Pasado el frenesí mundialista, las cosas en todas partes parecen volver a la normalidad, esa que muchos identifican simplemente con la realidad. Los sueños se desvanecen y las emociones se repliegan. El día a día se nos vuelve a presentar con esa languidez que la misma publicidad se ha encargado de hacernos sentir, en contraste con la euforia y la dicha del futbol.
¿Qué vamos a hacer ahora sin Mundial? Supongo que lo de siempre. Pero lo primero será observar cómo las cosas, efectivamente, se aquietan. Durante varias semanas vivimos un fenómeno omnipresente, nos gustara o no el futbol. Fue algo que no podíamos dejar de ver o por lo menos escuchar en forma de grito, porque los goles se gritan.
Cuenta la leyenda que Jorge Luis Borges, no sólo ajeno a este espectáculo deportivo (“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, decía), sino también, como sabemos, reacio a seguir a las multitudes, decidió, en medio del Mundial de 1978, dictar una conferencia sobre la inmortalidad el mismo día en que la selección Argentina jugaba contra Hungría.
Esto es decir demasiado en un país que respira y transpira con el balonpié. Pero en esos años, cuando Borges montó esta singular provocación en la Biblioteca Nacional, en pleno Buenos Aires, todavía esto era posible. Las pantallas de todos los formatos y dimensiones imaginables aún no se habían multiplicado exponencialmente como ha sucedido en los últimos 30 años.
La invasión total de las imágenes televisivas y el ruido atmosférico que comportan, harían hoy imposible que el bardo argentino consumara su gran “boicot” antifutbolístico.
Y es que con el Mundial de futbol pasa algo parecido a la Torre Eiffel. El escritor Guy de Maupassant la detestaba y, precisamente por eso, desayunaba frecuentemente en el restaurante de la Torre, porque –decía– “es el único lugar de París desde donde no la veo”. Roland Barthes, quien cuenta esta anécdota, añade: “En efecto, en París, hay que tomar infinitas precauciones para no ver la torre; en cualquier estación, a través de las brumas, de las primeras luces, de las nubes, de la lluvia, a pleno sol, en cualquier punto en que se encuentren, sea cual sea el paisaje de tejados, cúpulas o frondosidades, que les separe de ella, la torre está ahí…”
Y aunque estoy lejos de detestar el futbol, es cierto que hubo muchos momentos en que procuré “tomar infinitas precauciones” para no verlo, pero fue imposible. Un día, lo confieso, salí de casa para no escuchar la histeria de los vecinos (unos extranjeros cuya selección jugaba); caminé por la avenida y me encontré un televisor cada diez metros, así que mientras caminaba era como si viera el partido en fragmentos, pero con absoluta continuidad. Di vuelta en una callecita y aunque ahora los televisores aparecían cada 40 metros, entendí que hemos sido abducidos por las pantallas.
Más condescendiente con el momento, me dispuse a ver la final cruzando apuestas –conmigo mismo– para organizar mi día: ¿Bife o chuletón? ¿Empanadas o tapas? ¿Malbec o tempranillo? El carnicero decidió por mí y fue bife. Otro tanto hizo el de la vinatería, que se inclinó por un malbec. La suerte estaba echada y tuve que ver la derrota de Argentina con algo de sus sabores y caldos, lo cual no me pareció un error, todo lo contrario.
Muchos se colgaron de una argentinofobia que empezó a pulular en las redes sociales de forma bastante idiota (o tan idiota como lo fueron algunos argentinos que llegaron a decir tonterías prepotentes). Y otros más de una hispanofilia de último momento (que resultó más falsa aún entre quienes aplauden los reclamos más torcidos y manipuladores de la 4T contra la corona española en torno de la Conquista).
Pero en fin, era de esperarse que las reacciones más elementales se viralizaran y generaran más reacciones a favor o en contra. Es algo que, como el futbol, todos tenemos que ver aunque no queramos, porque están dentro de la pantalla dominante y esclavizadora.
Con todo, este mundial me ha dejado múltiples enseñanzas que, si vivo para ver el próximo, intentaré retomar. La más importante es que la convivencia de un lego en el tema, como yo, con quienes tienen preferencias, himnos, camisetas e ídolos a los cuales rendir culto, es siempre bastante grata y sana. Yo pregunto y ellos responden; yo me burlo y ellos se enojan; yo sonrío y ellos también. Siempre empatamos y no hay penales.
FB: Ariel González Jiménez







