LUIS NÚÑEZ SALINAS / LA APUESTA DE ECALA

¡Era de verdad! ¡lo juro! — tomaba de los hombros a los soldados que lo iban a fusilar ¡él forcejeaba y se hacía para atrás! …pero los soldados lo levantaban del calzón de manta y lo empujaban por delante…  

Cuando la bala entro por su cabeza y salió por la nuca ¡supo que todo se le iba a olvidar! ¡sintió lo caliente del plomo y después lo frío por el agujero donde salió!

¡cayó de cara en la tierra!

Ramón era el caballerango de la hacienda de don Tomás, un campesino que a punta de pistola se hizo de varias tierras, en allá de allende se le conocía, no era bien de rostro, pero su tozuda cabeza y su descontrolado carácter lo hacían cercano a las mujeres.

Cuando le preguntaron a Ramón del porqué había hecho lo que había pasado, no tuvo empacho en decirle al alguacil que lo habían intentado varias veces, aunque nadie le creía, él insistía en su idea.

—¡lo hice! así nomás.

—¡pero alguna razón habrás tenido! ¡nadie lo hace por solo ocurrencia! — le cuestionaba el secretario.

Cuando caminábamos por la orilla de los árboles, solo se podía sentir como el aire rompía la piel de lo frío que era, el camino a Montenegro está lleno de bandidos, de aquellos que buscan quedarse con el dinero del camino real, ese sendero que viene desde lejos, y que hace entronque con el camino a mi pueblo San Miguelito.

Las carrozas que caminan protegidas por los soldados, han dejado claro que se jugarán el todo por el todo, con tal de no perder los productos que sacan los mineros ¡perder la vida por el oro y la plata de los cachupines! es el trabajo más estúpido de la región.

De todos es sabido que los ladrones que asaltan las diligencias repletas de oro terminan viviendo en San Miguel, por eso nadie de por aquí en el camino se siente seguro.

¡Te matan por ver! ¡por caminar! o solo porque les caes mal.

¡La vida no vale nada!

A pesar de que todos tienen caballo, cuidarlos y sostenerlos, resulta imposible. Juan por un lado se roba el cavilo de las haciendas ¡con un día que lo descubran lo matarán! y Esteban manda a su animal a comer al pasto cercano de la presa.

¡Por eso cuando “asáltanos” las diligencias los animales no dan!¡no se mueven!

¡En todas las ocasiones que lo hemos intentado no “asáltanos”! no somos estúpidos ni piense su merced que no tenemos el oficio ¡”semos” buenos en esto! pero nunca dejamos de intentarlo.

¡Una tarde lo lograremos! en ello todos los días nos lo repetimos, ansina, con intensión de una vez hacerlo.

Aquella vez lo vimos cerca, no piense que no le medimos, en ocasiones uno va por dos delante y ¡les cae encima! pero la carroza se mueve de más y caen de hocico en la tierra.

En otras, ponemos trampas de troncos y “hácenos” que se pare la carroza, y cuando nos acercamos ¡de trompadas nos rompen el hocico de nuevo y salimos corriendo!

Pero verá su merced… ¡una tarde lo lograremos!

—¡no me has contestado que porqué lo hiciste Ramón!

—pues ansina le explico señor secretario, pero no me deja terminar

La oficina del secretario en medio del camino, es solo un cuarto de paredes de adobe, pintadas de cal, simple, un silla de color verde y un escritorio amarillo —roído y leperadas pintadas en la madera— una ventana pequeña y una letrina olorosa, le daba a Ramón la idea de que estaba ante una autoridad ¡una grande de seguro!

El secretario vestía un traje viejo, roto, de color gris, con una camisa amarillenta, los puños raspados y el cuello negro de la mugre. Los lentes del secretario parecían solo dos ruedas, sin vidrio, pero de pronto uno se daba cuenta que, ¡si los tenía! era de lo limpio que solamente traía.

La primera pregunta que le hicieron a Ramón, fue para decirle que porqué había matado a sus compañeros de la banda de trúhanes, que asaltaban los caminos del real de minas.

—¡Yo no los maté! ¡fue el diablo!

—Mire Ramón, eso me lo tiene que explicar… ¿es el apodo de alguno de sus comparsas?

—¡No! el mero diablo ¡él mismo en persona!

 Lo que mas le molestaba al secretario era que le vieran ¡la cara de pendejo! ¿cómo el diablo? ¡pero qué estupidez!

—Te voy a dar unos días en prisión Ramón, vas a pensar las cosas bien y en luego te mando llamar, ¡piensa bien lo que me vas a decir en la ocasión que te mande llamar… ¿me entiendes?

—¡Entonces me voy a poder ir?

—¡No! te quedas. ¡el que sigue!

Tomaron a Ramón de los hombros y lo condujeron a un cuarto aún pequeño más que donde estaba con el secretario, apenas cabía parado, en poco, acostarse era imposible de hacer.

Compartía la celda de la prisión con un anciano que olía a orines y un joven de no más de unos catorce años.

Estando los tres de pie, solo podían mirarse, uno se sentaba y los dos demás tenían que esperar a su turno, era inevitable platicar porque no había otra cosa que hacer.

¡Ramón no era de aquellos que se dijera platicara! el anciano continuaba orinándose y el joven solo trataba de asomarse por una pequeña ventana, que daba a los chiqueros de la prisión.

El anciano falto de dientes, balbuceaba algunas frases y no le entendían, el joven lloraba amargamente y no dejaba de frotarse el brazo con su otra mano, balanceaba su cuerpo hacia adelante y gemía, nervioso y desesperado.

Ramón trató de recargarse en el anciano, pero este le dio ¡un golpe en el estómago! así que no lo volvió a intentar.

¡les cayó la noche!

Estando, dormitando los tres en la celda, Ramón escuchó de reojo a uno de los celadores…

—¿así que te agarraron indio pendejo? 

¡No dijo nada! creyendo que no le hablaban a él.

—Te hablo… ¡Ramón!

—¡Que quiere su merced! me prohibieron hablar con su persona, me lo dijo el señor secretario: ¡no hables con nadie!

—¡Soy yo! ¡tu amigo!

—¡Señor diablo! pero ¿porqué no me deja en paz? ¡ya le dije que no creo en Usted!

—¡Que no creas en mí no quiere decir que no exista! mira Ramón, he visto como te han tratado, pero tu no debes de desisitir en el empeño, ya te dije desde la otra vez, que entre más gente le quites la vida ¡mejor te va a ir! ¡tendrás la oportunidad de robar una carroza y así vivir en paz, allende en San Miguel o por aquí cerca… ¡San Miguelito! ¿te gusta no?

—¡si me gusta!

—¡anda pues! quítale la vida al anciano, o ¿no me digas que no te revuelve el estómago su peste…?

—Ansina que hasta lo más jondo de mi persona que me dan ganas de apretarle el pescuezo…

—¡hazlo!

Cuando volvieron a llamar a Ramón ante el secretario ¡ya todo se había excedido! las acusaciones habían dejado de tener caso con la pequeña cárcel, ahora Ramón sería juzgado en la ciudad grande de Guanajuato, así lo exponía ya el número de crímenes que juntaba.

Cuando llegó a la cárcel de la ciudad se dio cuenta de la magnitud de lo que había hecho.

¡Una celda para él solo! comida tres veces al día, baño cada semana y agua transparente y limpia para tomar —¡el señor diablo cumplió lo prometido! — pensaba en sus adentros.

La primera cita para hablar de su caso, estando ya en la ciudad, terminó de la misma que aquellas en la casa de adobe cerca del camino a San Miguelito: ¡nadie le creyó!

Al estar solo en su celda, cómodo, solo esperaba platicar con alguien, gritaba por la pequeña ventana de su puerta de madera para que alguien le escuchara: —¿alguien anda por aquí? — primero de manera cautelosa, pero ya después subió el tono —¿¡alguna persona por aquí!?

¡no contestaban!

Cuando descansaba de la celda, lo sacaban a un patio ¡uno grande! en donde solo había una silla. A pesar de escuchar los murmullos de más personas ¡no los veía! volteaba con su mano en la frente —para tapar el sol— y solo miraba manos desde pequeñas ventanas en grandes paredes altas

—¡Oigan! ¿ustedes me oyen?

—¿Quién eres? — le contestó una voz desde lejos.

—Soy Ramón de San Miguelito!… ¿quién allá?

Los guardias de inmediato cerraron las ventanas de las demás celdas y se acercaron a Ramón, que aún permanecía atado a la silla en medio del gran patio de la prisión.

Cuando lo llevaron ante el juez, vio Ramón varios secretarios que anotaban todo lo que decían — aunque él poco entendía las palabras, como si estuviera sordo— ellos bien vestidos, a leguas se les veía lo estudiado y leído.

—¡Se le sentencia Ramón a la pena capital! ¿entiende usted eso?…

—¡No señor!

—¡Se le va a fusilar por el asesinato de veintidós personas!

¡Ahí si se espantó Ramón! —¿cómo que por qué me van a matar? ¡si solo he hecho lo que el diablo me dijo! — trató de acercarse al juez para platicar con él, pero el guardia le dio un golpe en la espalda, con un palo.

¡lo desmayó!

—¡era de verdad! ¡lo juro! — tomaba de los hombros a los soldados que lo iban a fusilar ¡él forcejeaba y se hacía para atrás!…

-Fin-

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