Hay años en los que el fútbol decide cambiar de música.
No es rebelión, no es justicia poética, es simplemente esa vieja costumbre del balón, cada vez menos frecuente, de recordarnos que no le pertenece a nadie. Ni al mármol del Santiago Bernabéu, ni al eco nostálgico del Camp Nou, ni a las avenidas que se creen dueñas del mundo, como La Castellana o Las Ramblas.
Este año, el fútbol se permitió una travesura: dejó fuera a los dos gigantes que suelen dictar el relato emocional. Y lejos de sentirse extraño, se siente bien. Porque en su lugar aparecen cuatro formas distintas de entender el juego. Cuatro maneras de latir.
Está el inglés. El Arsenal, que suena a la guitarra elegante de North London Forever de Louis Dunford, a esa melodía que no necesita gritar para quedarse. En el norte de Londres, con una pinta en mano, lo cantan como quien jura lealtad, no a la vida, sino al barrio y al que brinda contigo a lado:
North London forever
Whatever the weather
These streets are our own
And my heart will leave you never…
Es nostalgia, lluvia, pertenencia. Un equipo que no siempre gana, pero siempre seduce.
Luego aparece el madrileño más castizo que nadie. El Atlético de Madrid no juega: resiste y se regocija en el barro. Un madrileño de voz de madrugada, de barra gastada, de canción de Joaquín Sabina que se canta con cicatrices. Y en su memoria colectiva siempre hay un eco:
Para entender lo que pasa
Hay que haber llorado dentro
Del Calderón, que es mi casa…
Qué manera de aguantar,
qué manera de crecer…
El Atleti no pide permiso. Se sienta, aprieta los dientes y convierte el sufrimiento en identidad. El fútbol, cuando pasa por ahí, se ensucia, y es verdad, a veces no me gusta, pero se vuelve más real.






