LUIS NÚÑEZ SALINAS / EL TRATADO MCLANE-OCAMPO

LA APUESTA DE ECALA

El brandy que escupió el general norteamericano Churchwell le dejó tosiendo de manera contundente —mientras se limpiaba con el abrigo lo escurrido en su áspero bigote y grandes barbas— no dejó de toser por largos instantes y continuaba leyendo aquel pedimento del presidente Juárez, en donde se leía con nitidez:

«… dejaremos el libre tránsito desde el puerto de Tehuantepec hasta Coatzacoalcos, y será el mismo México el encargado de dejar transitar a los norteamericanos con protección, en dos franjas del territorio mexicano de Sonora, Guaymas y Nogales habría permiso de tránsito del ejército americano, y podrían pasar sin límite los militares desde Mazatlán hasta Brownsville Texas…»

El general abría los ojos para enfocar lo leído y al dirigirse a su acompañante le insinuó:

—Trata de meter que lo que llaman la Baja California este en el tratado y que nos sedan ese territorio y que, si es posible, también nos dejen construir un canal en Tehuantepec.

—¿No será demasiado?

—¡Tú pide! total si no nos lo dan, pues les decimos que no ¡y ya!

Cerró el sobre James Buchanan quien era el encargado de los tratados internacionales entre México y Estados Unidos, en 1859, ante la inminente propuesta de Juárez de recibir apoyo por parte de los vecinos del norte y así reconocerlo como legítimo presidente.

—¿Cuánto pide el señor Juárez?

—Cuatro millones de dólares.

—Concédelos, no chistes ni le des rodeo a la negociación.

El tratado se llamó McLane-Ocampo, llamado así por Melchor Ocampo y el embajador de los Estados Unidos en México Robert Mclane, se firmó el 14 de diciembre de 1859.

Era imperioso que Juárez recibiera los cuatro millones de dólares para que tuviera las armas suficientes y lograr conjuntar un ejército en contra de los conservadores que le ganaban la partida.

Este acuerdo no prosperó por varias razones, la primera fue que el congreso de los norteamericanos estaba más preocupado que con ese arreglo el sur bajara la frontera hacia todo México —por los movimientos separatistas— y entonces sería una guerra desproporcionada — la de secesión— y la otra que los magnates del ferrocarril americanos no deseaban trabajar en las condiciones del Istmo, aunque también estaban prometidas como anexo de territorio americano todas las construcciones que realizaran ellos en nuestro país.

¡Juárez se quedó sin sus cuatro millones de dólares! pero el tratado quedó vigente y estaba abierto a votación según pasaran los años — en beneficio propio de los americanos por supuesto—y en México los enemigos del presidente le tundían con dolo en diferentes oportunidades.

Veracruz 3 de febrero de 1860, oficina del presidente Benito Juárez, 5:00 am

El café que degustaba Juárez era de un aspecto áspero y aromático, no vidreaba el fondo de la taza de fina cerámica marmoleada, sino más bien era opaco y poco traslúcido, la cuchara con la que finamente revolvía un poco de piloncillo, era de las decomisadas a la catedral como prenda, mientras se reajustaba su traje —tenía una manía que se acomodaba constantemente la solapa del saco cuando estaba nervioso— tomó asiento y dejó clara la orden escrita que le era leída por su secretario particular Montes, para después dársela al ejército.

«… Declaro como piratas, con todo lo que esto conlleve, a cualquier barco o buque que no tenga alianza alguna con la república, fuera de la condición que fuera y de la nación que se atreviera a hender nuestros mares como garantía de afrenta a nuestro gobierno…»

Al mismo tiempo le avisaban los equipos de inteligencia norteamericanos que por tierra Miguel Miramón — quien tenía la orden de sitiar el puerto— ya se encontraba con un fuerte ejército de más de seis mil hombres perfectamente armados, rumbo a Veracruz y que, por mar, desde Cuba, Tomás Marín tenía ya varias embarcaciones dispuestas para los conservadores.

Por esos días también Santos Degollado —el flamante secretario de relaciones exteriores después de la renuncia de Melchor Ocampo quien absorbiera toda la culpa del tratado Mclane-Ocampo— les solicita ayuda a los americanos para el enfrentamiento por vía marítima.

Se contaba en el puerto de Veracruz que Melchor Ocampo fue relevado también porque le contestó de manera grosera al representante de la Santa Sede en México Manuel Castillo Portugal al entregarle la contestación de Juárez al Papa: «en sí dígale por favor al Papa que no intervenga en estos asuntos propios de la nación, que se lleve sus archivos personales pero que los propios deberá dejarlos a resguardo de la nación» con esto demostraba que había leído la misiva.

Una balandra de guerra con cuarenta y seis metros de eslora, cuatro cañones de 203 mm y 18 cañones de 32 lb, con una tripulación de 210 entrenados y capacitados militares dan respuesta a la petición del gobierno de Juárez, el motivo fue que debían de protegerse los intereses, ciudadanos y consulados de aquel país en México, en específico en Veracruz — citaba la petición— después se unirían dos más remolcadores de vapor comprados por Juárez a los americanos, el Wave y el Indianola.

Por su parte desde Cuba zarpa Tomás Marín con dos buques rebautizados: El General Miramón y el Marqués de la Habana, uno de ellos con tripulación suficiente para destrozar Veracruz, llenos hasta los topes de municiones y pertrechos de guerra.

Mientras se medía el encuentro José Santos Degollado recibe una carta que de principio le pareció poco común, pero que en estos momentos le eran imposible dejar de leer cualquier misiva —por insignificante que pareciera— estaba timbrada por el gobierno de Inglaterra y la cámara de los lores.

«mi muy estimado Cónsul y excelentísimo Embajador de México Mr José Santos Degollado, en mucho por medidas que apelan a su comprensión y atención de quienes le inscriben, le deseamos que construya una mínima habilidad de comunidad entre las naciones mexicanas liberales y la comunidad conservadora, quienes en mutuo acuerdo, instamos a lograr acuerdos que nombren la paz y los estados concordantes a las magnitudes de ultramar, siendo considerado un héroe por esta cámara, si lograse la intervención y el motivo propio de salvaguardar la cantidad suficiente de valentía y arrojo en esta encomienda que por amigabilísima persona de esta cámara, su persona cuenta como uno de nosotros, encomendamos esta misiva el día de 22 de los corrientes de calendario de febrero de 1860…»

Degollado se quedó atónito ante tal petición —sabiendo que le lloverían las misivas en días próximos— evito en todo momento la confrontación y fue cuidadoso en la petición a Juárez.

Reenvía Degollado una misiva al capitán del Saratoga Thomas Turner para que realice algunas maniobras de prueba solo para mostrar el poderío y en que fuera la manera más cordial, lograra entrevistarse con Miramón.

Marín fondea ya el puerto de Antón Lizardo, son las ocho de la noche del 6 de marzo de 1860, los vapores de los liberales se acercan sin luces —no había un fósforo encendido ni siquiera un tabaco que los delatara— observan agazapados por la oscuridad — no hay luna— serpentean y se bambolean sin ser vistos, Marín recibe una señal desde el puerto por parte de Miramón, quien por medio de luces le indica que no conteste fuego de cualquier barco, que existe la posibilidad de una rendición del puerto.

Obediente a su general, Marín no ve el acercamiento de los vapores Wave e Indianola — que custodian al Saratoga— y los tripulantes de los pequeños barcos comienzas a lanzar granadas, lo cual hace que la tripulación del barco Miramón y Habana despierten, poniéndose todos en atención al ataque.

Comienza el intercambio de disparos y cañones, cuando Marín descubre un acorazado de tres mástiles — el Saratoga— con suficientes cañones para despedazarlos y es cuando comprende lo que su general desde tierra le indicaba: “no respondas al fuego” … se rindieron y fueron apresados con cargos de piratas.

En el asalto a los barcos conservadores fueron abordados por los norteamericanos quienes en pericia superaban las maniobras y dieron baja a los timoneles, a los guardas y capitanías, así como el de lograr contener a toda la tripulación de las dos embarcaciones.

Cuando le preguntaron a Marín de porqué no estaba provisto el ataque de los buques cubanos ni las personas prestas al enfrentamiento solo dijo:

«pensé eran lanchas de liberales solamente»

La reunión en el cuartel general de Miramón con el capitán del Saratoga estaba ya prevista por Santos Degollado —posiblemente con el afán de lograr pacificar y que se evitara derramamiento de sangre de la población— los dos encargados de los asaltos de Veracruz se verían las caras y tendrían una sola oportunidad, por parte del americano su lealtad correspondía a la posibilidad de lograr el tratado de McLane-Ocampo que se seguía debatiendo en el senado y por parte de Miramón el de lograr expulsar a los liberales en el último bastión que les quedaba.

Se regalaron ambos un escudo de sus infancias en diferentes y afamadas escuelas de armas —para los norteamericanos los militares mexicanos siempre han sido gallardos y llenos de valentía por hazañas incluso previas a la independencia— los dos se sentaron en sillones que los dejaban de frente y en honor de sus insignias y trajes de gala, recíprocamente se miraban y respetaban.

Los equipos de apoyo y cadetes de escoltas están prestos a las indicaciones de quienes seguramente se iban a enfrentar, pero en esta reunión se buscaba obtener la calma de la manera correcta.

—Mi enterado capitán Turner, es menester de un servidor hacerle saber que la plaza de Veracruz es ya de los ejércitos que comando, hombres de frente y corazón amplio, que distan en mucho el tratar de rendirse, porque no fueron formados para eso, ellos entregan su espíritu a la causa que nos enaltece.

—Mi señor general Miramón, tengo la oportunidad de prevenirle de destrozar sus acorazados que desde Cuba pretendieron darnos frente, y que han sido capturados y llevados a juicio bajo la conspiración de pirata, delito alto en los mares.

La plática fue subiendo de tono y tensión, ambos bandos no iban a perder la plaza, pero alguno de los dos tenía que ceder.

—Mire general Miramón ¿cuáles serán sus planes en caso de tomar el puerto’ debo permanecer en total alianza con los intereses de nuestro consulado, ciudadanos y capitanías presentes.

—Ante todo capitán que daré vida y tendido espacio al respeto entre sus ciudadanos, siempre y cuando cumplan con mantenerse neutrales ante la existencia de las tropas liberales, garantizo el paso de sus productos y la libertad del comercio.

—¡Ante palabra de usted alto general me quedo con ella!

—¿Liberará a mis hombres procedentes de Cuba?

—¡no lo decide un servidor general! ambos rendimos cuantas a superiores.

Se estrecharon en un abrazo y partieron.

Miramón regresó a su cuarto de guerra en donde planeaba el ataque y sitio de Veracruz, tomó en su mano el tratado Mon-Almonte, que había sido firmado el 26 de septiembre de 1859, pero que no entraba en vigor, así que sería importante publicarlo para darlo ya en garantía, en sí, se solicitaba que se pagaría toda la deuda contraída hasta el momento, cantidades y apoyos en especie a la reina Isabel II, dejando claro que una vez ganada la guerra —de reforma— al final el vencedor pagaría la deuda.

Al paso de los meses Miramón vio como los conservadores destrozaban los ejércitos liberales, gracias a las estrategias de guerra aplicadas de manera impecable, los norteamericanos estaban pasmados por la celeridad y efectividad en batalla de los ejércitos conservadores.

El general Domingo Cajén derrota a los liberales en Chihuahua y la noticia cunde al ejército liberal, quienes psicológicamente se sienten amenazados por las hordas de Miramón, en otro territorio de Tlalpan nuevamente conservadores derrotan al ejército del coronel José Merino a quien hieren gravemente, y por males del destino, los ejércitos liberales de Juan Zazúa y José Silvestre Aramberri se enfrentan en una emboscada en donde murieron cientos de hombres, pensando que eran conservadores.

El país es un caos, los conservadores llevan ganada todo el mapa de estrategia, no hay cabida para nuevos ejércitos, Juárez se enfrenta a una realidad que, si no la enfrenta, se verá derrotado, la solución es solo rememorar y levantar el tratado Mclane-Ocampo, será su última carta.

¡y la jugó!

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