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Marc Bloch en el Panteón de París

Desde la terraza

por Ariel González
1 julio, 2026
en Editoriales
¡Mi reino por un bolillo!
9
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El 14 de junio de 1940 París cayó en manos de los nazis. Las primeras tropas alemanas en ingresar se encontraron con una ciudad que parecía desierta y que no ofrecía ya combate. El ejército francés, que no era en absoluto débil, había sido derrotado en circunstancias que a uno de sus integrantes veteranos, el historiador Marc Bloch, le resultaron al menos extañas.

Indignado, el fundador de la Escuela de los Annales comenzó a escribir un libro sobre las causas por las que Francia había sido rápidamente doblegada. Ahí anotaría, con gran detalle, el conjunto de maniobras fallidas ligadas irremediablemente a  un patente “déficit intelectual” de diversos mandos, pero también, como se vería luego, al derrotismo convertido en entreguismo y a la traición de los principales responsables de la conducción .

En “La extraña derrota” (Crítica, 2009), uno de sus libros póstumos (el otro, fundamental, es su “Apología para la historia o el oficio de historiador”, publivcado en 1949) Bloch plantea que los generales franceses, obstinados en sus viejas estrategias de combate, anclados en la fe defensiva de que la línea Maginot lo resolvería todo, perdieron la iniciativa bélica desde que inició el conflicto. El resto lo hizo el colaboracionismo encarnado en Philippe Pétain,  quien firmará dócilmente  el armisticio dando paso al régimen de Vichy.

Marc Bloch no se rindió entonces, ni nunca. Se integró a la resistencia y, tras ser torturado por la Gestapo,  murió fusilado el 16 de junio de 1944. En diversas oportunidades, e incluso también en este espacio, me he referido a Marc Bloch como ejemplo de integridad intelectual y valor cívico. De ahí que la ceremonia en la que sus restos (es un decir, porque en realidad estos, por decisión de su familia, permanecen en el cementerio de Le Bourg-d’Hem, un pequeño pueblo rural ubicado en el departamento de la Creuse) han ingresado al Panteón de París me ha parecido de una enorme trascendencia.

Más allá del reconocimiento oficial a sus enormes méritos como intelectual y luchador por la libertad de Francia durante la ocupación nazi, el caso Bloch resulta siempre profundamente inspirador para entender el peso e importancia que puede tener el hecho de que un hombre sepa decir no. Y Bloch tuvo la entereza de decir no al colaboracionismo, no a la apatía, no a la irresponsabilidad civil, no a la sumisión frente a los invasores nazis.

Sin embargo, el “no” de Bloch nos recuerda que siempre hay quienes dicen sí. La mayoría desde la pasividad, pero otros más desde la complicidad activa; y en medio, una franja quizás más despreciable de oportunistas que juegan a no a ser claros en su postura, pero que sin chistar dejan que las atrocidades cobren forma y se instalen incluso como realidad cotidiana.

La ceremonia cívica en torno del eminente historiador francés tiene lugar en un contexto donde abundan los cómplices de diversas atrocidades. A menudo, estas complicidades plantean comparativos simplistas parar ignorar o justificar un crimen denunciando otro. Si uno les dice Ucrania, ellos responden hablando de Palestina, como si fueran incapaces de condenar lo que hay de salvaje en los dos casos, sin medias tintas; los rusos llevando a cabo una invasión brutal y sanguinaria para mantener viva su nostalgia imperial, mientras que el gobierno de Netanyahu practica el exterminio criminal no de los terroristas que atentan contra Israel, sino de miles de civiles que hace mucho ya no son meros “daños colaterales”, ahora son el blanco.

Bloch reivindicó siempre su condición de judío: “nunca he pensado en renegar de ello”, decía.  Y lejos de eso, planteaba: “En un mundo asediado por la más atroz barbarie, ¿no sigue siendo la generosa tradición de los profetas hebreos —que el cristianismo, en lo más puro que tuvo, retomó para ampliarla— una de nuestras mejores razones para vivir, creer y luchar?”

Fue un hombre que, conociendo como pocos el pasado, intentó siempre alcanzar un mejor futuro en democracia y libertad, dos pilares hoy asediados por los populismos de izquierda y derecha.

Las palabras de Bloch en su testamento son muestra de un rigor y compromiso intelectual que es necesario recordar, especialmente en estos tiempos donde resulta vital defender la veracidad y el pensamiento crítico ante la propaganda y los bulos:

“A lo largo de toda mi vida me he esforzado al máximo por alcanzar una sinceridad total, tanto en la expresión como en el espíritu. Considero que la complacencia hacia la mentira, por muchos pretextos que esta pueda esgrimir, es la peor lepra del alma. Al igual que alguien mucho más grande que yo, desearía de todo corazón que, como lema, se grabaran en mi lápida estas sencillas palabras: Dilexit veritatem” [amó la verdad].

@ArielGonzlez

FB: Ariel González Jiménez

Etiquetas: literaturaMarc Blochpanteonparis

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