Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Las navidades de 1765

La ciudad de Querétaro -en las navidades de 1765- se daba por enterada de características propias de una pequeña población altamente españolizada, en pobre podemos hablar de una diversidad y aceptación de diferentes pensamientos y culturas, ¡es más! desear que pasara la sana convivencia entre indios, españoles y negros, sería caso de denominarle ¡imposible!

El conjunto conventual de nuestro Seráfico Señor de San Francisco, una obra importante dentro de la ciudad española – si no es que la más- con altas murallas, y un terreno que ocupaba un centro importante de atención a los indios de la ciudad – que eran bien recibidos por los franciscanos, más no por los españoles- enlazaban una especie de territorio de tregua, entre los unos y otros.

Enclavado en el corazón de la traza principal de esta ciudad novohispana de Querétaro, el conjunto da varias actividades para el apoyo de los indios… ¡y poco de los españoles!

Centrado en una gran nave principal de Templo, con lujosas tallas estofadas en oro y obras pictóricas, le daban a este cuerpo la majestuosidad deseada por los europeos avecindados en estos lares.

En cambio, el atrio camposanto con que contaban, permitían la instrucción a las castas de indios y morenos de color del café, para la obra evangelizadora.

Es allí en donde se desea ubicar la construcción de una nueva capilla, para la satisfacción de naturales y allegados: La Capilla de Nuestra Señora de Loreto.

¡utilizando la maestra mano de los indios constructores! que, en estos menesteres, ante propios y extraños ibéricos, ¡eran más que afamados!

Los debates entre los franciscanos y los posibles benefactores de dicha obra, radicaba en el ingreso de naturales y españoles.

-¡no deseamos que esta magna obra dedicada a Nuestra Señora de Loreto sea para los indios y terceros¡ -los de descendencia africana-

-¡pero sus excelentísimas! los naturales son igual de cercanos a los ojos de Dios, ¡solo ustedes han puesto el límite! -mencionaba el fraile de ojos amorosos, al entablar el diálogo con el benefactor.

-¡será entonces que no pondremos moneda alguna para tal ocasión!

El fraile de los ojos amorosos, sintiendo que el proyecto ya rebasaba la capacidad moral de condiciones del benefactor, decidió no permitir que se hiciera tal casa de nuestra señora de Loreto, si no se lograba que ingresaran los nativos en ella.

¡era la condición!

Así, el proyecto tuvo que ser dado a conocer –se tendría que buscar la forma- a otro benefactor: el Bachiller Don Juan Caballero y Ocio.

Un joven sacerdote de una posición acomodada y buen amigo de Don Pedro.

A diferencia de lo que se creía, la ciudad estaba perfectamente limitada, hacia la Plaza de las Armas, donde se centraba el poder civil y comercial de la ciudad, si se bajaba por la calle del Biombo se llegaba al Palacio de Don Pedro Romero de Terreros, quien era el pudiente de mayor jerarquía dentro de la sociedad ibérica.

Los criollos – los más- trataban a toda costa subir el escalafón de la jerarquía de castas, cosa imposible, debido a que el centro principal – y cerrado- de queretanos, estaba solo en los nacidos en España.

Así, los criollos aplicaban el mismo rito a los morenos del color del café e indios: ¡ser despectivos!

En esta línea de castas, los franciscanos jugaban el papel de mediadores, utilizando los evangelios como medidas de aceptación y acompañamiento – aunque ellos mismos no habían dejado que otras órdenes religiosas se avecindaran en la ciudad española no hace muchos años- impulsaban las actividades en el monumental conjunto de su propiedad, para generar comunidad en esta ya de por sí, separadas personas.

Centrémonos en una sola casona, la de Don Pedro Romero de Terrenos, un sobrino de Don Juan Vázquez de Terreros, españoles ibéricos que hicieron una fortuna inmensa -¿con qué negocios? las minas, la ganadería, el latifundio, el comercio de pieles y la exportación de finas telas- el manejo de la plata le permitió enviar a España – en específico la Iglesia del Castillo -España- donde colocó adornos con más de 140 kilos de fina plata pura- para el deleite de las clases episcopales peninsulares.

El rollizo niño hijo de este señorial comerciante, José María, ya tenía varios días acercándose de próximo a las altas murallas del conjunto de nuestro seráfico Señor de San Francisco, buscando lograr encontrar a su amigo fraile de ojos amorosos.

En anteriores ocasiones, el simple hecho de hacerlo les permitía coincidir, pero en esta ocasión, tenía varios días que no se encontraban, inclusive, con la preocupación de que algo le hubiera pasado al fraile, debido a que era extraño no lograr encontrarlo.

En ello estaba cuando de pronto, ¡lo vio salir por una de las puertas pequeñas del gran conjunto!

-¡fraile!… ¡fraile!

Volteó el fraile y le saludó, le hizo la señal de que se acercara y así lo hizo el niño.

-¡ven amigo José María! ¿cómo estás?

-¡te buscaba desde hace días amigo fraile y no te encontraba!

-¿tienes algo que más de hacer en este momento?

-¡no!

-¡ven! te voy a presentar a un amigo!

Los dos caminaron por las afueras de la gran muralla del conjunto franciscano y llegaron a una casa sencilla -y provisional donde pernoctaban los maestros de obra- en donde chocaba un gran terreno -de proporciones de desnivel- y que tenía una caída cercana a un frondoso y estrepitoso río.

Cercano a unos árboles un joven sacerdote, vestido de elegante capa azul marino, y un tricornio con una gran pluma blanca, se encontraba dialogando con un chiquillo de escasos 9 años – de la misma edad que José María- un niño de regordetas mejillas y de color del café, con unos chinos fruncidos.

Cuando el fraile y José María se acercaron, los dos niños se escondieron en sus propios amigos…

-¡Hola Fraile Francisco! ¿qué te tiene por estos lares tan alejados de tu convento?

-¡mi buen Juan Caballero! … deseo asistirte y platicar contigo un asunto, en medida que tu beneficio se derrame a tus humildes servidores… sabiendo que dependemos de ello para subsistir, acerca de solventar una capilla para mis naturales.

-¿para los naturales? ¿ahora ya no para los españoles?

-¡para mis protegidos!

-¡vaya pues tendremos largo tiempo para platica! acompáñame, deseo colocar aquí un templo para San Antonio que cruce por toda la vía hasta el central de tu convento, y trazando por este lado, podría construir un conjunto de casas…

Diciendo todo esto, el fraile de ojos amorosos y Juan Caballero, caminaron cuesta abajo, dejando solos a José María y a Jacinto.

Se miraban como si se reconocían, aunque Jacinto no hablaba el castellano puro – de los ibéricos- José María trataba de ser empático…

…¡vaya aprieto!

José María se dedicó a caminar alrededor de Jacinto viendo su piel, sus chinos fruncidos, sus ojos…

-¡pero que ojos tan grande vos tenéis!

-¡anda pero si le entiendo bien!- pensó Jacinto.

-¿eres de chocolate?

-¿eso qué es?… – pensó Jacinto.

Los dos chicos al rato de tiempo – una vez que se terminaron las vueltas de inspección- decidieron correr de un árbol al otro… ¡el primero que lo toque será el troyano vencedor- insistió José María…

Los ojos negros de Jacinto se abrieron al no saber que era un troyano…

-¿no sabes qué es un troyano?

-¡no sé ni qué eres tú…!

¡así decidieron correr, divertirse y entusiasmarse! uno encontraba una piedra extraña ¡y la aventaban! el primero en obtenerla …¡era el ganador!

Al regresar de la campiña que exploraron -tanto el fraile como Juan Caballero- observaron que los chiquitines Jacinto y José María, entusiasmados exploraban al jugar, una amistad poco vista y lograda, a pesar de las convivencias de las castas que no coincidían, reunir a dos niños tan diferentes ¡era una hazaña más que imposible!

-¿te divertiste con Jacinto?

-¡que lindo nombre! …aunque no nos entendíamos, logramos ponernos de acuerdo en ver quien era el que más corría… ¡en veces me dejé ganar!

… aquella noche iba a ser especial, José María había construido una trampa que le daría la oportunidad de pescar al monstruo de cabeza grande, que ya varias veces le había ganado con el cebo… ¡una deliciosa manzana cubierta de caramelo rojo!

Tal como el fraile le había dicho, José María puso además del cebo, un difícil camino de salida, por una parte debajo del primer arco, puso una carreta, luego unos barriles –así al correr tendría que caer- después unas ramas gruesas de los árboles para la leña y al final ¡mucho lodo!

¡así se verían las huellas de quien ya llevaba varias manzana hurtadas!

¡la noche cubrió los patios de color de plata! que a su vez, las linternas moteaban de amarillo las paredes, haciendo contraste con el azul, y los quinqués –así como la farolas multicolores- le daban a la noche fría, que cubría con una ligera brisa el total del patio, una sensación de seguridad a nuestro Aquiles indomable…

…¡al vigía que comandaba la trampa!

Esperó como cada noche… ¡estaba seguro que no habría error esta vez..!

… de rato…

…¡la silueta se vislumbró…! cegado por el temor… cerraba sus ojitos… ¡pero se había prometido no correr!… esperó que la silueta – que se miraba más grande- estuviera cerca, para lograr jalar la cuerda y hacer que la carreta obstruyera el paso…

¡tiró con todas sus fuerzas la cuerda para hacerlo caer…! el gran animal se tropezó con la carreta, rodó por las ramas y al querer levantarse… ¡se llenó de lodo!… ¡mientras hacia esto, sus manos hacían el esfuerzo hacia arriba! para que la manzana no cayera…

-¡sorprendente!- dijo José María, que con un guiño de ojo había visto todo…

¡…el ruido hizo despertar a todo el piso de abajo! Don Pedro bajó corriendo las escaleras empuñando su espada – diestro en ello- y se vio de frente al intruso…

¡cuando llegaron los demás se quedaron con la boca abierta!

-¡Fraile Francisco…!

¡al unísono dijeron todos!

Continuará…

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