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Lo que las manos no pueden soltar

Marily Torres, artista plástica

por Lila Cruz
4 noviembre, 2026
en aQROpolis, Destacados
Marily Torres encuentra en el arte una forma de explorar su historia, transformar sus experiencias y descubrir nuevas maneras de mirar el mundo.

Marily Torres encuentra en el arte una forma de explorar su historia, transformar sus experiencias y descubrir nuevas maneras de mirar el mundo.

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Hay una niña recargada en una ventana, mirando la noche. Marily Torres la recuerda con tal claridad que todavía puede ver el paisaje que tenía enfrente. Tenía seis o siete años y aquella manera de asomarse al mundo acabaría encontrando su lugar en una pintura, La noche en el rancho. Cuando le pregunto qué puede recuperar al pintarla que ya no encuentra al volver a esa casa, responde: «¡Híjole, la inocencia!».

Me quedo un momento en esa respuesta. Marily habla de aquel recuerdo con dulzura, sin el pesar de quien quisiera recuperar su vida anterior. La niña sigue cerca. Aparece cuando trabaja con las manos, cuando prueba un material, cuando algo despierta su curiosidad y necesita averiguar cómo está hecho. Nuestra conversación va entrando por ahí, por lo que ha conservado de sí misma mientras aprendía a convertirse en la mujer y la artista que es hoy.

La niña que sabía estar sola

En la biblioteca de sus padres había enciclopedias ilustradas con grabados que podía observar durante horas. Le fascinaban las líneas finísimas y la posibilidad de construir con ellas imágenes tan complejas. Quería entender cómo alguien había conseguido hacer aquello. Después estaba su habitación, el escritorio de madera, la plastilina y los dibujos. Creció en un club de golf donde casi no había otros niños, pero recuerda con gusto ese tiempo a solas.

«A veces pienso que aquella niña sigue estando bastante presente en mi estudio. Cambiaron los materiales, las dimensiones y las herramientas, pero el placer de hacer algo con mis propias manos sigue siendo exactamente el mismo».

Sus padres consideraban la pintura un pasatiempo y, aun así, le dieron clases, materiales y atención. Marily conserva la emoción de enseñarles un dibujo y recibir ese reconocimiento sencillo que para una niña puede significar tanto. En su casa se valoraban el esfuerzo y el cuidado de los detalles. Hubo espacio para lo que disfrutaba, aunque todavía faltaran años para que ella misma pudiera reconocerlo como una profesión.

Atreverse a nombrar lo propio

Estudió Administración de Negocios Gastronómicos, vinculada al negocio familiar de banquetes; después se fue a Canarias a estudiar marketing. Trabajó, emprendió, tuvo una tienda. La pintura permanecía entre sus actividades y terminaba ocupando más tiempo del que parecía corresponderle a un pasatiempo. En 2015 retomó su formación con mayor intensidad. Fernando Díaz fue decisivo: le enseñó técnica y le mostró hasta qué punto el arte podía atravesar la vida cotidiana.

En marzo de 2017 decidió dedicarse profesionalmente a él. Al hablar de ese momento recuerda a Manuel Burrola, quien reconoció algo en su trabajo cuando ella todavía dudaba. «Chamaca, ya, órale, vas», le decía. Manuel compró su obra y, años después, la ayudó a realizar un viaje a Europa importante para su desarrollo artístico. Marily guarda ese gesto entre las cosas que no se olvidan.

«Creo que no me faltaba vocación. Me faltaba comprender que aquello a lo que había dedicado tanto tiempo, esfuerzo y pensamiento ya ocupaba un lugar central en mi vida».

Escucho en esa respuesta los años que a veces necesitamos para concedernos un lugar. También la importancia de quienes alcanzan a vernos antes de que podamos hacerlo nosotros mismos. En la historia de Marily esos nombres siguen presentes; los recuerda al explicar cómo fue encontrando confianza para tomar sus propias decisiones.

Las maderas que sostienen una vida

Una de las obras que elige para hablar de sí misma es El poder de la unión, de la serie Cartas a Ignacio. Comenzó a escribir durante la gestación de su sobrino. Quería contarle del mundo al que llegaría, del amor que lo esperaba y de las personas que habría de encontrar. Mientras escribía para él, también iba comprendiendo su propia vida.

«Los vínculos no solamente se reciben, también se construyen».

En Londres, mientras preparaba una exposición, sus amigos la acompañaban de distintas maneras. Esa cercanía encontró forma en un móvil construido con maderas que se utilizan como soporte durante la construcción de una casa. Marily las pulió, las trabajó y las pintó. Cada una tiene caras distintas; juntas encuentran un equilibrio que depende de todas.

Me conmueve la elección de esas maderas. Haber mirado un material de soporte y reconocido ahí algo de quienes la habían sostenido. En la carta a su sobrino quería hablarle también de su responsabilidad hacia los demás: aprender a ser el amigo que esperaba encontrar. La obra conserva esa gratitud y el compromiso que viene con ella.

La confianza tuvo sus pruebas. Antes de presentar en Londres piezas que se apartaban de lo que habitualmente se conocía de su trabajo, lloró de nervios en casa de su amiga Alicia. Lo cuenta con la franqueza de quien recuerda cuánto le importaba dar ese paso. Con los años ha aprendido a moverse entre la figuración y la abstracción, a probar otros materiales y a escuchar su criterio, incluso cuando la lleva a cuestionar lo aprendido.

Nuestra colaboradora Lila Cruz (izq) y la artista Marily Torres.

La mujer que empieza a elegirse

Al conversar sobre su trabajo con Santa Cecilia, le pregunto qué ha tenido que desaprender para acercarse a la mujer que quiere ser. «¡Qué pregunta tan difícil!», responde. Habla de las expectativas ajenas, de todo lo que aprendemos sobre cómo comportarnos y del lugar que supuestamente nos corresponde ocupar.

«Y particularmente como mujeres, muchas veces aprendemos que debemos cuidar, acompañar, complacer y estar disponibles».

Hay una revisión íntima detrás de esas palabras. Preguntarse cuánto de lo que hacemos nace de una elección y cuánto de una costumbre tan antigua que ya parece nuestra naturaleza. Marily ha necesitado reconocer que puede amar a quienes la rodean sin responder siempre a lo que esperan de ella. Esa libertad también entra al estudio: le permite cambiar de opinión, abandonar una solución que funciona y aceptar que todavía hay cosas por descubrir de sí misma.

Después del impacto

La fractura de muñeca interrumpió su manera de trabajar. Para quien desde niña había encontrado tanto placer en construir, dibujar y tocar los materiales, detener las manos fue profundamente frustrante. Marily lo dice sin suavizarlo: «La fractura fue una experiencia horrible, incómoda, irritante, limitante y muy frustrante. No quiero romantizarla porque verdaderamente fue difícil».

Comenzó a trabajar con herramientas digitales, a desarrollar diseños textiles y propuestas para sombreros. Tuvo que reconocer su autoría en procesos donde sus manos ya no intervenían en cada parte de la realización. «El pensamiento artístico también es creación», comprendió. Aquello que parecía evidente desde fuera exigió de ella una reconsideración de su identidad.

De esa experiencia surgieron investigaciones relacionadas con Fracturas. Para contar lo ocurrido elige Después del impacto, una pieza que remite al instante en que algo acaba de suceder y aún no alcanzamos a comprender sus consecuencias. La exposición transita por Infierno, Convivencia y Cuerpos. Marily aclara que ese recorrido admite retrocesos, resistencias y nuevos comienzos. El cuerpo va encontrando sus posibilidades mientras la mente intenta aceptar lo que ha cambiado.

Lo que otros ojos encontrarán

En el estudio todavía hay días de dudas. Deja una pieza, vuelve a mirarla y puede entusiasmarse o querer corregirlo todo. «¡Wow, esto me encanta!» y «¡Pero qué horror!» forman parte del mismo oficio. Necesita convivir con las obras, darles tiempo, reconocer cuándo una emoción está demasiado repetida o cuándo hace falta quitar algo. Su libertad actual se ha formado con años de trabajo y con la paciencia de regresar.

Al preguntarle qué quisiera que su obra conservara de su paso por la vida, habla de su curiosidad. Le gustaría que alguien se detuviera ante una pieza, se preguntara por un material, por una luz, por la historia que podría estar ocurriendo ahí.

«Y si dentro de muchos años alguien se detiene frente a una de mis piezas y descubre algo que yo misma no había visto, ¡qué maravilla!».

Pienso de nuevo en aquella niña frente a las enciclopedias, siguiendo con los ojos una línea que otra mano había dejado. Algo de ese encuentro continúa en lo que Marily hace. Ahora serán otros quienes se acerquen, quienes encuentren en su obra un recuerdo, una inquietud o una pregunta propia. Ahí se irá tejiendo también su legado, en esa intimidad que no alcanzará a conocer y a la que, sin embargo, habrá entregado tanto de sí.

«Siempre se puede mirar de otra manera», me dice. La niña de la ventana todavía tiene mucho que ver.

Etiquetas: ArteentrevistaMarily TorresOBRAPintura

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