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Julian Barnes: premios, loros y despedidas

Desde la terraza

por Ariel González
16 junio, 2026
en Editoriales
¡Mi reino por un bolillo!
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VISTAS

En el contexto del reciente Premio Princesa de Asturias concedido al escritor inglés Julian Barnes, una usuaria de X (que, convengamos, no dejamos de llamar Twitter), preguntaba cuál libro le recomendaban para iniciarse en la lectura de la obra de este autor. Guillermo Sheridan, sin titubear, le recomendó de inmediato “El loro de Flaubert”. Secundé su propuesta, convencido de que se trata de una de las obras más originales, no sólo de su autor, sino de las letras inglesas contemporáneas.

Nos acercamos a su lectura a mediados de los años ochenta, cuando esta obra cobró, merecidamente, un éxito enorme en todas parte.  Hay en ella juego, rigor, mucho humor y ensayismo biográfico salpicado por una genial ficción que tantos procuran, pero que sólo unos cuantos consiguen ejecutar con gracia y talento.

Miren que fijarse en el loro disecado que Flaubert pidió prestado a un museo  para ponerlo en su mesa de trabajo mientras escribía “Un simple corazón”, no se le ocurre a cualquiera. Y él mismo se encarga de recordarnos que en el relato de Flaubert hay un loro –Loulou–  que desempeña un papel nada decorativo, pues habiendo sido objeto de un gran cariño por parte de la protagonista, una pobre y solitaria sirvienta llamada Félicité, es disecado cuando muere para que ella siga rindiéndole una devoción prácticamente religiosa.

Por cierto, ahora que acaba de morir el extraordinario pintor David Hockney vale la pena esta cita que Barnes extrajo de su autobiografía para la obra que comentamos:

“«El relato me afectó de verdad, y me pareció que era un tema en el que podía meterme para utilizarlo en serio.» En 1974 Mr. Hockney hizo un par de grabados: una versión burlesca de la visión que Félicité tenía del Extranjero (un mico que se larga sigilosamente con una mujer colgada en su hombro), y una tranquila escena en la que Félicité duerme al lado de Loulou. Es posible que, con el tiempo, haga algunos grabados más”.

Toda la obra de Julian Barnes está repleta de curiosidades y reflexiones que parecen anécdotas. En el comienzo de su libro “Nada que temer”, plantea algo que muchos ateos podemos compartir: “No creo en Dios, pero le echo de menos. Es lo que digo cuando se aborda el asunto. Pregunté a mi hermano, que ha enseñado filosofía en Oxford, Ginebra y la Sorbona, qué le parecía esta declaración, sin revelarle que era mía. Contestó con una sola palabra: «Sensiblera»”.

En “Despedidas”, su último libro –el último literalmente, según ha declarado, porque con 80 años “¿conoces a alguien que haya escrito un buen libro a esa edad?”–  confirma lo que comenté antes:  “como novelista, naturalmente prefiero la anécdota a la teoría”.

Lo “anecdótico” es una trampa, lo sabemos, puesto que las anécdotas de Barnes siempre tienen esa densidad no sólo matafórica incluso filosófica que nos hace saber siempre lo que es la gran literatura. En otros escritores las anécdotas son lo que son, simplemente anécdotas, algo divertido, extravagante o sorprendente de algún modo, aunque casi siempre en el marco de la cotidianidad. Y cada vez me sorprende más la aridez de tantos relatos que necesitan reunir decenas, a veces cientos de páginas para llegar a algo relativamente valioso, a veces incluso sin anécdotas.

“Despedidas” es un libro sobre la memoria, los misteriosos vaivenes neurólogicos  de esta; la forma en que regresan o se van nuestros recuerdos de la infancia, el amor o la amistad. Pero es también una lograda meditación sobre la enfermedad, la vejez y la muerte.

El narrador del libro tiene un cáncer hematológico. Julian Barnes también.  Le fue diagnosticado hace unos años. “Incurable pero tratable… como la vida”; así lo ha encarado, con enorme entereza.

No podía faltar en esta obra el recuerdo de Martin Amis, su gran amigo con el que luego se distanció. Ya para morir, cuenta Barnes en su libro, “en lo que fue claramente un email de despedida, me escribió: «Mi salud es precaria, como sabes, pero la moral no va tan mal». Aplaudo su valor, y al mismo tiempo recuerdo que una vez me dijo que la vida era «poca cosa» comparada con la literatura. Yo disentí –y disiento–, pero tal vez haga lo de morir un poco más fácil”. Puede ser.

@ArielGonzlez

FB: Ariel González Jiménez

Etiquetas: FlaubertJulian BarnesPremio Princesa de Asturias

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