Luis Núñez Salinas

Luis Núñez Salinas

La Apuesta de Ecala

El tiempo

                  El tiempo, en una definición, no existe. ¡Sí! Como lo lee.

                  El tiempo es un invento de las personas, de aquellos a quienes les gusta andar de prisa, tratando de que pase lo más pronto – el tiempo- para poder terminar un día de trabajo.

                  O aquél chiquillo que, tratando de hacerse el “grande”, desea ser adulto lo más pronto posible. Tal vez para ver una película de miedo, o dormirse tarde, o decir verdades.

                  El tiempo es la herramienta del miedo, les dicen a las mujeres que el “inexorable camino del tiempo” le traerá arrugas, vejes, dolencias.

                  “son los tiempos” dicen los que saben, fuera para sembrar la tierra, o para lograr pintar una obra maestra, tal vez esculpir algo clásico greco-romano, o simplemente componer una melodía, bajo los cánones de lo clásico.

                  El tiempo es pues, razón de ser de muchos.

                  ¡pero no de todos!

                  ¿Qué par de novios toman tiempo de su idilio por la tarde? ¡ni uno!, para ellos no existe, no hay razón para ocuparse de él.

                  ¿Qué madre toma el tiempo admirando a su recién nacido que por primera vez lo tiene en sus brazos? ¡No hay!, ella se toma los momentos para estar con su hija, ¡No hay prisa para terminar!

                  El tiempo dicen los positivistas, es una herramienta para atender las acciones de los días, para esclavizarnos a las manecillas del reloj, que cuenta cada segundo – ahora atómicamente- para hacernos y dar sentido a las vidas.

                  La vida y el tiempo son dos grandes enemigos, milenarios, que solamente existen para molestarse, para incomodarse, para atentar, contra las personas.

                  Por un lado, la vida se apropia de las personas, existe quien nace y quien crece, y también quien encuentra otra persona, se reúnen, y al paso del tiempo, nace otra persona, y juntos forman vida.

                  ¡Pero el tiempo se inmiscuye entre ellos! Y los separa.

                  Por otro lado, el tiempo es un médico, ¡sí!, un doctor encargado de curar las viejas heridas, ¡está comprobado!

                  ¡El tiempo cura todas las heridas! Así lo decía la abuela.

                  Si el tiempo y la vida son enemigos, seguramente grandes guerras se hicieron en su nombre.

                  ¿recuerda alguna?

                  Tal vez aquella en donde era tiempo de que llegaran los españoles y conquistaran estas tierras de “barbaros”, llamados así, porque lo que les tocó vivir, tenía sus propios escenarios y sus razones, su cosmovisión.

                  Los conquistadores trataban de enseñar la vida, la nueva vida, pero quien la recibía ya tenían la suya.

                  Esta civilización no conocía el tiempo -esta que fue conquistada- para ellos solo existían los ciclos, aunque también cayeron en la trampa, de medir la vida y sucumbieron.

                  Medir la vida con el tiempo, es como si deseáramos que el sol y la luna salieran a la misma vez, alguien moriría en ese intento, las fuerzas gravitacionales no lo permitirían, y los que saben de vida, aquellos pensadores del movimiento, saben que no puede haber noche y día, a la misma vez.

                  ¡Medir y medir!… en ello a veces se va la vida.

                  Aquella persona que solo mide lo que hacen otros, que solo se fija en la cantidad de lo que se acumula, y quiere el tiempo, para envanecerse, gracias al esfuerzo de los demás.

                  Esa otra, que camina tratando de ganarle al tiempo, como si la velocidad redujera físicamente al dios cronos; lo que no sabe, es que las maneras de trabajar de la vida, aunque la aceleres, no te dará frutos prontamente.

                  Si alguien desea que una planta crezca más rápido, no la toma de la punta y la jala, podría fracturarla, lastimarla y tal vez, hacerla perecer.

                  La vida es pues, enemiga del tiempo.

                  ¡Acérrimos rivales! En donde la pelota con la que juegan, son las personas, la gente, los habitantes, fuera de una cultura o de otra.

                  Aquellos que alabaron al dios Ra, se cansaron de esperar en el andén de la muerte, de ver de nuevo a sus semejantes, a sus jerarcas, ¡No lo consiguieron!

                  En la trampa biológica de la vida, el tiempo cobró su factura, ¡no llegaron a ningún puerto!, sucumben en la infinidad de las tinieblas por toda una eternidad.

                  Otros más, pensaron que al final del tiempo, estarían en un olimpo, en una engarzada nube rodeando a sus ídolos, y comprendieron, que la pesada subida a su monte, no les trajo ninguna paz, ningún consuelo.

                  ¡Aún les lloran a sus ídolos de caliza y mármol!

                  La Verdad, otra compañera del tiempo y de la vida, se ha puesto en duda su existencia.

                  Para unos la verdad es relativa, no tiene pies, cabeza ni forma, es un ente de mil máscaras, que depende desde la perspectiva con que se vea, y en ocasiones, desde la propia antropología de quien la observa.

                  Si una persona observa un hecho, le colocará lo que el tiempo le enseñó, y tendrá una idea errónea de lo que pasó, porque los ojos de las personas, tienen el filtro de la vida.

                  ¿será la vida la mejor maestra?

                  Si el tiempo y la vida son enemigos -porque uno es irreal y la otra una Verdad- ¿por qué nos dicen que el tiempo es más importante que la vida?

                  ¡La Verdad es real!, como la vida.

                  ¿serán amigas?

                  La cultura que hoy nos toca -aquella que ya se olvidó de la vida y se esclavizó en el tiempo- carga fuertes martillos para hacernos creer, que existe una meta en esta vida: Acumular.

                  ¿El tiempo da riqueza? Le preguntaban al bardo del pueblo, al encargado de guiar, con sus sabias palabras los caminos de la civilización.

                  ¡No sé! -Respondía él, -cínico-, camina por tu vereda y tú mismo soluciónalo.

                  ¡Una vez la Verdad llegó a esta cultura!, pisó estas tierras.

                  Tomó en sus manos una vara, escribió unos signos en la tierra, alzó la vista y vio que un puñado de rufianes, atentaban contra la vida de otra persona, una esclava de la riqueza que, al pasar el tiempo, había creído – porque así sus ojos le indicaban- que lo importante era acumular.

                  Esta Verdad, se levantó argumentó y dio al tiempo una razón para existir.

                  Y nació una nueva compañera de la Verdad y del tiempo: La caridad.

                  Así la Caridad cegó los ojos del ambicioso, curó las llagas del herido, sanó a quien sus piernas no le respondían, y tomó en sus manos el mal ancestral que caía en estas tierras.

                  Esta Verdad que llegó, esta construida, no de promesas terrenales o de la acumulación, sino de fracturar al tiempo, de romperlo en mil pedazos, para que nada ni nadie, lo pudiera volver a reunir.

                  ¡La Verdad venció a la muerte!, que era hija del tiempo, ¡No más muerte! -Dijo- y nadie más volvió a perecer.

                  La Verdad reina, con caridad desde entonces, hasta nuestros días.

                  Pero un personaje milenario que, desde hace mucho tienta a las personas, tratando de imponer su dominio, de resurgir, y hay quien trata de reanimarlo.

                  ¡Es la muerte!

Que trata de volver a enseñar a los hijos de este mundo, que el tiempo es más importante que la vida y que acumular es valioso tanto más, que la Verdad.

                  En siglos esta lucha tiene como principal escenario, el corazón de los hombres.

                  ¡Camina en paz!, dejando a un lado la acumulación, y sigue a la Verdad, que es fruto de la caridad de un ser que nos ama, porque nos creó.

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