LUIS NUÑEZ SALINAS / LAS CALAVERITAS

LA APUESTA DE ECALA

Corría el año de 1653 en la Nueva España, estaban ya cerca las festividades ocultas del día de muertos, que una parte de la población de Pátzcuaro llevaba a cabo, fecha singular por ser considerada por la Iglesia, como prohibida, cuando de verdad se tenía que celebrar a los fieles difuntos.
Juanita, nuestra protagonista, tenía muchas ganas de mostrar que aún vivía su pequeño hermanito Julián, quien había fallecido de un año, debido a una enfermedad llamada sarampión.
Ya habían pasado unos dos años de que había muerto su pequeño hermanito, y ella insistía a sus papás que platicaba con él, e incluso, había veces que se dormían juntos, para no tener miedo.
Como era de esperarse, los papás de Juanita le ponían demasiada atención a su hija, pero no por el lado de comprenderla, sino de preocuparse de que no se estuviera volviendo loca, al hablar de fantasmas.
Ella les decía que Julián quería que le hicieran una misa, en el templecito chiquito y bonito del pueblo, para poder descansar en paz, pero no le creían —tú hermanito no necesita una misa— contestaban enojados.
Aquella tarde noche le dijo a su hermanito —nadie me cree Julián que estas vivo— él solo la veía a los ojos y sonreía tiernamente, e tomó de la mano y los dos caminaron juntos hacia el taller de dulces que tenían sus papás.
En ese taller se elaboraban pepitorias —que están hechas con la semilla de la calabaza sin cáscara— luego se ponen a tostar, hasta que el olor es agradable, a rico pinole, una vez terminado el tostado, se ponía el piloncillo junto con un poco de agua y miel de abeja, para lograr hacer una pasta de color negra transparente, logrando caramelizarla, en un fuego alto, ya hecho el caramelo, se ponían las semillas de la calabaza, o también llamadas “pepitas”, en unos anillos de barro, sobre el mismo comal aún caliente, y en cada uno de los anillos se dejaba caer el caramelo que se cuidaba, que no se rompiera o se enfriara, sino, ya no tendría la forma redonda de la pepitoria.
Así hacían decenas de estos dulces, que luego se iban a venderlos por toda la zona, no solo de Pátzcuaro, sino de Huecorio y San Pedro, y a veces, en canoa a Janitzio y Tecuena ¡eran deliciosas y todos querían probarlas! pero ganaban pocas monedas con estos dulces, en el mismo taller, la Mamá de Juanita tenía un dibujo de Julián, días antes de que muriera, un tío se lo había hecho y lo representaba a la perfección, cuando Julián lo veía, se le quedaba viendo a Juanita y sonreía, como diciéndole que le gustaba.
¡sus ojos se cerraban con su sonrisa y le hacía ver más angelical aún!
Aquella noche, antes de la fiesta de los fieles difuntos, Juanita y Julián se quedaron solos en el taller, ya que las pepitorias habían tenido mucha demanda —por deliciosas— con la gente de los pueblos vecinos, y sus papás salieron a repartir los pedidos en un burrito por toda la región.
Aprovecharon ellos dos para hacer travesuras y algunos experimentos con el azúcar, para sorprender a sus papás, con la intención de hacer un nuevo dulce, algo que jamás se hubiera visto, así que Julián, les habló a algunos de sus nuevos amigos, un grupo de chiquitines que no tenían pies ni manos, solo su carita y unas alitas ¡pero sonreían mucho!
Ellos le decían a Juanita como hacerle para que hiciera el nuevo dulce —¡pon azúcar blanca con un poco de agua— otro más le daba más instrucciones —ahora coloca un poco de limón, solo unas gotas… ¡con cuidado! — le insistían.
Julián de mientras con sus manitas, trataba de hacer una pequeña pelota de barro, a su vez Juanita seguía las instrucciones, tal cual se las iban diciendo.
—ahora haz una masa blanca y trata de hacer una cara— le decían los demás niños, hizo lo que le indicaron, y le quedaron unas pequeñas cabecitas de azúcar, como si fueran unas calaveritas de niños, hizo bastantes, y les parecieron curiosas por blancas como las nubes.
—Seguro a mis papás les gustarán y podrán vender muchas de ellas, para que le puedan mandar hacer a Julián su misa, y descanse en paz— ansiosa y emocionada Juanita pensaba.
Les dieron las altas horas de la madrugada, Juanita y Julián se quedaron dormidos.
La mañana siguiente, llegaron los papás muy cansados de tanto viaje, abrieron la puerta del taller y vieron a Juanita dormida debajo de la mesa principal y una curiosa sorpresa.
¡cientos de pequeñas calaveritas de azúcar blancas adornadas con colores y hermosas flores delicadamente dibujadas había en el taller! un aroma dulce y delicado había por todo el lugar.
Al abrir las puertas del taller, los vecinos vieron aquella mesa dispuesta ya para la venta, con cientos de curiosas calaveritas adornadas, y les preguntaron a los papás de Juanita que cuanto valían, ellos sorprendidos, no sabían que decir.
—Esos dulces son tan hermosos que debería de costar un real de macuquino— decían los vecinos, de sorpresa, se vendieron todas las calaveritas adornadas, justo para el día 2 de noviembre.
Juanita estaba feliz, y les dijo a sus papás que deberían de hacerle la misa a Julián, aprovechando que ya tenían el dinero.
¡y así fue!
Julián pudo descansar en paz, y al terminar la misa, aún dentro del templo, Julián tomó la mano de Juanita le dio un fuerte abrazo, caminó hacia el altar en donde había una hermosa señora que lo tomó en brazos, lo alzó y desaparecieron dentro de un gran destello de luz.
—¡ya se fue Julián! — dijo a sus papás —si hija… sí – respondieron ellos.
A partir de ese momento, cada 2 de noviembre, vemos unas calaveritas de dulce, blancas como las nubes y adornadas con colores y finas flores.
¡son para el eterno descanso de Julián!
Seguro habrá quien te cuente más historias de estas calaveritas y por lo que he visto, seguro que más niños ayudaron a hacerlas.
Te pido de favor que compres una.
Seguro ayudarás a más niños a tener una misa, por su eterno descanso.
Fin.

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