En política, las fotografías suelen capturar sonrisas, pero pocas veces retratan la realidad. Morena y sus aliados en Querétaro tienen hoy muchas fotografías de unidad y, al mismo tiempo, suficientes señales de discordia para preguntarse si detrás de ellas existe realmente un proyecto común rumbo a 2027.
El nombramiento de Santiago Nieto Castillo como coordinador estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional abrió formalmente una nueva etapa para la llamada Cuarta Transformación en Querétaro. La dirigencia nacional de Morena sostuvo que la decisión provino de su proceso interno y entregó la constancia a Nieto el pasado 26 de agosto. El problema es que la designación, lejos de cerrar la sucesión, abrió nuevos frentes.
Conviene hacer una precisión jurídica: Santiago Nieto no es todavía candidato a gobernador. Las precampañas para la gubernatura comenzarán hasta el 14 de enero de 2027 y las campañas el 4 de abril; la elección será el 6 de junio. Sin embargo, políticamente resulta ingenuo ignorar que la coordinación estatal constituye una plataforma privilegiada para quien eventualmente aspire a encabezar la candidatura de Morena y sus aliados.
Ahí comienza el problema. El procedimiento que condujo al nombramiento no ha conseguido despejar todas las dudas. La senadora Beatriz Robles reveló posteriormente que Santiago Nieto ocupó el primer lugar de la medición interna, seguido por Gilberto Herrera, ella misma, Astrid Ortega, Ricardo Astudillo y Luis Humberto Fernández. Incluso señaló que existieron mediciones telefónicas y en vivienda. Pero también reconoció que los resultados no fueron abiertos públicamente.
En democracia partidista, una encuesta que no se transparenta suficientemente se parece demasiado a una urna que nadie puede abrir: puede contener un resultado legítimo, pero inevitablemente alimenta la sospecha. Y Morena conoce bien esa enfermedad.
Gilberto Herrera representa uno de los polos internos con mayor estructura territorial propia. Aunque apareció junto a Nieto en el acto de designación y posteriormente ambos difundieron mensajes de unidad, la cicatriz parece lejos de cerrarse. El 21 de septiembre Herrera describió su encuentro con Nieto como una mera “cortesía política” y aseguró que no produjo acuerdo alguno. Antes, cuatro diputados locales identificados con su grupo habían faltado a una reunión convocada por Nieto para articular la agenda política y legislativa de la 4T.
Herrera ha construido su capital político desde una posición de confrontación frecuente y autonomía frente a otros liderazgos. Esa estrategia puede fortalecer una identidad propia, pero también dificulta la disciplina indispensable para transformar un movimiento heterogéneo en una coalición electoral funcional.
El otro frente es Ricardo Astudillo. El dirigente estatal del Partido Verde sostiene que todavía debe existir una medición entre él y Santiago Nieto, producto —según su versión— de acuerdos entre las dirigencias nacionales de Morena, PVEM y PT. Morena ha respondido que el procedimiento terminó y que Nieto es el coordinador. Astudillo incluso desconoció posteriormente la medición interna que lo ubicó en quinto lugar y afirmó que ésta no fue conocida por la dirigencia nacional del Verde.
La disputa dejó de ser entonces solamente entre personas: es también una controversia entre partidos sobre las reglas del juego. Astudillo mantiene abiertas ambas puertas: alianza con Morena y PT o participación independiente del Verde en 2027. Esa ambigüedad puede entenderse como instrumento de negociación política, pero introduce incertidumbre justamente cuando la 4T pretende proyectar cohesión.
Así, Santiago Nieto recibió una coordinación, pero también una caja llena de piezas que todavía no embonan. Morena enfrenta una paradoja queretana. Su principal fortaleza nacional es la marca; su principal debilidad local puede ser la multiplicación de liderazgos, grupos e intereses que disputan quién administra esa marca. No basta convocar a la unidad ni aparecer juntos frente a las cámaras. La unidad política no se decreta: se construye con reglas conocidas, resultados verificables, acuerdos cumplidos y capacidad para procesar derrotas internas.
Mientras Morena, Verde y PT discuten quién conduce el tren, el PAN observa desde el andén. No corresponde dar por definido un resultado electoral todavía lejano. Las encuestas públicas disponibles presentan metodologías y resultados diferentes y una campaña puede modificar profundamente cualquier fotografía demoscópica. Pero la fragmentación interna sí constituye un problema organizativo objetivo para cualquier coalición que pretenda competir por el gobierno estatal.
Querétaro renovará en 2027 la gubernatura, 25 diputaciones locales y los 18 ayuntamientos. La disputa apenas comienza. Santiago Nieto ganó una coordinación; ahora enfrenta una prueba más complicada: convertir adversarios internos en aliados. Porque en política las fracturas pequeñas rara vez permanecen pequeñas. Primero son una grieta en la pared; después, si nadie la repara, terminan comprometiendo toda la casa. Y hoy, en la casa queretana de la Cuarta Transformación, las fotografías muestran unidad. Las paredes cuentan otra historia.





