LUIS MANUEL ROBLES NAYA / LA UNIDAD NACIONAL

CONCIENCIA PÚBLICA

Ni el discurso ni la agenda presidencial se han caracterizado por buscar y provocar la unidad nacional. Montado en los resultados electorales se ha decidido el gobierno a imponer sus opiniones, ignorando la pluralidad de la sociedad y especialmente a una terca realidad global que se empeña en decirle que no están las condiciones para radicalismos ideológicos.

Los empeños institucionales, sin bases técnicas de respaldo, fundamentados solo en la inspiración moral y en los muy escasos conocimientos técnicos del mandatario, son más pronunciamientos políticos que un programa de gobierno sensata y razonadamente elaborado y por ello, los resultados de más de un año de gobierno nos arrojan ahora saldos negativos, mientras la voz del presidente transita de la arenga a los reclamos. Incluso los intentos de fijar agenda en las conferencias matutinas han perdido efectividad y paulatinamente han restado seriedad a la palabra gubernamental, que día con día además, polariza y agrede a sectores a los que luego exige participación y respaldo para el crecimiento nacional.

El esquema mental presidencial sobre la conducción del país se está rompiendo y él parece no darse cuenta, o bien, con su característica tozudez y consciente del peso del poder del presidente habrá de insistir hasta el triunfo o la derrota de sus convicciones. No es una buena perspectiva para México seguir este rumbo unipersonal.

Nadie puede estar en contra de sus postulados generales, combatir la desigualdad y la corrupción brindar seguridad y mejorar el estado de bienestar, son imperativos sociales y en ello tiene el respaldo general y por ello se sostienen sus índices de popularidad, porque ha convencido a la sociedad de la convicción y decisión que tiene para lograr acabar con ellas. Estos son los puntos de convergencia en los que la sociedad se basó para darle su respaldo en las urnas, sin embargo, en el ejercicio del poder ha seguido privando el espíritu de competencia de la campaña electoral, y el instinto político del presidente que le hace ver conspiraciones y ataques en las opiniones que difieren de sus métodos y enfoques.

Los resultados de esta política unipersonal, no desprovista de ataduras y conceptos cimentados por su experiencia opositora, nos han llevado por un camino de permanente incertidumbre y desconfianza sin percibirse destino cierto o seguridad futura.

Aun sin la presencia del coronavirus el crecimiento del país se ha estancado y se pronostica que habrá de tener crecimiento negativo por otros múltiples factores: el precio del petróleo ha descendido y las coberturas contratadas habrán de aliviar el ejercicio presupuestal, más no el estado financiero de PEMEX que estará, otra vez por perder su calificación crediticia; los programas sociales con débiles controles y desconocidas reglas de operación se prestan más al despilfarro que a una orgánica respuesta a la desigualdad imperante; la austeridad, llevada al grado de estrangular la operación administrativa de áreas sensibles como la salud y la procuración de justicia; el retraso en el ejercicio presupuestal, causante en mucho del desabasto de medicamentos, los sub ejercicios en dependencias clave; esos que no son todos, son factores que han influido para que la inversión pública no incida en el crecimiento.

Por otra parte, los anunciados proyectos de inversión multimillonarios en materia de infraestructura no se han cristalizado y la política energética del régimen sigue estancada, indefinida aún entre una concentración y participación mayor del estado, rescatando un viejo concepto de soberanía, y la permisión de la participación de la iniciativa privada, inhibiendo y restringiendo la inversión necesaria para el crecimiento, mientras la violencia criminal incontrolable se extiende a las actividades económicas mediante cobros de piso y derechos de paso en zonas mineras y regiones productivas. La conclusión, cero crecimiento, escasa inversión y participación gubernamental desordenada.

En materia de derechos, el combate a la corrupción se ha transformado en persecución selectiva mientras se tolera y justifica la de los leales; las mujeres tienen que salir a las calles masivamente para demostrar su rabia y el desprecio que existe en el gobierno para sus demandas, acentuada por la indiferencia del propio presidente de la república para su movimiento. En resumen, un coctel explosivo al que ahora se suma el COVID-19 con sus condiciones externas que habrán de pesar en la ya vulnerable realidad económica mexicana.

No importa que el presidente siga diciendo ante los banqueros y empresarios que están dadas condiciones para el crecimiento, ellos le aplauden en público y lo critican en privado mientras mantienen sus reservas, desconcertados ante la ambigüedad entre el discurso y las acciones y podemos decir, la ingenuidad de algunas de las propuestas presidenciales.

Como cereza en el pastel ha llegado el coronavirus con sus consecuencias en la salud, pero que tendrá efectos más perniciosos en la economía nacional. Una nueva crisis económica toca a la puerta y salir airosos de ella requiere de la unidad nacional, difícil de conseguir con un discurso polarizado y reparto de culpas al pasado.

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