LUIS MANUEL ROBLES NAYA / EL MENSAJE DEL INFORME

CONCIENCIA PÚBLICA

Sin que alguna norma lo obligue, el presidente ha querido rendir informes trimestrales de su gestión al frente de la república, y en este mes de abril, no obstante la emergencia sanitaria impuesta, cumplió su intención en un marco totalmente desfavorable para mandar un mensaje positivo a la nación. La soledad del patio de Palacio Nacional, el vacío ambiente y la falta de empatía del discurso con el momento en que la sociedad está inmersa, configuraron un mensaje pródigo en símbolos adversos. Vimos un presidente, aislado, a un mandatario convencido de su proyecto, que no piensa variar a pesar de las circunstancias, y un gobernante distanciado de una gran parte de la sociedad. Desafortunada fue la elección del escenario y desalentadora la estructura del discurso.

La soledad exhibida en el espacio escénico del informe es más real que lo que vimos. Aun cuando se puede coincidir en lo justo de su proyecto, primero los pobres y vulnerables, la racionalidad se impone apoyada en una realidad insoslayable. El gobierno no tiene el dinero necesario para seguir sosteniendo y extendiendo los programas sociales, hoy reconocidos como derechos en el texto constitucional, sin sacrificar el gasto en inversión pública y en el fortalecimiento de las acciones e instituciones para cumplir sus responsabilidades básicas: seguridad, salud, educación, y bienestar general.

No existía el recurso cuando tomó el poder y en un año de austeridad y apretones presupuestales y sin la corrupción (porque hoy no es lo mismo), no fue posible fondearlos sin ocasionar severos desequilibrios financieros y disminución de los niveles de atención institucional a los sectores productivos y a la población en general. No habrá recursos suficientes tampoco en el futuro inmediato, porque la disminución de la inversión gubernamental y la lentitud en el ejercicio presupuestal, más las decisiones e indefiniciones en el sector energético vulneraron la confianza y la credibilidad del gobierno ante los inversionistas. Difícilmente encontrará más dinero el próximo año pues las consecuencias de la epidemia que se está viviendo, traerán más recesión y por ende, menor recaudación y menos flujo en el gobierno, pudiera incluso enfrentar un problema fuerte de liquidez. Dicho en términos llanos, no hay forma de sostener el pago de los derechos sociales y programas relativos y a la vez apoyar a la economía nacional con mayor inversión gubernamental, sin ocasionar daños en el empleo y en la economía de más del 60 por ciento de la población.

Las soluciones posibles, expresadas por diversos interlocutores y medios, han sido tácitamente rechazadas: permitir un déficit presupuestal ligero, contratar deuda nueva, reforma fiscal, prórrogas, que no perdones, al cumplimiento de obligaciones fiscales, no van, simplemente porque fueron soluciones que se implementaron en el pasado reciente “para favorecer a los empresarios de siempre” y el recurso será para los pobres.

El mensaje expresado en la soledad del patio de palacio nacional, denota intransigencia, una conducta regida por prejuicios, y una visión muy parcial de la realidad nacional. Ratifica que la prioridad, antes y después de la crisis sanitaria, es seguir fortaleciendo los programas sociales, regalando dinero a los que considera pobres y que la planta productiva, los comerciantes, las empresas chicas y medianas, los generadores de empleos se arreglen con sus propios medios.

En cierta forma reconoce la insuficiencia de los recursos del estado para apoyar a todos los sectores y privilegia a los más vulnerables, lo que no está mal, pero lo que sí está mal es no reconocer que esos sectores que hoy margina de la protección gubernamental, son los que generan el recurso que regala, son los causantes cuyos impuestos permiten que los programas sociales se sostengan. No atenderlos y dejar que por sí mismos superen los efectos del aislamiento y la parálisis económica es agravar el fenómeno recesivo que venimos experimentando desde 2019. Esos sectores no están pidiendo que se les regale nada, sólo que se les apoye con plazos y créditos para conservar su capacidad productiva y de empleo.

Es inexplicable que se manifieste que la grave crisis que empezamos a vivir le caiga como “anillo al dedo” a la transformación que pretende, salvo que su proyecto sea el de un gobierno paternalista como antídoto para el “capitalismo salvaje”.

Hay quienes definen esta transformación de otra manera, yo no quisiera llegar hasta donde consideran que se están generando las condiciones para que se cumplan los objetivos del “Foro de Sao Paulo” pero tampoco tengo motivos o razones para desmentirlo. El contexto del mensaje presidencial, antes y después del informe trimestral, deja un amplio espacio para la duda y la incertidumbre sobre el futuro del país. En lo inmediato, hay pesimismo pues no hay indicadores de mejoría y el presidente cada día parece más ensimismado en su proyecto y menos consciente de la realidad nacional, incluso de la realidad de su propio gobierno al borde de la quiebra y sin talentos suficientes, y si acaso los hay, sin tomarlos en cuenta.

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