Luis Núñez Salinas

Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

¿Cómo plasmar la conducta de las personas?

 

¿Cómo plasmar la conducta de las personas?, se preguntaba Lorenzo al observar, cuando entraba en cólera su Padre Pedro, un afamado de la ciudad.

Lorenzo desde muy niño jugaba con dibujar a las personas, tenía alta habilidad para ello.

Encontraba en la tragedia de una viuda, en el hondo poder de la depresión, nuevas formas de plasmar las caras.

¡Una buena mueca! ¡Un buen porte!… infinidad de posturas que le regalaban los habitantes de la ciudad.

Para un niño de esas habilidades, encontrar en la ciudad antigua, modelos de sus dibujos, no le era nada difícil.

Dominante absoluto de la figura humana, el joven Lorenzo aún tenía en su mente una cosa:

¡Plasmar las emociones de las personas en un dibujo!, pero no las clásicas, esas de la cultura helénica, llenas de estructura, y en ocasiones frías, sino las cotidianas.

¡Verdaderos sentimientos! Realidades de la conducta, no como teatro, sino como perdurar un estado profundo de ánimo.

¡Eso haré! – Descubrió el joven Lorenzo-

En la plaza de Siena, el Cardenal Scipione Caffarelli Borghese, toma una taza de té.

Tiene en su mente una idea básica, que le podrá hacer sentirse cómodo, ahora que su tío es Papa: Conseguir al mejor escultor de Italia.

Para ello le dejó de tarea a varios escultores de la región, hacer un boceto escultórico, una simple cabra.

El arte escultórico al que está acostumbrado el Cardenal Borghese es refinado, dirían los que más saben: ars magister.

Era el medio día y ya tenía dos esculturas vistas, ¡no le apetecieron!

Un joven se acercó y le indicó que no podía llevar la escultura a su presencia, debido a que pesaba mucho.

¿Pesada? – Pensó el Cardenal-

¡Sólo era una muestra!

Hasta cierto punto molesto, el cardenal siguió al joven, no sabía su nombre, aunque vestía ropas de noble… ¡qué extraño!… pareciera hasta bien comido – pensó-

La mayoría de los escultores de Italia, andan andrajosos, sucios o desaliñados, debido a que los talleres son demandantes.

Solo usan sus ropas finas en las galas, cuando descubre sus tallas.

Caminaron y llegaron cerca de un patio, en donde en una carreta cubierta por paja, se vislumbraban algunas partes de lo que parecía, un trabajo de talla.

El joven Lorenzo levantó la manta y retiró algo de paja, limpió de arena unas partes y mostró el trabajo:

¡El Cardenal se quedó absorto!…

¡Su excelentísima!… puedo explicar… – refirió Lorenzo, hasta nervioso-

… ¡Una obra maestra! – Mencionó el Cardenal-

Lorenzo se quedó pensativo y sin palabra.

… pero excelencia, aún le faltan detalles, y parte del pelo del animal, no quedó bien ensortijado – apenado dijo Lorenzo-

Era la escena de Amantea, la cabra que amantó a Zeus, según la mitología griega, acompañados por un fauno.

Jugando Zeus con la cabra, le rompió un cuerno, y al sentirse agradecido el dios, porque la cabra aún le trató bien, le restauró el cuerno, naciendo así la idea de la Cornucopia, o del cuerno de la abundancia.

El cardenal no vaciló, y le encargó que la terminara.

Llévamela a la catedral y de inmediato te encargaré otra talla.

– Al hablar el cardenal pasaba su mano por la talla, quedando asombrado de la finura del trabajo y de los rostros del pequeño Zeus-

¡Lorenzo entusiasmado cumplió!

Al paso del tiempo, Lorenzo se hizo famoso por toda Italia, los nobles le encargaban trabajos complicados, cada vez, de mayor dificultad.

Maffeo Barberini- quien sería más adelante el Papa Urbano VIII- hombre de familia adinerada y de una preparación artística sublime, fue un impulsor de Lorenzo.

Lorenzo para estos años, no solo esculpía magistralmente, sino que era un arquitecto, pintor y un calculista notable.

Un hombre completo -ya Lorenzo- de aquellos forjados en los talleres académicos de arte, que graduaban de sus excelencias, por obras magistrales, jamás vistas por el mundo entero, el antiguo y el contemporáneo.

El Papa Urbano VIII lo designa Arquitecto de Dios, y lo convierte en el centro de todos los proyectos del Papa.

Las esculturas de Santa Bibiana, demuestran los grandes objetivos de la escultura de Lorenzo, mostrar las emociones profundas, y quien sino esta santa, para plasmar los escondrijos de los estados de ánimo.

Pero una obra escultórica que a Lorenzo le permitió establecer el clímax de sus ideas, fue el Trono de Pedro.

Cuatro doctores de la Iglesia Católica: San Agustín y San Ambrosio, de la Iglesia Occidental y de la Griega, San Atanasio y San Crisóstomo, en hermosas y colosales expresiones, Lorenzo logra colocar su sentido al arte.

Busca, en una talla de oro laminado, establecer en donde se sentaría Pedro.

Sus primeros bocetos de esta obra, le permitían satisfacer un sentido hacia lograr tener una oportunidad magna, que resumiera todos sus sentidos propios.

A la vez, que realizaba en su taller esta obra, Lorenzo construía lo que se llamaría Plaza de San Pedro.

Pero lo que le mantenía ocupado, era el vaciado de bronce, para tener la talla que él mismo quería expresar.

En el trono, en un halo de estuco de oro rodeado de ángeles, es una gran ventana en la parte inferior de alabastro que representa una paloma, y que permitiría que el  sol ingresara por ahí, en ciertas partes del año, símbolo del Espíritu Santo, que guía a los sucesores de Pedro en su camino.

El refinado y curioso tallado barroco, emulaba el cielo, una forma estilística de saber, que el cielo es arte, que es una obra maestra de la creación -pensaba Lorenzo-

Bronces, mármoles, estucos fueron los materiales que Lorenzo utilizó, para esta obra, que a su parecer personal, le llenaría el sabor de artista, le dejaba una satisfacción de lo pensado.

Un año le llevó a Lorenzo culminar esta obra, comenzando esta obra con el Papa Inocencio X y terminada con el otro Papa Alejandro VII

Lorenzo de 57 años, pensaba que su arte era solo para dejar claro, que las emociones y la expresividad de lo que sentimos, es un camino.

A la vez nos permite comprender la vida, en la que vamos caminando, dejando la obra que hacemos, sin esperar nada a cambio, que no sea la simple satisfacción de haber logrado, aquello que soñamos de niños.

Cuando Miguel Ángel, – otro renacentista- platicaba de Lorenzo, hablaba de almas, en vez de esculturas y de realidades, en vez de arte.

Fin

 

 

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