Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

La expedición de Cortés

Aún recordaba Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, aquellas primeras reglas de operación de la Casa de Contratación, en Castilla -1503- casa que por cierto buscaba a mantener en ordenanza todas aquellas expediciones que buscarán acercarse a la América recién explorada.

Bajo la orden directa de Isabel I de Castilla – o Isabel la católica como mejor se le conocía- se pronunciaba un orden no solo de administración – en donde ya los inversionistas comerciales particulares se les prohibió su participación- sino que se revisaba todo lo que a estas expediciones le surgieran, tanto los inventarios de los barcos que zarparían, los tripulantes, la historia familiar de cada uno de ellos, así como los militares y por encima de todo esto ¡la fidelidad a la corona!

Por lo tanto, el capitán Hernán Cortés – fiel a su estilo- no solo hizo caso omiso a las órdenes, sino que falseó información acerca de lo que llevaba.

En el censo de 1510, las ordenanzas subieron de tono, debido a que se presagiaba que varios barcos no estaban llevando lo suficiente – inclusive se habían visto polizontes- así que la corona tenía el control exacto.

Las memorias de Cortés se apresuraban en estos días posteriores a la caída de la gran ciudad entre los dos lagos, uno de ellos salado – por cierto- en donde tenía aún como preso militar a Cuauhtémoc, lastimado por demás en sus extremidades inferiores.

La ruta que llevaría la expedición sería la de encontrar un límite hacia la frontera sur, en mucho, más allá de los imperios mayas y toltecas avecindados por aquellos lares, en donde se cosechan los caracoles de color púrpura.

La ruta tomada demostraba que había caído el tlatoani brujo, y llevándolo con ellos, demostraban el poderío.

O tal vez era el temor de Cortés de dejar al tlatoani ¡y se levantara otra vez a la ciudad entera!

¡no saberlo!

En la memoria del capitán Cortés, aquellos años de esperar que la Casa de Contratación le validara los viajes a la América de los mapas de Vespucio, remembraba las noches en la espera, llenas de jolgorio y desorden, en donde hizo buenas amistades con los lugartenientes y los escribas, a tal grado que los sobornos cada vez eran de menor talante.

¡por unas monedas simples era fácil pasar ron!

¡ahora era el tiempo de poner límites!

Las expediciones posteriores a la caída de Tenochtitlán dejaban claro el limítrofe entre el cono septentrional – que así pareciera- y del sur.

¡el Rey Carlos I de España y V del Imperio Romano le había dejado por sentado de que debía enviarlo lo más pronto posible!

Si el capitán lograra una labor de proeza ¡la búsqueda de su cabeza tendría fin!

Al caminar hacia el sur, Cortés iba desmembrando aquel embrollo del cual había tenido noticias:

Cuatrocientos hombres al mando de Cristóbal de Olid – quien trataba de ganarle la conquista de las tierras de las Hibueras a Gil González Dávila- por mar lograrían llegar primero a estas tierras, y por tierra Gil González buscaba a toda costa ganar el tiempo a los que por ultramar bien sabían les darían ventajas.

Diego de Velázquez le había prometido a Cristóbal que si lograba llegar antes a estas tierras – en donde nativos les hablaban del Dorado, una ciudad llena de oro- él sería el gobernador, Cortés al estar informado por sus espías se dirigía para poner orden al proceso.

Al paso de su expedición Cortés encontró comerciantes, ciudades, imperios y toda clase de problemas con la naturaleza, pero su encomienda era clara: ¡buscar la frontera del sur!

¡y el oro por supuesto!

En su paso Cortés tuvo que aceptar que grupos de ciudades le acompañaban y, por otro lado, unos más le odiaban.

Por ello precavido, tuvo que hacerse de la captura de los reyes y príncipes de varias pequeñas ciudades, mismas que habían sabido de su paso y se levantaban para lograr confrontarlos…

Los emisarios que había dejado en la recién caída Tenochtitlán ya andaban levantando pólvora y desobedecieron las órdenes de Cortés: ¡destruir todos los templos y los ídolos! así como cualquier indicio de blasfemia.

¡era un caos!

Afín a su llegada a las Hibueras, Cortés se da cuenta que Cristóbal había sido asesinado – realmente no sabía quién lo hizo- pero esto le allanó el paso para lograr marcar un punto exacto en su mapa y determinar la frontera que tanto el Rey le pedía.

Al paso de los días la presencia de Cuauhtémoc en la caravana hacia las Hibueras le fue pesando a Cortés, de una manera y otra, el simple hecho de traerlo le hacía que los pueblos por donde pasaba le rindieran una especie de temor y venganza.

La mayoría de los pueblos sometidos por los tenochcas nunca veían al emperador que los dominaba desde el valle central, pero los emisarios y recaudadores de tributo eran ¡más que reconocidos!

¡hombres crueles y cercanos a lograr la muerte si no se pagaba en tiempo y forma lo acordado!

¡ver al emperador dejaba a varios asombrados!

… en las noches de mayor oscuridad, cercanos a lo profundo de las llamadas pesadillas, los horrores de la guerra reviven y las almas de los ejecutados regresan y claman justicia… y en varias veces ¡equidad!

Un sudor despertó a Cortés… su boca seca y la garganta cerrar ¡así como los miles de sancudos que volaban en nubes cerca de su nariz! le recordaban lo ríspido de la selva.

Mientras sus tropas tomaban guardia – los menos- los cautivos Cuauhtémoc y su primo Tetlepanquetzaltzin, pasaban infernales horas de sufrimiento.

El tlatoani brujo rostro de águila llevaba ya varios días con fiebres escandalosas que lo hacían inclusive perder la razón, no lograba ya dar paso alguno ¡sus calcinados pies le daban ya días de sufrimiento!

Su primo vivía de igual manera el tormento, aunque sí podía caminar, el calor y precio de la selva le tomaba cobro.

En esa misma noche Cortés se levantó y de inmediato solicitó a sus hombres que lanzaran una cuerda por encima de los frondosos árboles de tule, hermosos y grandes troncos se entrelazan para lograr construir un espécimen de estas especies.

¡Cortés había escuchado hablar de los rituales que se hacían dentro de estos árboles!

-¡cosas del demonio! – vociferó cada vez que lo acertaba.

El propio capitán tomó a Cuauhtémoc y lo empujaba… ¡el tlatoani brujo sabía que la hora de entregar su vida al Tloque Nahuaque estaba cerca!

-¡no sé que me da que sigas con vida!… ¡me molesta tu actitud y arrogancia!… ¡tu manera de mirar y tu osadía de no hacer lo que yo te diga!

Le mencionaba Cortés al tlatoani búho.

Al irlo empujando, el odio y el horror de estar en la selva lo dejaba frío al capitán europeo.

¡los frailes que acompañaban a Cortés clamaban por la vida del emperador!

-¡permita capitán le convirtamos!

-¡voto al cuerno! ¡pero si no ha sido instruido!

-¡merece ser salvado!… ¡su alma pende de un hilo!… ¡capitán por su santa madre!

¡Cortés pateó al tlatoani y lo tumbó! ¡se retiró!

En la ciudad de Acalán, un imperio menor de la raza de los mayas, Cortés hizo una especie de juicio, en donde acusaba al tlatoani brujo y a su primo, de que a lo largo de su caminata de la gran caravana para delimitar el imperio en lo septentrional, azuzaban a los hombres de Tlaxcala – los más- a levantarse en contra del señor de los mares de más allá.

¡todo era una trama inventada!

¡Cortés no soportaba tener al tlatoani cerca de él!… ¡le molestaba!

Malinche – la concubina de Cortés- platicaba con Cuauhtémoc, no en una sino en varias ocasiones, le hizo ver el tlatoani de la desventaja de ella…

-¡veo en tu camino el sendero que logras caminar niña! … niña Malintzi.

-¡calla mi señor!… ¡en dentro de mi corazón me hace pensar que es el camino correcto el que he tomado!

-¡escucha bien hija del río! ¡te habla tu Tlatoani!… ¡te auguro una vida desdichada llena de pesares y mal sabores!…

¡de un salto Malinche se levantó y corrió asustada!

¡en toda la historia de los pueblos mexicas una maldición de un tlatoani perduraba en toda la eternidad de los tiempos y los soles!

… ¡desde aquel día la niña Malintzi no fue la misma!

¡no intimaba con Cortés!… ¡ya no era consorte! Cansada y asustada vivía cercana de día a una alegría y en las noches un infierno le atormentaba.

¡los frailes no atinaban lo sucedido!

En la zona Maya de la ciudad – de imponentes edificios y ¡grandes juegos de pelota! Cortés batió un extenso discurso acusando a Cuauhtémoc y a su primo de un levantamiento… ¡a suerte la vida!

-¡culpables!

Sentenció con furia.

Esa noche Cuauhtémoc y Tetlepanquetzaltzin fueron ahorcados, pero ya convertidos al cristianismo… ¡salvando su alma!

A cuatro años de la caída de la gran Tenochtitlán, en un camino de la selva, cercanos a los pueblos mayas que sometieron con fiereza, el último tlatoani -aquél que le daba malos sueños a Cortés- ¡aquél que había maldecido a la señora Malinche!…

¡ahora pendía en el vaivén del viento…!

¡el tlatoani brujo con rostro de águila!

Continuará…

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