LUIS NÚÑEZ SALINAS / DON FIDEL Y SU IMPULSO A CANCÚN

LA APUESTA DE ECALA

En el viaje a Bruselas Bélgica, en donde acompañaban a Fidel Velázquez los rijosos y pendencieros líderes sindicales como Jorge Baeza, Francisco Marín y Rafael Camacho Guzmán, quienes asistían a la cumbre sindical del congreso de la CIOSL en julio de 1965, que aglutinaba a los secretarios de los sindicatos más importantes del mundo.

El viaje era México-España, luego trasbordar a Francia y de ahí en camión hacia Bruselas, de inicio la ruta iba bien, el problema había sido que Rafael Camacho —STIRT— y Francisco Marín —SEM— habían vivido un revoltoso pasaje en un bar de Madrid, en donde la guardia civil tuvo que intervenir por el escándalo que se traían, todo un escuadrón de policías les había echado el guante.

Ya en los separos de la Guardia Civil, Camacho hizo todo lo posible porque lo dejaran hablar con el presidente de México, porque en la pelea se le perdieron sus papeles, y él aseveraba que tenía la fuerza política para arreglar esto.

En un lapso de dos horas le dejaron hacer la llamada:

Casa de la Pinos 2:14 am, habitación del presidente de la república.

—¿bueno?… ¿quién habla?

Una voz femenina preguntaba si aceptaban la llamada por cobrar, le respondieron que sí.

—¿Bueno?… ¿hablo a la casa del presidente Díaz Ordaz?… ¡soy Rafael Camacho del sindicato de la radio!… ¿quién habla?

Una voz ronca de mujer apenas y balbuceaba frases…

—¿Como que quien cabrón? soy Irma Serrano…

—¡Ah cabrón! creo me equivoqué…! de pura casualidad Irmita ¿andará por ahí el Sr. presidente?

—¡Deja lo despierto!

México no contaba con embajador en España en 1965 por cuestiones de la dictadura de Francisco Franco —desde 1940 hasta 1977— así que el presidente Díaz Ordaz mandó a José Gómez Gordoa a Madrid para arreglar este suceso, debido a que la dictadura era severa en estos casos de extranjeros escandalosos en España.

José era un abogado docente de la escuela libre de derecho, misma actividad le permitía ser el representante legal de varias empresas, dentro de ellas la algodonera Comercial Mexicana, tenía el pasaporte vigente y con los permisos para ingresa al país ibérico.

Después de un accidentado viaje, al llegar a los separos de la Guardia Civil Militar, encontró un digno trato a los apresados, con cumplimiento estricto a los protocolos franquistas y en ello la admiración del litigante Gómez Gordoa, cuando encuentra al sindicalista Camacho Guzmán en amistad sincera con todos los guardias del escuadrón —incluyendo a los de relevo—.

Al hablar con el juez, se le referían una serie de faltas administrativas como no pagar la cuenta de siete botellas de brandy —que por costo excesivo de 40 pesetas cada una— tres cenas completas de cárnicos y parrilla, así como mariscos —cada uno de costo de 70 pesetas— y el destrozo de dos bancos y cuatro cristales de los mostradores.

Se solicitó la audiencia para el martes 23 de junio de 1965 y se descartaron los cargos una vez se haya pagado lo que reclamaba el particular de su local —uno de los más afamados de Madrid— se le estableció la total libertad y sin antecedentes de manera penal, para el rijoso.

Una vez rumbo a tomar salida para partir hacia Francia la guardia les siguió por toda la ciudad hasta que quedara claro, que se había abandonado el país.

Una vez que llegaron a Bruselas la regañina de Fidel Velázquez no se hizo esperar, tanto Rafael como Marín aguantaron las mentadas de madre, los jaloneos a sus solapas y una que otra bofetada del máximo líder sindical, por cuestiones que presidencia le había mandado un telegrama:

«Atento y fuerte llamado de atención a los rijosos en España. Relaciones de por sí dañadas. Solicita gobierno franquista una disculpa.

Presidencia de la República.»

El enojo le duró todo el viaje a Fidel Velázquez, hasta que al paso del tiempo y de las ocurrencias de este par de líderes de alto sindicalismo, le lograban robar una sonrisa —y en las más— sonoras carcajadas con sus tonterías

«…parecieran un par de universitarios haciendo de las suyas»

Rafael Camacho Guzmán contaba la anécdota a sus cercanos, con un lujo de detalles que desternillaban a cualquier escucha, haya o no conocido a los involucrados y al líder sindical Fidel Velázquez.

Para 1970 la CTM es considerada el tronco de soporte del sistema de gobierno para mantener la paz laboral, el control de los sindicatos y evitar a toda costa, que el país colapsara, debido al éxito de los juegos olímpicos del 68, ahora se esperaba el mundial México 70, que abriría los ojos al mundo acerca del gran país que existe.

Con cuarenta y ocho millones de habitantes, México se dispara como uno de los centros económicos de mayor relevancia —aunque en ello se tuviera la cicatriz de la matanza de Tlatelolco— y es la CTM encargada de lograr ser el lugar de discusión de si el país debiera de caminar ya hacia una democracia, o de plano mantenerse en el régimen totalitario, así como con su economía mixta, que causaba dolores de cabeza a varios empresarios.

El gobierno federal controlaba más del 68% de las empresas productivas y los sindicatos se vuelven un lugar para lograr acrecentar las ideas de votaciones libres y mayores, aquellos años del sindicalismo controlado distaban en mucho.

Para Fidel Velázquez la cercanía con Echeverría era digna de una relación de película, por un lado, el control de masas enteras de la clase trabajadora, incluyendo a sindicatos de telefonía, electricidad y telégrafos, ferrocarrileros y toda una rama de especialidades de extracción del hidrocarburo y por el otro, la cercanía del Mundial de fútbol que era oxígeno puro para el control del país que ya se enconaba nuevamente en discursos estudiantiles y obreros.

Fidel Velázquez y Rafael Camacho Guzmán, en compañía del actual líder de la CTM en Querétaro, J. Cruz Araujo (izquierda). FOTO: ARCHIVO

Palacio de Gobierno 20 de abril de 1970, presentación de varios empresarios del proyecto turístico: Cancún.

—Mire Sr. presidente— platicaba un señor de fino bigote llamado Carlos Náder, abogado del Banco de México— estas son las hectáreas que logramos filmar en avioneta de la parte de Quintana Roo que podemos detonar, no solo como un territorio turístico, sino toda una nueva ciudad llena de probabilidades para fundar esta parte de nuestro país que goza de increíbles paisajes.

—No me convence, me gustan más los destinos de Ixtapa y Oaxaca… ¿cómo le van a poner al centro turístico de Baja California Sur?

—Los Cabos y La Paz Sr. presidente.

—Pues no se diga más, que se espere esta costa del golfo llena de huracanes e inundaciones.

—Sr presidente llevamos invertidos cientos de miles de pesos y ya compramos las hectáreas suficientes para detonar, requerimos que el gobierno de Quintana Roo ponga las carreteras, pero nos dice el gobernador que eso es menester del gobierno federal.

—¿Creen que voy a hacer una carretera que trace la península completa de Yucatán? es una fortuna hacer eso, además romperíamos la ecología de la selva ¿qué me dicen?… también es un detonante de frutos tropicales.

—Sí, deseamos una carretera que cruce toda la península Sr. presidente.

Cuando le tocó el turno de participar a Fidel Velázquez su asombro era tal de las maravillas naturales, que fue quien mayormente apoyó la construcción del nuevo centro turístico Cancún.

—Está bonito el lugar señores, si ya el Banco de México nos da la razón de que ahí se podrán llevar a cabo mejores y mayores condiciones de turismo, no se diga más presidente ¡hagámoslo! total, si no pega, aplicaremos los recursos a Los Cabos.

—¡Son millones de dólares Fidel!

—Pues los trabajadores pondremos lo suficiente, de eso me encargó yo.

Entre Cabo Catoche y Chetumal se pusieron los primeros asentamientos de arena para engrosar la playa y lograr que los arquitectos fundaran los cimientos de los primeros hoteles, razón por la cual el gobierno de Quintana Roo comenzó el proyecto, con la fondeadora federal INFRATUR, una especie de alcancía en donde trabajadores de la CTM, sindicatos e inversionistas —banqueros— lograban construir lo que sería un polo de vanguardia, debido a que Acapulco ya comenzaba a tener problemas de violencia, por ser el único centro de atracción del pacífico.

Para ese entonces lograr llegar en avioneta solo era posible hacia Yucatán y luego en auto hacia lo que sería Cancún, las brechas para que llegaran los materiales de construcción eran un dolor de cabeza, debido a las altas temperaturas, a los constantes cenotes en donde inclusive en ocasiones, camiones caían al vacío con la muerte de los trabajadores del volante y cargadores.

Y a punta de fuerza y tenacidad, se logró que una pista hechiza de arena y cemento lograra el aterrizaje del personal ejecutivo de las obras, porque se requería darle prisa para poder detonar turísticamente el lugar.

En uno de estos viajes fueron Fidel Velázquez, Rafael Camacho Guzmán, López Portillo, Agustín Landa Verdurgo —uno de los arquitectos— y el piloto.

Todos ellos en una pequeña avioneta Cessna Aerobat de matrícula militar.

Quienes antes de aterrizar ya observaban las bellezas naturales como Bacalar, Xelha —una zona de arrecifes en donde años atrás se mató un productor de cine famoso— y parte de lo que sería Cancún, ya el piloto Ramírez Hernández de Fuerza Aérea les había dicho que el mareo y los vómitos eran comunes en esos vuelos por las ráfagas de las bolsas de aire que vienen del golfo, que al chocar con la avioneta la sacudía con fuerza.

Cuando aterrizaron lo primero que bajaron fueron las botellas de ron colombiano y las coca colas, mientras el arquitecto llegaba al campamento para dar las instrucciones del Banco de México acerca de los siguientes pasos a dar.

El campamento debió haber sido apenas unos 300 mts cuadrados de casas de campaña y personal que trazaba y cortaba la selva —desde retroexcavadoras— para luego con la misma madera condicionar las casas donde vivirían un largo tiempo los trabajadores.

A la llegada de los personajes nadie los reconoció, se miraban simples paisanos de edad, con la intención de visitarles y tomar fotos —como ya varios habían pasado— les llamó la atención la avioneta, que estaba en mejores condiciones de las que acostumbraban a aterrizar.

Lo primero a donde se dirigieron fue a la playa, una enorme plancha de color azul suave con arena de color blanco puro —como si fuera nieve— y al introducirse el agua no les llegaba a más de las rodillas, tanto Fidel como Camacho, estaban maravillados con el lugar.

—Esto es una obra maestra de la naturaleza don Fidel— exclamaba Rafael.

—Me temo que ha valido la pena todo este camino para llegar aquí, deberá de ser un reducto para nuestros mexicanos, un lugar de alto esparcimiento para nuestros trabajadores.

Los dos se sentían inspirados por la naturaleza —y los rones— el arquitecto les hacía saber de la rapidez con la que la gente estaba trabajando.

—¿Cómo cuánto tiempo se tardarán en detonar todo esto arquitecto?

—Unos veinte años si el gobierno federal pone las carreteras, y el gobierno del estado apertura los convenios con los estados vecinos.

—¿Cómo cuántas ruinas arqueológicas habrá por toda la zona?

—La gente de por aquí habla de miles de montículos de roca y árboles que están a lo largo y ancho de toda la península… hablan de que han contado en un año como unos cinco mil aproximadamente…

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