Luis Núñez Salinas

Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Apóstol Felipe

Hoy en día, amable lector, me permitiré, como es el caso por simple información, a adentrar un poco en las lecturas del domingo 21 de mayo de 2017, en específico, a aquellas en donde sale el Apóstol Felipe, del cual, no sabemos mucho, o como decimos por acá en México, no es “tan conocido”

Por ello, y con respeto, anexo un párrafo del libro de los Hechos de los Apóstoles, que fue la primera lectura del domingo pasado, Capítulo 6, versículos 2 al 6:

Los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: No es justo que nosotros descuidemos la Palabra de Dios para servir a la mesa; por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, dotados de Espíritu y de prudencia, y los encargaremos de esa tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra. Todos aprobaron la propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, y estos después de orar les impusieron las manos.

Deseo rescatar a Esteban, por ejemplo. Imaginemos unos 6 años después de la muerte y Resurrección de Cristo Jesús.

Esteban era diácono, sí, así como los conocemos hoy, dentro de los primeros años de nuestra Santa Iglesia Católica. Con responsabilidades, pero la más importante, Evangelizar.

Escogido dentro de los nuevos Apóstoles como nos narra el libro de Hechos, Esteban se distinguía porque hablaba griego. Y dentro de sus labores, era el de distribuir la caridad hacia las viudas de aquella comunidad que le tocó vivir.

Era un férreo crítico de los judíos, en especial del
Sanedrín.

Que en aquellos años posteriores a la crucifixión de Cristo, no andaban con ánimos como para andar tolerando, que otro les criticara, que otro les hiciera ver los defectos de su sistema, y la falta de caridad hacia los demás.

Esteban, en un discurso profundo, acerca de la historia del pueblo hebreo, desde el propio Abraham, pasando por José y de como Dios habitaba en el cielo y en la tierra, haciéndoles ver que su templo, no era Dios.

Esto no les gustó a los del Sanedrín, y le advirtieron que, si seguía hablando, ellos ya tenían la pena de muerte por lapidación (pedradas) si continuaba.

Esteban continuó con sus palabras, el debate subió de tono, debido a que Asia, un judío del Sanedrín entró a la plática, pero no pudo debatirle los argumentos.

Les dijo Esteban, que en ese mismo instante, veía a Cristo sentado a la derecha del Padre, en el cielo, al voltear sus ojos hacia arriba.

Ellos lo acusaron de blasfemia, lo apedrearon y lo mataron.

De estos tiempos estamos hablando querido lector, es ahí donde Felipe, este joven que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles, llega a una ciudad llamada Samaría.

Samaria estaba arriba de una escarpada ladera, de no difícil acceso, dentro de su historia se cuenta que fue la única ciudad de Israel antiguo, fundada por un rey, debido a que todas las demás, fueron conquistadas.

Se llama Samaría en épocas previas a Cristo, pero cambiaron su nombre a Sebaste, que en griego quiere decir Augusto, este cambio lo hizo Herodes.

Era una ciudad amurallada, con columnas, templos, mercados y vivienda, era una metrópoli, a condición de que algunos, no le consideraban tan grande como Jerusalén, pero tenía su urbanidad y una concentración alta de personas.

Ahí llega Felipe, como Diácono, igual que Esteban, claro que en condiciones diferentes a las que vivió su compañero.

La primera lectura de este domingo, narra este hecho:

Felipe bajó a una ciudad de Samaría y allí proclamaba al Mesías. La multitud escuchaba con atención e íntimamente unida lo que Felipe decía, porque oían y veían las señales que realizaba.

Espíritus inmundos salían de los poseídos dando grandes voces; muchos paralíticos y lisiados se sanaban, y la ciudad rebosaba de alegría. En Jerusalén los apóstoles se enteraron que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, y les enviaron a Pedro y Juan. Éstos bajaron y rezaron para que recibieran el Espíritu Santo, porque todavía no había bajado sobre ninguno de ellos y sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús.  Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo. Hechos 8,5-8.14-17

A la muerte de Esteban, el Sanedrín dio la orden de perseguir a todos quienes pertenecían a la primera iglesia cristiana, en especial a los griegos convertidos al cristianismo.

Una cosa extraña fue que a los hebreo-cristianos (si les podemos llamar así), los judíos consideraron que podían comunicarse e inclusive llegar a acuerdos.

Por ello fueron dejados en paz.

Si nos ponemos estrictos, Felipe fue el primer misionero de la cristiandad, porque lo acompañaba el Espíritu Santo en sus labores, fuera de la ciudad de Jerusalén.

La segunda lectura, nos narra como el Apóstol Pedro da un discurso para evitar que la comunidad se espantara. Debido a la persecución que hacen los judíos a la primitiva iglesia cristiana, justo en ese momento posterior, en que han matado a Esteban.

Ya anteriormente Pedro les había hablado de la esclavitud, y ahora, desea hacerles ver que vendrían tiempos difíciles (nada más 250 años de persecución), y que ellos debían poner su corazón y su amor por Cristo, por encima de todo.

Sino honren a Cristo como Señor de sus corazones. Estén siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza, pero háganlo con modestia y respeto, con buena conciencia; de modo que los que hablan mal de su buena conducta cristiana queden avergonzados de sus propias palabras.

Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal. Porque Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los injustos para llevarlos a ustedes a Dios: sufrió muerte en el cuerpo, resucitó por el Espíritu. 1° Pedro 3,15-18

El Evangelio en esta ocasión, Cristo Resucitado está despidiéndose de sus Apóstoles, ellos lo saben, y están tristes, inclusive melancólicos.

¡No quieren que se vaya!

Jesús les invita a estar en sintonía con Él, a estar cercanos a su palabra, les promete la llegada del Espíritu, pero que no será posible que entre en ellos, o en cualesquiera que fuera otro, si no están de su lado, de su costado.

Cristo le llama Paráclito (que consuela) y Espíritu de Verdad, aún los Apóstoles no alcanzan a comprender bien esta parte, debido a que aún no reciben al Espíritu Santo (Pentecostés).

Paráclito es un término utilizado en las épocas de Jesús, para estar del lado de aquellas personas que eran acusadas, fuera en el Sanedrín o en los propios tribunales de roma, enclavados en la región de Jerusalén.

Es un término elevado, de alto estudio, que nos hace el uso de la gracia, de la sabiduría de Cristo, por todo aquello de saberse conocedor y dominante de la justicia de su tiempo, estudioso de sus escrituras, y en cómo se aplicaba la ley en sus tiempos, en su pueblo y en el concepto romano que conquistó esos lares.

En esos tiempos no existían los abogados, como hoy, quien era acusado, se las veía solo contra el tribunal (Cristo lo vivió), pero en ocasiones, cuando alguien realmente era inocente, se escogía a una persona honrada, buena, ética y de calidad social, para dar testimonio de que el acusado, no era quien se pretendía, a ese defensor, se le llamaba Paráclito.

Recordemos que Jesús es el primer Paráclito de los Apóstoles, luego llegaría otro. Es precisamente de este segundo, de lo que narra el Evangelio de este domingo.

Si me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce.

Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él. Juan 14,15-21

El próximo Domingo, en este tenor, de mantenernos cercanos al tiempo de Pascua, es buen momento de preguntarnos:

¿Quiero que Cristo sea realmente defensor de mi corazón? ¿Hace cuánto no hago por mantener mi estado de gracia? ¿Cómo recibo al Espíritu Santo?

Hoy los católicos están como San Esteban, les persiguen, les critican, hacen escarnio de muchos, y como lo vimos esta semana, ya las agresiones físicas hacia nuestros sacerdotes, herederos de nuestros Apóstoles, y custodios de Cristo, se han transformado, en aquellas que ponen en riesgo la vida de uno de nuestros hermanos Sacerdotes.

Que se depara en su salud, por vivir la Verdad.

Sus oraciones estimado lector, por la recuperación de nuestro amigo sacerdote Miguel Ángel Machorro, de la Catedral Metropolitana de México.

Luego entonces amigo lector, no nos quejemos del México que estamos viviendo, porque en ello quede claro: ¡Tenemos el País que queremos!? Esa es mi apuesta ¡y la de Usted?…

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