Luis Núñez Salinas / Le desesperación en el sitio de Querétaro

LA APUESTA DE ECALA

¿Qué sabe una persona de hambre? llevamos más de cuatro semanas sin poder tomar agua, si no es la que llega a caer por las tardes ¡todos corremos por algo para que no se desperdicie ni una gota! he visto gente tomar de los mismos charcos, igual que los perros.
Es verdad que ya llevamos algunos vecinos que no hemos visto, encontramos sus cuerpos después destazados, le faltan las piernas y los brazos, los reconozco bien, una era la mujer de Horacio y el otro a simple vista parecía Herminio el hijo del agiotista.
Por las mañanas ni siquiera los perros salen, se saben temerosos de que algo les pueda pasar, todos caminamos casi con el pecho a tierra.
Allá por el rumbo del cerro que hace ruido por las noches, se miran algunos destellos, dicen que son los fusilados, yo no lo creo, más bien siento que la misma gente se pega de tiros porque ya no se puede con esto.
No hay frutas, verduras ni leche.
Las vacas fueron devoradas por aquellos que lograron — los menos— alguna parte de ellas, pero en su mayoría no se escucha animal alguno, no hay jumentos, no hay caballos — solo los que traen los ejércitos— esto rebasa cualquier pesadilla que tuviera.
Tratar de despojar un caballo al ejército es una sentencia al paredón.
Los cañonazos son constantes, escuchamos como un silbido surge de por allá más arriba de la arboleda, y después todos quedamos en un total silencio, para saber en donde caerá, y cuando ya truena el blanco, los destrozos te caen encima.
¡Los Alvarado así perdieron a todos sus hijos! un cañonazo destrozó el cuarto donde dormían, murieron los seis.
No hay autoridad, ni alguacil alguno que logre dar una noticia buena, todo es tragedia, muertos, heridos y enfermedades.
Ya tiemblan los contagiados de tétanos, en lúgubres y terroríficas poses se quedan muertos, como si bailaran una danza macabra.
Los infectados expiran con los ojos de fuera — por las fiebres altas— y después de gritos aterradores, toman las manos de quienes los atienden y dan su último aliento.
¡Que desesperación vivir como lo estamos haciendo!
No hace tiempo la frescura de los vientos de marzo nos regalaban aromas de hierbas y el rocío del río cuando rompía en las rocas, levantaban multicolores nubes que, al chocar con la cantera, regocijaban los recuerdos y las memorias felices.
Que tardes aquellas en donde el valor de las cosas se la dábamos a lo simple, una puesta de sol, una lluvia ligera, un atardecer violáceo.
¡Hoy todo apesta a podrido y rancio!
Los otrora carrizales levantaban sus varas en los ojos de agua, uno que otro pequeño pez se podía atrapar y lograr un suculento almuerzo, hoy la sangre ha manchado las vetas de agua, no hay una sola vía que lleve el cristalino y vital ya todo es lodo y muerte.
Ya no nos hablamos, ya no nos dirigimos la mirada ¡nos caemos mal todos! caminamos molestos, cansados ¡hartos!
Solo gritos de sobrevivencia.
Antes la caballerosidad y los buenos modales atendían las tardes frescas de primavera, hoy solo resguardo y reproches.
S alguna vez tuvimos un reloj que nos marcaba la hora y movíamos nuestras actividades por ende al día y la tarde, hoy solo el cañonazo y los escombros rodean la ciudad.
¡No se celebra misa alguna en toda la ciudad! está mal hacerlo, vemos curas muertos colgados en los árboles de por el camino hacia el río de la trinidad.
El otro día tratando de romper la lúgubre rutina, nos avisaron que llegaba un poco de fruta y verduras frescas al jardín, cuando corrimos descubrimos la broma malévola de los sitiadores: ¡eran los cuerpos de las mujeres raptadas y regresadas muertas en carretas! varias de ellas aún tibias por lo reciente del acto.
Ya estamos sin lágrimas, no sudamos, no salivamos.
Si alguna familia ha quedado completa, pareciera que los cuentan, van y les quitan algún niño o jovencita y no se sabe nada de ellos.
¿Qué de verdad nadie se da cuenta? ¿qué no hay alguna autoridad que mire estas atrocidades? me queda claro que no la hay, estamos solos contra nosotros mismos.
En veces, si alcanzamos a tener el humor de platicar y contarnos algo para saciar las penas, nos damos cuenta de que estamos igual de jodidos todos, ya no sabemos quién es quien.
La higiene es importante, pero ya hoy nadie se cuida.
El humor de las personas rebaza lo soportable, quien no apesta a orines lo hace a heces, o a ambos, los dientes se caen de podridos y hay quien ya tiene escorbuto.
Siempre que hay una guerra quien más sufre es la gente, los de todos los días.
Observamos afuera de la ciudad un círculo grande de fogatas y soldados riéndose, carcajadas sonoras y se escuchan los trinares de las botellas cuando chocan entre sí.
Esto es un martirio que a ciencia cierta nunca se olvidará en estas tierras, ¿pero a quien le importa? somos peor que animales, a nadie le interesa nuestra condición.
Las peleas son constantes, a cada hora, pero no buscan hacerse daño las personas ¡no por supuesto! buscan matarse, acabar con la vida del contrincante, desesperados escuchan cualquier pretexto para atravesarle la piel al otro.
He visto como con sus propias manos ahorcan al otro ¡solo por ya sacar toda la frustración que se acumula! de verdad, solo por eso y luego con la mirada perdida buscan a otra persona más, son insaciables.
Es el diez de mayo de 1867, llevamos desde marzo bajo un cesante sitio, no hay comida, de verdad ¡de ninguna especie!
Hemos visto que más madres han muerto que propios hombres, como si la ciudad estuviera bajo un hechizo y solo se lleva a las mujeres.
Tienen a los hijos a los trece o catorce años las primerizas —y como no hay parteras— se mueren en el intento, las menos, logran hacerse de su crío, pero cuando saben que nacieron niños, vienen por ellos y se los arrebatan de los brazos.
No asisten al hospital que ya reboza de heridos y cuerpos putrefactos.
No hay en donde poner los cuerpos, seguramente una peste se aproxima, sitiar a la ciudad, cortar el agua, no dar víveres, es llegar a un punto en donde no se alcanza a medir ¡hasta donde puede llegar la desesperación de la mente humana!
Nos colocan al límite y varios no sabemos cómo reaccionar… ¡perdóname, Dios mío!
Ya han dicho en varios bandos por la ciudad, que pronto terminará, nadie cede, ni los de aquí y ni los de allá, van semanas que nadie mira a nadie del ejército que se sostiene, ni al extranjero barbado que algunos dicen que ya no está en la ciudad.
¿Hasta dónde nos llevarán?
He visto ya como uno de mis hijos murió de un cañonazo, le partió la cabeza en dos, no tuvo misa, lo tuvimos que enterrar a pedazos sin la ayuda de persona alguna, escondidos par que no se robaran sus piernas o brazos.
Nadie sabe lo difícil de una guerra hasta que la respiras, ya varios perdimos el sentido del gusto, todo nos sabe a tierra y pólvora.
Aquí sigo, agazapado detrás del portal, persistiendo a que salga el capataz de la hacienda de la laborcilla, es alto y fornido… quedé de llevar un poco de carne a mi familia, solo deseo que no se me mueran de hambre y que esto pase pronto.
… solo eso deseo.

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