El productor de Contraataque y La captura, Francisco González Compeán, habla de la memoria de su padre, del tiempo que exige una historia y de su apuesta por devolver dignidad a policías y militares en la pantalla. Al preguntarle qué quisiera salvar del olvido, responde: “Una buena intención”.
“Yo estoy en el tercer acto”
Fran acaba de decir que el último acto suele ser el más emocionante de una película. Le he preguntado en qué escena se encuentra si su vida fuera una de ellas. Su respuesta me hace volver sobre lo que hemos conversado: el niño que llenó un auditorio, el padre que escribía, los nueve años de espera detrás de una historia. Todo cabe ahora dentro de esa frase.
Francisco González Compeán habla de la audiencia y del precio de equivocarse con la misma franqueza. Conserva el humor, la palabra coloquial, el gusto por contar.
Quiero acercarme al hombre que ha vivido detrás de esas decisiones. Qué recibió, qué tuvo que aprender a creer de sí mismo, qué espera dejar en quienes miran sus películas. La conversación nos lleva hacia una preocupación que hoy lo mueve: a quién hemos dado el rostro del héroe y qué historias dejamos fuera cuando repetimos siempre el mismo retrato de México.
La memoria tiene dos sentidos
En la primaria escribió una obra de teatro con un amigo. El título jugaba irreverentemente con los cuarenta ladrones y el IVA. Les permitieron montarla y llenaron tres veces el auditorio escolar.
“Siempre me gustó eso”.
También recuerda haber visto once veces La guerra de las galaxias. Sabía los diálogos de memoria y filmaba con un vecino pequeñas películas en Super 8. Pero dedicarse al cine parecía una posibilidad remota. Quería ser empresario; no quería sufrir económicamente. Trabajó en mercadotecnia y llegó a Nueva York para estudiar un MBA. Terminó estudiando cine en The New School.
En su familia nadie se dedicaba a algo semejante. Sin embargo, al mirar hacia atrás reconoce cuánto recibió de su padre: profesor universitario, hombre de la política, escritor de cuentos y ensayos, cultivador de palíndromos. Recuerda La muerte de Adelita, una obra que describe como un prodigio narrativo.
El niño lo veía escribir. Tardaría años en reconocer cuánto había recibido de aquella cercanía.
“Ya a la distancia veo que sí veía yo a mi papá escribir y publicar sus cosas”.
Los palíndromos permiten leer en ambos sentidos. Mientras Fran recuerda, pienso en esa posibilidad de regresar: volver a una escena de la infancia y comprender algo que entonces pasaba inadvertido. El padre escribía. El hijo miraba. Ahora, tantos años después, puede reconocer el hilo que los une.
Nueva York amplió su mirada. La formación práctica le permitió filmar, producir y resolver. A su regreso volvió a la publicidad: todavía no veía cómo conseguir los recursos para hacer cine.
La oportunidad llegó durante una cena. Un empresario cercano a su hermano le preguntó por qué no filmaba. Fran habló del dinero que hacía falta. Su interlocutor ofreció ayudarlo y le propuso dirigir Altavista Films.
“Si no hubiera ocurrido esa cena, no hubiera pasado”.
En su memoria, aquella cena conserva el lugar de un comienzo. Había estudiado cine, pero alguien tuvo que preguntarle por qué no lo estaba haciendo. La pregunta abrió una puerta que él todavía veía cerrada.
El tiempo de una historia
Fran sostuvo durante años proyectos como Cindy la Regia. La captura necesitó nueve años desde los hechos que la inspiraron hasta su llegada al público. Producir exige guardar una historia cuando todavía nadie puede verla. Al hablar de la espera, encuentra una comparación doméstica, entrañable: las películas y las series son como los hijos. Una vez que llegan, uno se abre a la vida que traen consigo, con todo lo que habrá que atravesar para verlas crecer.
“Yo no cuento historias nada más porque se me antoja contarlas. Yo cuento historias que creo que van a conectar con mucha gente”.
Se reconoce como un productor creativo: interviene en el contenido y consigue recursos. Acepta que el director ocupe el lugar más visible. Le interesa que la película exista.
“Si yo te dijera cuál es mi superpoder, es el instinto de ver qué conecta con la audiencia”.
Enseguida admite sus límites. Tiene películas que no funcionaron, guiones y directores que hoy no elegiría. Cada error deja consecuencias.
“Son regadas muy caras. Si tú haces fracasar una película, alguien está perdiendo millones de dólares”.
Todas las películas lo han formado, también las que casi nadie vio. El oficio exige responder por la confianza de los demás.
Escuchar al país
Al recordar la transformación del cine mexicano de la que formó parte, se detiene en el lenguaje. Menciona Sexo, pudor y lágrimas, con la que aclara no haber tenido relación profesional: los personajes empezaban a hablar como la gente, como los amigos que uno podía encontrar al salir del cine.
El espectador escuchaba su propia vida dentro de la sala.
Le pregunto qué ha aprendido del público al transitar entre la comedia, el drama y la acción.
“El público mexicano lo que quiere es entretenimiento”.
En ese entretenimiento cabe una película difícil como Amores perros, capaz de provocar y de incomodar, o una comedia como Todo el poder. Para él, la disposición del público depende de la honestidad del relato.
“Está dispuesto a que le cuentes una historia mientras sea honesta”.
Cada espectador lleva consigo una vida que los otros desconocen. Fran elige sus proyectos buscando ese encuentro. Ha dicho varias veces «conectar». Empiezo a escuchar en esa palabra la razón por la que insiste durante años.
Cambiar el rostro del héroe
Con Contraataque aparece una intención que atraviesa también La captura: dar protagonismo y dignidad a policías y militares, mostrar su valor, su capacidad y su humanidad. Fran quiere contar historias donde cumplir con el deber tenga un lugar en nuestra imaginación.
Recuerda la idea que compartió con el director Chava Cartas:
Hacer una película de acción donde ganaran los buenos.
Según su lectura, una parte del cine mexicano había repetido la representación del policía o el militar como corrupto, incompetente o ambas cosas. Propusieron otra posibilidad. Algunos colegas la consideraron ingenua; ellos insistieron. Había que financiar una producción más costosa que una comedia y responder por el riesgo de abrir camino a otros proyectos.
Fran considera que la recepción de Contraataque abrió espacio para nuevas películas de acción. Su satisfacción tiene también un nombre más íntimo: legado. Él mismo lo utiliza al hablar de este cambio de mirada.
Le preocupa que el narcotraficante reúna el poder, el atractivo y el protagonismo, hasta convertirse en alguien a quien imitar.
“Si tú eres un niño y ves eso, ¿qué aspiras?”.
Su apuesta busca poner en alto a quienes protegen, mostrar que un uniforme puede llevar dentro a alguien íntegro, capaz de arriesgarse por otros. En esa decisión reconoce una parte del legado del que se siente satisfecho: haber contribuido a que esos personajes encontraran espacio en la pantalla.
“Cuando tú empiezas a ver que hay héroes en las películas, entonces hay un cambio narrativo que sí genera cambio en la sociedad”.
Escucho esa pregunta por el niño que mira. Fran también fue uno: aprendió diálogos de memoria, volvió once veces al cine, tomó una cámara para acercarse al mundo que lo había fascinado. Conoce la fuerza de una imagen que se queda viviendo dentro de alguien.
La integridad bajo presión
La captura comenzó con una crónica de Héctor de Mauleón. Fran lo buscó por Twitter, le propuso desayunar y hacer una película. Nueve años después, aquella lectura había encontrado su forma cinematográfica.
Le interesaban los agentes dentro de una historia cuyo nombre más conocido era el del detenido. Alfonso Herrera y Noé Hernández le ofrecían un encuentro dramático particular: la presencia de una estrella y un actor al que el público asociaba frecuentemente con personajes amenazantes. Elegir a Hernández permitía trabajar con esa expectativa y llevarla hacia otro lugar.
Entonces planteo una pregunta de mi editor: ¿qué ocurre si la historia real fue menos ejemplar que su representación? ¿Qué sabe de aquellos policías?
“Yo no conozco a los policías”.
Explica que, según la información que recibió, hubo una convicción de cumplir con su deber. Ante una versión que cuestionaba sus motivos, responde con una reserva que conviene conservar:
“Hasta donde sé, no es cierto”.
Habla desde la información que recibió. Su reserva acompaña la lectura que propone la película.
Después recuerda ceremonias de reconocimiento a policías caídos. Habla de las viudas y de los niños que habían perdido a su padre. Le duele el entumecimiento frente a la violencia: nuestra capacidad de seguir adelante después de recibir una noticia terrible.
“Ya están las viudas ahí, y los niños huérfanos que mataron al papá. Y eso es muy fuerte”.
En su recuerdo hay familias. Al escucharlo pienso en lo que sigue después de la ceremonia: regresar a casa, sentarse a la mesa, aprender a vivir con un lugar vacío. La película puede terminar. Para ellos, la ausencia continúa.
Fran ha hablado con policías, marinos y militares que aseguran tener muchas historias para contar. Convertirlas en películas resulta difícil: faltan registros, documentación y una cultura que permita conservarlas.
Le pregunto si la integridad es quizá la forma más difícil del heroísmo contemporáneo.
“En México sí, ¿no?”.
Quedan esas pocas palabras y el peso de la pregunta. Cumplir con el deber puede comprometer la propia vida. Fran quiere que también esa decisión tenga un rostro, una historia y alguien dispuesto a mirarla.
Lo que todavía quiere contar
Tiene conceptos propios y proyectos de series. Entre ellos menciona una gran producción sobre Porfirio Díaz y sus conversaciones con el historiador Carlos Tello Díaz. Quiere explorar al personaje desde una mirada distinta de la imagen simplificada que, considera, hemos recibido. Habla de él con admiración: estadista, trabajador, patriota. Esa interpretación impulsa el proyecto que busca desarrollar.
Frente a las plataformas, ve interés en historias mexicanas auténticas y potentes. Sobre la inteligencia artificial distingue su utilidad para la producción de sus posibilidades creativas, que cuestiona en el momento de nuestra charla.
“Para la creación es una pésima herramienta. Hasta ahorita”.
Con ese “hasta ahorita” deja abierta la posibilidad del cambio.
Para hablar del alcance internacional del cine mexicano menciona Amores perros, Contraataque y La captura, películas que encontraron públicos lejanos conservando su identidad.
“No tuvieron que conceder nada para triunfar en el mundo”.
Una historia lleva consigo la tierra donde nació. Sus acentos y sus heridas pueden llegar hasta alguien que nunca ha pisado ese lugar.
La intención que permanece
¿Qué quisiera que comprendiera sobre México alguien que viera sus películas dentro de cincuenta años?
“Las películas conectan cuando son un espejo de quien las está viendo”.
Imagina que ese espectador reconozca cómo estaban las cosas, cuáles eran las opciones de quienes vivían aquí. La pantalla conservaría algo de nuestros días. Alguien que todavía no ha nacido podría escucharnos cuando nosotros ya no pudiéramos responder.
Le pregunto qué le diría al joven que fue, aquel que apenas empezaba a buscar su camino.
“A mí me tomó mucho tiempo creer que podía vivir de esto. Mucho tiempo y mucho trabajo”.
El hombre que ha sostenido proyectos durante casi una década recuerda cuánto tardó en concederse esa confianza. Quisiera decirle al joven que sí podrá vivir del cine.
“Sí, sí se puede.
No le quitaría lo demás. Volvería a recorrer el camino.
“Con fracasos y desencuentros y triunfos y cosas buenas, todo ha ido formando esto”.
Entonces le pregunto qué parte de Francisco quisiera dejar a salvo del olvido. La pregunta ya no se dirige al productor. Él pide que se la repita. La escucha de nuevo. Tarda en responder.
“Yo creo que siempre he tenido como una buena intención”.
Explica que no ha estado entregado por completo al dinero ni queriendo imponer un discurso. Busca sus palabras, las aproxima a lo que quiere decir. Regresa a esa intención.
Me detengo en su “yo creo”, en ese “como” que conserva la respuesta. Fran no está dictando una inscripción para la posteridad. Está tratando de reconocerse frente a una pregunta que le devuelve su propia vida.
Su padre escribía palabras que podían recorrerse en ambos sentidos. El hijo vuelve ahora sobre sus años y encuentra motivos para vivirlos otra vez. Entre los dos queda aquella escena sencilla: un niño mirando a su padre escribir, sin saber todavía cuánto de ese gesto iba a llevar consigo.
Pienso que algún día alguien verá sus películas sin haberlo conocido. Encontrará un México, unas voces, unos hombres enfrentados a sus decisiones. Quisiera que estas páginas le permitieran escuchar también a Fran cuando habla del tiempo que le tomó creer en sí mismo. Y cuando, después de buscar qué salvar del olvido, entrega apenas esas palabras: una buena intención.
Así quisiera guardarlo. En su tercer acto, con historias todavía por hacer y la disposición de volver a vivir lo que lo trajo hasta aquí. Del otro lado de sus películas estaremos nosotros, llevando nuestras propias vidas. Él habrá dejado algo de la suya para encontrarnos.




