película fuera exhibida.
Marjane Satrapi contó, desde la intimidad femenina, la trágica historia de Irán y de la revolución islámica, y cómo esta ha destrozado millones de vidas. Fue una mujer valiente que supo hacer de su testimonio una bandera y un ejemplo de lucha. Hasta el último de sus días sostuvo una frase que refleja toda su integridad como artista y mujer: “Sé perfectamente lo que he vivido”. Y eso fue lo que defendió frente a las mentiras y amenazas de la tiranía teocrática.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez





