La Habana, perdida en el tiempo

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MARIO CARRANZA

LA HABANA, Cuba.- Han pasado más de dos años desde que Cuba y Estados Unidos iniciaron el proceso de normalización de sus relaciones diplomáticas tras más de 50 años de tensión -y poco más de tres meses de la muerte de Fidel-, sin embargo, poco ha cambiado.

La Habana sigue siendo esa pequeña ciudad caribeña que se rehúsa a abrazar la modernidad. Sigue siendo ese museo sobre ruedas plagado de autos de la década de los 50. Todavía es un viaje en el tiempo.

No pasan muchos minutos después de la salida del Aeropuerto Internacional José Martí, para observar los primeros mensajes propagandísticos de Cuba: “Socialismo o muerte”, “#Cubaesnuestra” (así con hashtag), “Fidel entre nosotros”, “La independencia es condición de esencia de la vida” y “Un pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos”, destacan en un camino lleno de vegetación, niños jugando béisbol y más de algún Ford 1950 conservado de manera inigualable.

Es marzo en La Habana, época de un supuesto invierno a más de 25 grados, mucho sol y apenas unas nubes que dan sombra. El malecón es poco transitado, todavía no es temporada alta. Hay aún menos gente en el paladar Doña Juana, en el corazón del barrio de Vedado. Una sencilla terraza, de apariencia cabañera, fue el escenario de la primera comida cubana: Unos camarones grillé (grillé, no grill), arroz con frijoles, plátanos fritos y un mojito de beber.

La comida, que fue muy buena, no fue lo mejor ni lo más interesante del lugar, ese título se lo llevó el mesero, quien siempre que podía se acercaba a platicar, como casi cualquier cubano. La pequeña charla, antes de irnos, la remató así: “El socialismo, en teoría, es muy bonito, pero cuando todo es de todos, y nada es de nadie, a nadie le importa nada… ahorita ya es un poco diferente, al menos ya hay restaurantes privados”. El día ya no daba para más.

Con una nueva mañana, y tomando todo el malecón en taxi, tocó el turno de La Habana Vieja, la zona más antigua de la capital de la isla en donde convergen diversos estilos arquitectónicos de épocas distintas: españoles, franceses y estadounidenses. Hay mucho que caminar y mucho que ver.

Rumbo al Capitolio Nacional, uno de los destinos obligados, hay que pasar por la Plaza Vieja, construida en 1559, y originalmente llamada, de manera irónica, “Plaza Nueva”. Sin mucha gente, destaca un pequeño grupo de niños jugando futbol, un par de ellos con playeras de Cristiano Ronaldo y Messi, los de siempre. El espacio abierto, con muy pocas sombras, es adornado con las clásicas fachadas con arcos en color pastel.

Un paso obligado -después de mediodía- es El Floridita, el bar favorito de Ernest Hemingway, quien aún se encuentra ahí, al menos en forma de estatua, junto a una fotografía de él y Fidel Castro. Y como el escritor estadounidense lo dijo: “Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita”. La bebida es acompañada por unas mariquitas (platanitos fritos, para nosotros) cortesía de la casa y una muy alegre banda, que con su música te incita a pedir otra bebida.

A una cuadra de El Floridita se encuentra el Parque Central, que alberga el Monumento a José Martí -pensador, poeta y héroe cubano-, detrás de él se sitúa el Hotel Inglaterra y a un lado el imponente Gran Teatro de La Habana.

Entre la plaza flanqueada por tanta historia, y una de las avenidas más importantes de la ciudad, se encuentra un fotógrafo con una cámara heredada de su abuelo, la cual data de la década de los 50, con la que a los pocos minutos te entrega la imagen junto a su negativo; un pequeño laboratorio en realidad. A la instantánea se le puede agregar la leyenda “Habana” con “Photoshop”, como él dice en tono de broma mientras le coloca una pequeña estampa.

A unos cuantos metros, siguiendo el Paseo de Martí, se encuentra el emblemático Capitolio de La Habana, uno de los centros turísticos más visitados de la isla, y que desde 2010 se encuentra bajo restauración. Al observarlo, resulta casi imposible no acordarse del Capitolio estadounidense, en Washington, sus cúpulas son casi idénticas. ¿Qué habría pensado Fidel de ello?

Frente al inmueble, La Habana Vieja en todo su esplendor: Tres edificios -cuyos usos resulta casi intrascendente- adornan una espléndida vista. Unos tipiquísimos arcos en rosa, azul y amarillo, todos en tonos pastel, sobre una avenida transitada por un par de clásicos obligan a más de una fotografía.

En la zona hay más, claro, en cada esquina y callejuela se descubre algo nuevo. Sus colores, muy posiblemente, no se encuentren en ninguna otra parte del mundo. Sus automóviles -como ya lo he dicho antes-, tampoco. El cariño que le demuestran a Martí, El Che y Fidel, mucho menos. Hay que caminar, y mucho. El consejo: antes de abordar un taxi, preguntar cuánto cuesta, o lo pagarás muy caro.

Para otro día, un destino obligado es la Plaza de la Revolución, pero antes tocaba visitar a Lennon, en su parque, que sin ser uno de los principales puntos turísticos de La Habana, vale la pena ir. El exbeatle se encuentra en una banca sentado, listo para la foto, y a sus pies la frase: “Dices que soy un soñador, pero no soy el único”.

A unos 4 kilómetros del exbleatle se encuentra un colosal José Martí que vigila la emblemática Plaza de la Revolución, que ahora luce semivacía, obvio. Tan solo hace un par de meses, en específico el 29 de noviembre, acogió a cientos de miles de cubanos y a varias decenas de líderes mundiales en un emotivo homenaje póstumo para Castro, antes de que sus cenizas partieran a la Ciudad de Santiago, donde ahora descansa y es visitado por isleños y turistas.

Sobre los escalones del monumento, la calma es adornada por una gran bandera cubana que hondea elegantemente, y es adornada, a lo lejos, por la imágenes de El Che Guevara y Camilo Cienfuegos con las frases “Hasta la victoria siempre” y “Vas bien Fidel”, de manera respectiva. Vale bien la pena sentarse y tomar unos minutos antes de emprender el camino al que es, sin duda, el mejor paladar de Cuba: “La Guarida”.

Un hermoso palacete de principios del siglo XX ofrece un ambiente único en la capital cubana. La rutina diaria de vecinos, manteles secándose al sol y un edificio en restauración se conjugan con un restaurante de lujo en una mezcla perfecta. En la entrada está el que siempre aparece, una pintura de Fidel acompañada por un fragmento de su discurso “Por eso decimos ¡patria o muerte!”.

Basta subir sus escaleras para enamorarte del lugar, un balcón inigualable te ofrece una vista perfecta de La Habana al desnudo, el lugar es perfecto; eso sí, hay que reservar, y con días de antelación.

El paladar tomó gran popularidad, además de por su excelente comida, por ser escenario de “Fresa y Chocolate”, el primer filme cubano en ser nominado al Oscar en la categoría Mejor Película Extranjera. Recientemente también se rodaron algunas escenas para la serie “The OA”, de Netflix, en donde apareció Paz Vega y Jason Isaacs. Del menú hay que pedir la langosta con arroz cremoso y de postre el pastel de chocolate. Sin palabras.

Un viaje a La Habana no está concluso sin un habano, los Cohiba son los populares entre los turistas, aunque para probar uno verdaderamente artesanal, toca ir a Viñales, municipio que se encuentra a poco más de dos horas de la capital en autobús.

Caminos llenos de vegetación y las primeras plantas de tabaco avisan que el destino se aproxima. Desde el camión se pueden apreciar pequeñas chozas de productores locales, en donde las hojas son fermentadas, secadas y se lleva a cabo la producción de los habanos.

Iván, de familia con tradición en los habanos, se encuentra dentro de una de las casas. Bromea diciendo que es jefe de “Puros Iván”, para después reconocer que tiene que venderle -de forma obligatoria- al Gobierno el 90 por ciento de toda su producción, el 10 por ciento es para él.

Después de hacer una demostración de cómo forjar un habano, lo ofrece para probar. Ese 10 por ciento es especial, su receta familiar incluye una fermentación extra (las marcas comerciales solamente utilizan una), en la cual utiliza cítricos y hasta ron, no puede haber un puro más cubano que aquél. El viaje llegaba a su fin.

Cuba es, indudablemente, un país que se debe visitar. La Habana parece perdida en los años, pero algún día se le encontrará, Obama pareció dar la primera mirada.

Algo es seguro, en la isla el tiempo avanza más despacio.

 

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