Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Cuento de Navidad 3ª parte

El patio de la casa en donde ayudaba Bety a hacer las cosas del capitán, tenía ya algunos días descuidado, las hojas caían por el frío desde hace ya tiempo, y el lugar se veía lleno de polvo.
No es fácil asear este tipo de patios de cantera violácea, se requiere tiempo – pensaba Bety- ella tiene 9 años y es muy trabajadora, pero tiene una pequeña dificultad ¡no ve bien!, una ceguera extraña que le hace ver todo borroso a cierta distancia, le hace tímida en su conducta, pero cuando ya se sabe el camino, nada le para y es ¡alegre como ninguna!
Esta vez, el hombrecito de guantes blancos, se acercó y le tomó de la mano y ¡corrieron fuerte! ella sujetaba sus gafas para que no se le cayeran, vio como pasaron por un arco grande, después hacia un patio muy lustroso, les seguían a los dos pequeños chapulines de colores ¡unos rosas! otros azules, ¡pero brillantes!
Mariposas blancas daban un toque natural y floral a la carrera que pegaban bety y el hombrecito.
– ¡espera!… espera…
– ¡corre niña corre! que hoy hay pasteles y panquecitos de colores y sabores inimaginables.
¡Bety paró en seco!
El hombrecito del jalón calló de sentón.
– ¿Qué te pasa niña? ¿por qué me tiras?… ¡corre!
Volvieron apegar la carrera, pero ahora, Bety observaba bien el camino y trataba de aprenderlo – ¡era buena en ello- así que vio cada detalle: el árbol de los limones, unas caballerizas, un patio con el tronco seco, al centro, pero que daba frutos…
Llegaron al cuarto dorado de luces y resplandores, plagado de hermosas mariposas blancas – como nubes- los chapulines de colores entraron con ellos y un pajarito de color azul les dio la bienvenida:
– ¡Hola Bety! ¿cómo estás?
La niña abría la boca de asombro – ¡un pajarito que habla! – pero la sorpresa fue mayor cuando el hombrecito de guantes, le invitó a sentarse en la mesa, que estaba llena de dulces, pasteles, frutas secas, dátiles, buñuelos, ponches, atoles y champurrados.
Ella no podía imaginar todos los pasteles y biscochos que había. ¡unos grandes y cubiertos de finas hojas de dulce! otros de chocolate, de vainilla, de fresa y más colores.
Unos combinaban el morado de sabor uva en la cubierta, y el relleno del pastel de colores amarillos y naranjas ¡exquisitos!
Bety no aguantó la tentación y ¡sucumbió!
Entre apenada y cabizbaja, levantaba el ánimo para atrancarse una manzana cubierta de caramelo rojo, luego, a la misma vez y tratando de combinar, una mordida a un pastel de cerezas, con relleno de dulce mantequilla.
Al terminar, ¡un sorbo al ponche de aroma dulce y ricas frutas! que flotaban en un rojo y transparente sabor a cítricos y pasas.
Luego una mordida a un biscocho…
Mientras el hombrecito de guantes le invitaba otra vianda, otro dulce, así cada ocasión entre más y más opciones… – ¡hay algo raro! – pensó Bety. – ¡no se me quita el hambre!
¡esta vez una mordida a la biznaga dulce, jugosa y cristalina!
– ¿de dónde sacarán este dulce? – imaginó.
Así pasaron dos horas – como las otras veces- y Bety quedó satisfecha y llena de remordimientos ¡de esos que duelen al corazón!
– ¿por qué lo volví a hacer? – se lamentaba.
Aún con el sabor a dulces y aromáticos pastelillos, decidió preguntarle al hombrecito pequeño de guantes blancos.
– ¡el capitán me pidió que te preguntara tu nombre! – ordenó- ¡dime! ¿cómo te llamas?
– ¿Rafita te dijo que me preguntaras eso?
– ¿el capitán se llama Rafita? – puso los ojos de plato.
– ¡sí! y fuimos muy buenos amigos, cuando niño lo traía a estos lugares, a disfrutar de los mismos dulces, paletas, pasteles e infinidad de más suculentos manjares.
¡pero de pronto ya no venía! ya no me veía, o no quería hacerlo.
El hombrecito de guantes blancos regresó a Bety al cuarto del capitán -a quien le faltaba poco para llegar- y le dejó en una bolsa de la camisola de la niña, un pequeño panquecito y un papel, sin que ella se hubiera dado cuenta.
– ¡no me dijiste como te llamas!
– Me llamo Sueños, sí, así como lo escuchas, ¡soy sueños!
Bety se sentó en la cama, ¡aún extasiada por los manjares que nunca había probado! y que le llenaban el corazón de palpitaciones y la cabeza de ideas y pensamientos alegres.
Esperó un largo rato a que llegara el capitán… ¡pero el sueño la venció!
Hidalgo en Guadalajara aún esperaba la llegada de todos sus hombres, las batallas que se esperaban estaban al borde de la fecha, por un lado, los ejércitos bien armados reales, estaban disponiendo de apoyos de diferentes lugares, siendo los efectivos mayores en número.
Fuertes y ricos hacendados del norte del virreinato estaban ayudando a colapsar al ejército insurgente -que ya se veía locamente salvaje y agresivo- como en Guanajuato.
En la ferocidad del soldado insurgente, estaban ganando fama de un ejército desordenado, pero efectivo.
¡como una tormenta! decían los reales.
Entró Abasolo al cuartel de Hidalgo, hizo el protocolo de saludo y dio una carta.
– Le miro entusiasmado con esta misiva mi amigo Mariano- le comentaba el general.
– ¡Es un recordatorio de un pendiente que he tomado a personal mi Señor!
– ¿Puedo adivinar? ¿no será acaso aquel permiso extraño del capitán de Querétaro de regresar a su gente para las fiestas decembrinas en aquel lugar?… ¿atino quizá?
– ¡En efecto excelentísima!
– ¡Que locura! cierto es que mis hombres cada vez son más en número y aguerridos, han pasado de la piedra y el palo, ¡a la espada y el fusil! diestros hombres me regalan estas tierras de pobreza y ruralidad.
Le he dado vuelta al asunto y me parece un esperpento solicitar semejante número de activos para partir a sus hogares.
¿Quién me garantiza su regreso? ¿al mando de quién estarían?
– ¡Yo mi General! ¡a las órdenes de un leal hombre! – asentó Abasolo.
– ¡Imposible! ¡ni pensarlo!… contesta la misiva con un especial y enérgico saludo, de que es absurda tal petición. – nuevamente indicó, pero ahora se le miraba algo convencido del asunto, aunque nada cercano a la realidad.
Bety despertó con un suave pellizco de mejillas, por parte del capitán.
Abrió sus ojos grandes y se puso sus gafas que mantenía siempre apretadas en su pequeña mano, bostezó estirando sus pequeños brazos y acordó tratar de saber en dónde estaba.
– ¿Usted se llama Rafita?
El capitán volteó asombrado, ¡hace décadas nadie se refería a él así!
– ¡Es verdad Bety¡ así me llamo, pero ¿cómo supiste mi nombre? ¿sabes leer?
– ¡Son muchas preguntas capitán! usted me dijo que cuando viera al hombrecito de guantes blancos que me llevaba a comer pasteles le preguntara.
¡él me dijo que usted cuando niño también iba con él!… y no, ¡no se leer!
A la memoria del capitán venían esas historias de cuando pequeño, sus amigos del colegio militar se burlaban de él, haciéndolo pasar por “loco” o “poco cercano a la verdad”, siendo el apenas un niño de 9 años, cuando les contaba de sus aventuras con el hombrecito de los guantes blancos.
Sus propios padres le habían acercado una ayuda, de esos doctores de la cabeza, que ayudaban a los niños a estar cercanos a la verdad, y no imaginar cosas que no suceden.
¡pero pasó! Y lo confirmaba con la propia Bety.
La niña al sentir en su bolsa un pequeño bulto, metió la mano y sacó un pastelito con un papel pegado…
… se lo entregó al capitán y este, cuando lo leyó, de improvisto se sentó en la cama y quedó pensativo.
– ¿qué dice capitán?
Continuará…

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