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La memoria secreta del vuelo

Erika Harrsch, artista multidisciplinaria

por Lila Cruz
9 septiembre, 2026
en aQROpolis, Destacados
Su regreso a las raíces, al bosque y a Querétaro representa una nueva etapa en la que el vuelo y la permanencia convergen en la búsqueda de autonomía y transformación personal.

Su regreso a las raíces, al bosque y a Querétaro representa una nueva etapa en la que el vuelo y la permanencia convergen en la búsqueda de autonomía y transformación personal.

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La mariposa monarca nace con la memoria de un camino que nunca ha recorrido. Ningún ejemplar completa por sí solo la travesía de ida y vuelta; son necesarias varias generaciones para cumplir el viaje y, sin embargo, cada una sabe hacia dónde volar. En algún lugar diminuto de su cuerpo habita un mapa anterior a su propia existencia.

Algo semejante parece haber ocurrido con Erika Harrsch. A los cinco años no soñaba con ser pintora: lo sabía. La distinción importa. Soñar pertenece al deseo; saber pertenece a una región más antigua, a esa memoria inexplicable con la que algunas personas llegan al mundo. “Siempre me fascinaba la pintura, me embelesaba. Yo quería ir a museos todo el tiempo”, recuerda. Su bisabuelo había pintado y esculpido en París; su hermano dibujaba árboles al carbón y se convirtió en su primer maestro, y su abuela regresaba de sus viajes con libros de museos. Antes de conocer el oficio, Erika reconoció su llamado. Como la monarca, llevaba dentro la dirección de un territorio que todavía no había pisado.

La búsqueda de territorio

Toda su obra puede leerse como la búsqueda de ese territorio. El cuerpo atrapado en pegamento, los genitales fundidos con mariposas, los pasaportes imposibles, las mujeres árbol y las ramas que caminan sobre tacones no son episodios aislados de una producción artística. Son las distintas pieles de una misma pregunta: ¿qué parte de nosotros ha sido heredada, ¿cuál nos fue impuesta y cuál tuvimos que arrancarle al mundo para poder llamarla propia?

Erika comenzó queriendo pintar y terminó convirtiendo su vida en la materia de una transformación incesante. Para encontrar su lenguaje tuvo que abandonar más de una vez aquello que ya sabía hacer. Dejó San Miguel cuando había construido allí una identidad como artista, galerista y promotora. Llegó a Nueva York en 2001 con una maleta y sus ahorros, sin becas ni padrinazgos. “Yo me fui con la maleta, mis ahorros y el sueño”, dice. Pero la ciudad no estaba esperando su pintura. Cuando el dinero se terminó, trabajó durante tres años montando y desmontando exposiciones en el Whitney Museum. Allí, mientras cargaba la obra de otros, comenzó a desmontar también a la artista que había sido. “Para mí fue realmente mi escuela, mi escuela más importante”, reconoce.

Fotografía, video e instalación

Nueva York le exigió aprender otros lenguajes: fotografía, video, instalación. El momento decisivo llegó a través de un sueño en el que encontraba unas trampas de ratón cubiertas de pegamento, colgadas en una galería como si fueran suyas. En lugar de desechar aquella imagen, decidió obedecerla. Se fotografió y filmó atrapando su propio cuerpo en las superficies adhesivas: el rostro, la boca, los ojos y la piel deformados por la trampa. Las imágenes eran seductoras y repulsivas, íntimas y violentas; hablaban de un cuerpo sometido a una fuerza que lo atraía mientras lo inmovilizaba. El proyecto recibió una mención honorífica en la Bienal FEMSA y abrió las puertas para que su trabajo fuera visto por curadores y museos fuera de México. “Las trampas de ratón fueron mi detonante”, afirma. Pero fueron mucho más: atraparon su cuerpo para liberar su lenguaje. “Tuve que romper conmigo misma, con mi propio paradigma”. Para romper con los paradigmas del arte, Erika tuvo primero que fracturar la forma en la que se había imaginado.

Querétaro aparece una y otra vez en su historia como una fuerza silenciosa de retorno. Una exposición en el Museo de la Ciudad llevó su obra hasta Gotemburgo; otra muestra de artistas queretanos en Houston la acercó a FotoFest y a nuevas posibilidades internacionales. La ciudad de la que alguna vez quiso escapar se convirtió, paradójicamente, en uno de los puentes hacia el mundo. “No hay oportunidad pequeña”, afirma Erika. Y quizá ésa sea una de las claves de su trayectoria: haber comprendido que el destino rara vez se presenta con solemnidad. Algunas veces llega en una conversación, en una obra enrollada debajo del brazo, en una cita conseguida después de meses de insistencia o en alguien que decide mirar aquello que los demás pasaron de largo. Querétaro no fue sólo un lugar de origen o de regreso; fue una presencia que continuó llamándola incluso mientras ella aprendía a vivir lejos.

Aparecieron las mariposas

Después aparecieron las mariposas. Durante casi veinte años, Erika encontró en ellas un lenguaje para interrogar el género, la sexualidad, la nacionalidad, la migración, el poder económico y la construcción de la identidad. No se quedó en la fragilidad evidente de sus alas. Buscó al especialista que había estado al frente de la colección de lepidópteros del Museo Americano de Historia Natural y descubrió que los científicos separan y estudian los genitales de las mariposas para reconocer su especie y reconstruir su evolución. Allí encontró el núcleo de una obra que la acompañaría durante casi dos décadas: si la identidad de un insecto podía descifrarse en la intimidad de su cuerpo, ¿en qué lugar se cifra la identidad de una mujer?

Fotografió genitales de mujeres migrantes y los injertó en el centro de las mariposas. La imagen era hermosa, pero su belleza incomodaba. En ella convivían deseo, clasificación, anatomía, migración y poder. Cada cuerpo pertenecía a una mujer nacida en un país distinto, pero todas habitaban Nueva York: una ciudad hecha de identidades que tuvieron que abandonar un territorio para inventarse en otro. “La identidad siempre es algo muy importante en mis proyectos, es el núcleo de la identidad”, explica. Erika no colocó alas sobre el cuerpo femenino; convirtió al cuerpo en el lugar mismo del desplazamiento.

La mariposa monarca, capaz de atravesar territorios sin reconocer las fronteras humanas, también le permitió imaginar otra geografía. Erika creó un pasaporte de los Estados Unidos de Norteamérica, una nación posible integrada por México, Estados Unidos y Canadá bajo el signo migratorio de la monarca. Mientras los seres humanos levantan muros, la mariposa cruza los tres países obedeciendo una ley anterior a nuestras fronteras. No pide permiso, no presenta documentos, no reconoce las divisiones con las que intentamos ordenar la tierra. Su vuelo expone lo artificial de nuestros límites y recuerda que la vida siempre existió antes que los mapas.

Sin embargo, hasta la mariposa tuvo que detenerse. La tensión migratoria entre México y Estados Unidos se volvió para ella demasiado densa, angustiante y desgastante. “Decidí terminar. No quiero volver a hacer nada sobre migración”, confiesa. Después de dos décadas de desplazamiento regresó a la pintura. “Yo siempre he pintado, nunca he dejado de pintar”, dice. Para Erika, la pintura es la nave nodriza, el recinto al que puede volver cuando los demás lenguajes se agotan. No es una técnica entre otras ni un refugio para esconderse: es el lugar donde todas sus formas pueden guardar silencio y escuchar nuevamente aquello que está por nacer. “La pintura siempre es como regresar a un recinto, a una nave nodriza. Siempre regresas”.

El mundo entero pareció suspenderse

Después llegó la pandemia y el mundo entero pareció suspenderse. Erika pasó varios meses en Querétaro acompañando a sus padres y, posteriormente, ella y quien hoy es su esposo encontraron cuatro hectáreas y media de bosque en el Hudson Valley. Ahí la naturaleza dejó de ser paisaje para convertirse en presencia y responsabilidad. Había que trabajar la tierra, retirar nieve, cultivar, cuidar el territorio, observar los incendios y convivir con venados, osos, zorros y coyotes. Durante casi dos años su producción artística disminuyó, pero mientras la obra visible parecía detenerse, otra transformación ocurría bajo la superficie. No todo silencio es ausencia. La semilla también parece inmóvil mientras rompe su propia forma bajo la tierra.

La mujer que había hecho de la mariposa su lenguaje comenzó a parecerse al árbol que la esperaba desde la infancia. “Ya no era la mariposa que volaba e iba para todos lados porque, de repente, ya tengo raíces”, cuenta. El bosque desaceleró su cuerpo, expandió su mirada y le enseñó esa sabiduría silenciosa de los árboles: existen momentos en los que nada parece suceder porque todo está sucediendo por dentro. “Me vuelvo un poco una mujer del bosque, una mujer árbol”. La frase no es sólo una metáfora. Es el relato de una mutación interior: la artista que durante años había necesitado desplazarse para encontrarse comenzó a descubrir otra forma de libertad en la permanencia.

De esa inmersión surgió El Bosque de las Mujeres Probables: cuerpos femeninos que se prolongan en ramas, criaturas que han echado raíces sin renunciar a los tacones, seres en los que ya no es posible distinguir dónde termina la mujer y dónde comienza el bosque. No son mujeres convertidas en árboles. Son una especie todavía imposible que anuncia otra manera de habitar el mundo.

La mariposa y el árbol parecen contrarios: una pertenece al aire y al movimiento; el otro, a la tierra y a la permanencia. Pero ambos guardan memoria. La monarca lleva la ruta dentro del cuerpo; el árbol conserva el tiempo dentro de sus anillos. Entre uno y otro se extiende la vida de Erika Harrsch: primero tuvo que volar para encontrarse y después aprender a permanecer sin quedar atrapada.

El bosque, sin embargo, ya se anunciaba desde antes. En 2017, con una beca del PECDA y el acompañamiento de Gabriel Hörner —a quien Erika reconoce como un pilar del arte contemporáneo en Querétaro— recogió ramas de jacarandas, aguacates, tabachines y fresnos retirados de los camellones para crear El sueño del gran árbol y los objetos improbables. Al contemplar su trayectoria completa comprendió que los símbolos nunca habían aparecido por casualidad. “Cuando uno ve la obra en retrospectiva, se da cuenta de que siempre han estado ahí, toda la vida”. La mariposa no desapareció cuando llegó el árbol; encontró un lugar donde descansar. Las raíces no cancelaron el vuelo: le dieron una tierra a la cual regresar.

Autonomía del vuelo, la exposición presentada en el Centro Cultural Instituto Allende y construida junto con el curador Michel Blancsubé, reunió veinte años de pintura, escultura y fotografía. Volver a San Miguel de Allende significó regresar al lugar donde había sido estudiante, artista y galerista; donde una joven comenzó a imaginar la vida que deseaba. Rodeada de maestros, colegas, amigos, familiares y coleccionistas, Erika pudo contemplar no sólo su obra, sino la trama secreta que unía todas sus transformaciones.

Allí estaban el cuerpo atrapado, la mujer migrante, la mariposa, el árbol, la frontera y el regreso. No eran fragmentos aislados, sino distintas formas de una misma búsqueda. “Era como reencontrarnos con esa joven que inventaba, que quería y que soñaba; que se reinventó y que lo logró”. La exposición fue también un cierre: la posibilidad de mirar a la muchacha que había decidido ser artista y decirle, sin grandilocuencia, que aquella vida sí ocurrió. “Fue muy emotivo comprobar que es una carrera sólida, con mucha dedicación, mucha coherencia, mucho trabajo y muchísimos años”.

El vuelo; una raíz íntima

El vuelo tiene para Erika una raíz íntima. Su padre fue piloto, aventurero y uno de los grandes impulsores de su libertad. “Él me impulsó a que me fuera a Nueva York, él me impulsó a que fuera pintora”. De él proviene quizá la obsesión por las mariposas y por todo aquello que puede elevarse sobre la tierra. Pero la autonomía no consiste solamente en irse. Es elegir el rumbo sin permitir que el miedo, el mercado, una institución o una identidad ya construida decidan por nosotros. También es saber regresar sin sentir que se ha fracasado y reconocer la tierra a la que se pertenece sin convertirla en una jaula.

Querétaro fue para Erika límite, impulso, herida y casa. “Hubo épocas en que quería salir huyendo de Querétaro. Pero Querétaro siempre me vuelve a llamar y no sólo eso: siempre me vuelve a dar una oportunidad”. Por eso, cuando piensa en el destino de su obra, piensa en esta ciudad. “Sí me interesa dejar mi legado en Querétaro”. Tal vez sólo pertenecemos verdaderamente a los lugares con los que hemos tenido que reconciliarnos.

Hoy Erika no habla desde la comodidad de quien considera concluida su obra. Reconoce que existen miedos nuevos y que las estructuras levantadas para sostener una vida también pueden convertirse, con el tiempo, en otra forma de prisión. “Tendría que independizarme de las propias estructuras personales que he creado y del miedo a los riesgos que yo tomaba antes”. Ésa puede ser la libertad más difícil: no liberarnos de los otros, sino de la identidad que un día nos salvó y que ya no alcanza para contener aquello en lo que estamos convirtiéndonos.

Erika Harrsch no ha creado una obra acerca de la metamorfosis. Su obra es la metamorfosis. Cada símbolo ha aparecido cuando la forma anterior ya no podía contenerla. La trampa le enseñó a romper consigo misma; la mariposa, a atravesar fronteras; el bosque, a escuchar; el árbol, a permanecer. “He sido una artista que ha roto barreras, fronteras y paradigmas; que ha corrido muchos riesgos”, dice al pensar en la huella que desea dejar.

La niña que contemplaba absorta los libros de museos no se equivocó: llegó a ser pintora, pero también mariposa, cuerpo, trampa, pasaporte, bosque y raíz. Porque una vida dedicada al arte quizá consista en eso: permitir que cada forma muera cuando ha cumplido su propósito, sin perder jamás la esencia que la hizo nacer.

Erika Harrsch ha vivido convirtiéndose. Y acaso ésa sea la autonomía más profunda: no volar para escapar de la tierra, sino atravesar el mundo, reconocerse en cada transformación y conservar, aun después de haber echado raíces, el valor de volver a levantar el vuelo.

Etiquetas: ArteartistaentrevistaErika Harrsch

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