Juan Antonio Isla Estrada

LABERYNTOS

Un olvidado del 2 de octubre

Hace algunos años, con motivo de un aniversario de la noche triste de Tlaltelolco, recordaba el caso de uno de sus protagonistas que vivió días de gloria  con motivo de su fama intempestiva,  momentánea y trágica. Me permito retomar esa historia antes de que, ante el incontenible alud de recordatorios por el cincuentenario de aquel episodio aciago, se nos vuelva a olvidar ese momento, el del personaje más simbólico, quizá el más infausto.

Una fotografía, tomada por una cámara de la que se desconoce su autor, ocupó la portada de la revista Proceso en su edición 1310 del 9 de diciembre de 2001. Mostraba a un estudiante con los brazos atados por atrás, como cortados por la chamarra negra que se había quedado en sus codos. Se le veía golpeado, con el labio inferior roto, con la camisa ensangrentada y la ropa mojada por el sudor, por las lágrimas de impotencia y humillación.

Luego de treinta tres años en los que Florencio López Osuna había estado en el olvido, de manera inesperada saltó a la fama. Muy pocas horas disfrutó la celebridad. El líder estudiantil fue el primer y único orador en el mitin del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Había sido elegido como uno de los tres representantes de la Escuela Superior de Economía ante el Consejo Nacional de Huelga,  en cuyas asambleas se caracterizó por sus juicios serenos, sus argumentos críticos, expresados con claridad y lenguaje preciso.

Su efímera notoriedad se debió a un material gráfico que documentaba la existencia y actuación del denominado ‘Batallón Olimpia’ durante la noche en que el mandatario trompudo y paranoico ordenó que, si era preciso, dispararan sobre la multitud para frenar el avance comunista y evitar problemas que pudieran impedir la realización de los Juegos Olímpicos en la capital del país.

La publicación de este material inédito se debió a una entrega misteriosa y anónima a la corresponsal en Madrid de la revista, Sanjuana Martínez. A sus manos llegó un paquete de 30 fotografías inéditas que, luego de la primicia del semanario, recorrieron el mundo.

Entre ellas aparecía la dramática imagen de Florencio, quien fue conducido junto con cientos de estudiantes al Campo Militar Número Uno. Los detalles de la existencia del ‘Batallón Olimpia’, que ejecutó el operativo de detención y tortura, se esfumaron tras la muerte de un general que en aquel entonces comandó a los militares vestidos de civil (armados y con un guante blanco como identificación) que tenían la orden de capturar a los dirigentes estudiantiles durante el mitin de la tarde del 2 de octubre.

La masacre no estaba contemplada, pero de ella se pudo salvar López Osuna. No así de la prisión, ni de las torturas, ni de los interrogatorios con amenazas y vejaciones.  Estuvo en calidad de preso político en la cárcel de Lecumberri durante dos años y tres meses. Luego, trató de olvidar la pesadilla.

A raíz de la portada que lo llevó a la fama repentina se le localizó y hasta se publicó un testimonio suyo en el número 1311 de Proceso y fue nota importante en otros diarios. Tenía 53 años y se desempeñaba como subdirector de la Vocacional 5 en La Ciudadela. Sus dos semanas de gloria resultaron fatales. Compañeros suyos y reporteros (todos conmovidos por la imagen terrible del joven semidesnudo, torturado y maniatado) lo buscaron para convivir con él y hacerle entrevistas.

Algo pasó apenas unos días después de la publicación que sería como un símbolo de lo que fue la noche más oscura del siglo XX mexicano: Florencio López Osuna fue encontrado sin vida en el cuarto 309 del hotel Museo de la colonia Santa María la Ribera, cerca de lo que fue la estación Buenavista. Se dijo que su muerte se había debido a un paro cardiaco. Luego la autopsia reveló una congestión alcohólica, pero su familia no quedó satisfecha y pidió a la PGR investigara lo que consideran fue un “asesinato”.

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