José Ángel “El Cuervo”

COLUMNA INVITADA

SÉPTIMO ANIVERSARIO… ¡QUÉ NOSTALGIA!

¿Cuántas cosas pasan en siete años…? De hecho tal vez sea mejor preguntar:¿Cuántas cosas han pasado en estos siete años…? Sucesos de todos los colores y todos los matices han cubierto el camino una y otra vez a lo largo de todo este tiempo… Quizá lo único que no ha cambiado es el deseo ferviente de continuar en la defensa de la cultura… Pero, al recapitular… Es imposible, cuando menos en lo que a mí se refiere, el evitar un sentimiento de nostalgia por muchos camaradas, por muchos sentires y pensares que se fueron convirtiendo en parte del paisaje y la memoria… Es inevitable una dulzona melancolía que se enreda en la garganta y hace que nos quedemos en una actitud de contemplación de ese trayecto que nos dejara tantas cosas bellas, alegres, tristes, tiernas, apasionadas, etc. Pero que sobre todo, nos llevan a reflexionar en esta (insisto) dulzona melancolía que nos atrapa el corazón y nos hace reflexionar para realimentar el aprendizaje y la estrategia por seguir.

Melancolía… Una palabra que puede ser utilizada en muchos sentidos… El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, nos dice que Melancolía, en su primera acepción, significa “Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada… Pero hay una tercera acepción que el mencionado diccionario nos muestra: “Bilis negra o atrabilis”… Ya el célebre Hipócrates, considerado el “padre de la medicina”, allá por el año 350 a. C., describía a la melancolía o atrabilis o bilis negra, como uno de los humores vitales corporales… Muchos grandes filósofos posteriores a ere afamado médico de la Antigua Grecia, retomaron esos conceptos y en la edad media, el término melancolía o atrabilis, cobró nueva fuerza para llevarse así a las diferentes manifestaciones en la creatividad teniendo una relevancia especial en la pintura. La representación pictórica de la melancolía, pareció ser el “laid motiv” que impulsaba a todos los artistas de la época y trascendió en el tiempo hasta llegar a los años casi nuestros en los que se produjeron en nuestro país obras maravillosas en manos de pintores mexicanos.

Como siempre, la visita al MUNAL, es una experiencia deliciosa… El poder compartir el arte siempre es una incomparable emoción, pero en esta ocasión fue un compartir ese sentimiento tan profundo, tan impactante, tan enraizado al alma y la memoria… La melancolía… Así, al entrar, nuevamente el subir la escalera ya es una evocación… ¿quiénes y cuántas veces habrán subido por estas mismas desgastadas escaleras para fines muy distintos de los que ahora se buscan en este bellísimo Museo Nacional de las Artes…? Al ir subiendo, miro su rostro, es una mujer muy bella, sí, pero lo más bello es esa sed de aprendizaje en torno al arte que manifiesta abiertamente… Camina con una (valga el eufemismo) prisa calmada, para llegar a la exposición que muchos de los visitantes buscamos: MELANCOLÍA. Vuelvo la vista a diestra y siniestra y veo muchos jóvenes, no tan jóvenes, adultos mayores, ancianos… Una heterogeneidad cronológica que me hace sonreír y construir mil historias en torno a cada uno de ellos… Por fin, la entrada a la sala… La museografía se antoja muy bien lograda… El enfoque que se le da a Melancolía en un principio, por parte de los museógrafos, es en torno a la significación de bilis negra o atrabilis… Tal vez porque remontarnos a la Edad Media ya es “per se”, un impacto emocional lleno de magia, de fantasmas muy acordes a esa época… Incluso las palabras utilizadas en el cartel de presentación, necesariamente nos llevan de la mano a aquellas obscuridades del obscurantismo medieval…

“Un sol negro gobierna sobre el duelo, la pérdida de lo amado, la desesperanza y la locura, pasiones asociadas durante siglos a las causas de la melancolía…”

La curaduría intenta agrupar la exposición en tres temáticas relativos a esa emoción, a esa locura, esa desesperanza. Así, encontramos obras dentro de “El Llanto de las Madres” o bien dentro de “Las Pérdidas del Corazón” y la tercera temática se centra justamente en la “Desesperanza”. De este modo, nos encontramos con una obra por demás impactante del Maestro Manuel Ocaranza: “La Cuna vacía”. El solo hecho de pararse frente a esta obra, ya nos hace sentir ese vacío, ese hueco que se forma justo en medio del pecho ante la ausencia de los hijos cuando, por la razón que fuere, dejan la cuna… La cuna no es necesariamente una representación física realista de esa emoción, de ese llanto de las madres… Es quizá, una metáfora en torno a toda la complicada emoción e intentos de razonamiento que llevan a las madres a un estado melancólico inevitable cuando el vuelo de los hijos, que formaron parte de su ser física y emocionalmente durante el embarazo, se emprende para no regresar jamás…

Cuando menos jamás de la forma en que estuvieron… Ni qué decir de lo que respecta a la posibilidad de la muerte de un infante y el dolor terrible que debe quedar enraizado al corazón materno que llorará eternamente esa ausencia, esa cuna vacía…

El recorrido de la exposición, nos va llevando así cabalgando la emoción que da título a la misma en obras que pueden o no ser verdaderamente calificadas de excelsas en cuando a la academia se refieren, pero que necesariamente nos producen un impacto melancólico al observarlas. Así vamos viajando de obra en obra pasando de un retablo de aquella gran dinastía de los Echave, que en su libro “La Pintura en México” menciona el Dr. Bernardo Couto en sus diálogos con Pellegrin Clavé, a pinturas con un manejo mayormente realista en escenas cotidianas que si bien nunca se desprenden de la intención religiosa, muestran unas escenas de mayor cotidianeidad. En este sentido, una pintura en particular motiva esa sensación de melancolía: “Pagando la Manda” de la autoría de Alberto Garduño. Un pintor extraordinario que si bien no ha tenido el reconocimiento que merece, dejó profunda huella. Condiscípulo de Diego Rivera y Saturnino Herrán, muestra en su obra y en particular en la que menciono arriba, toda esa emoción que siempre ha caracterizado al pueblo mexicano que tanto en pintura, música, literatura y cualquier manifestación creativa, siempre tiene presente toda la iconografía de su raíz, de su cultura dolorosa, melancólica… Y al pensar en la palabra melancolía, no puedo evitar considerar que por mucho que ha sido estudiada por grandes científicos de la conducta como el Dr. Freud. No terminan de ponerse de acuerdo… Por ello, a título personal, prefiero referirme a la Melancolía no como un padecimiento que nos hace sufrir y al cual queremos evitar, no… Prefiero hablar de la melancolía como un estado de dulce evocación de todo aquello que aunque ausente, nos hace sonreír en el amor que extraña con un dolor sordo y azul, pero que agradece todo lo bello que gracias a ese mismo amor, fue disfrutado… Que nos dejó sentires tan profundos que necesariamente nos llevan a la creatividad y sobre todo a la creatividad en el trabajo del arte. Alguien dijo alguna vez que la melancolía es necesariamente añoranza… Y la añoranza generalmente es por algo muy amado que o se perdió o se quedó en otro tiempo… y es que añorar lo que se amó profundamente, es añorar en parte lo que se pierde de ella y lo que ella se lleva de mí mismo…

Continúa el periplo por ese bellísimo edificio del MUNAL que ya per sé, siempre motiva una melancolía deliciosa… y viajando de una emoción a otra dentro de la misma temática, llego a una obra maravillosa de uno de mis más admirados pintores en la escuela mexicana de pintura: Felix Parra. Nacido en 1845 en Morelia Michoacán, siempre tuvo un gran afán de aprendizaje, lo que le llevó a ser alumno de La Academia de San Carlos donde fue alumno de Pellegrín Clavé, Salomé Piña y Santiago Rebull y posteriormente convertirse en Maestro y director de la célebre Academia donde dio clase a Diego Rivera entre otros grandes pintores mexicanos. La obra de Felix Parra, siempre es impactante, siempre… Y sobre todo, siempre cargada de esa sensación de melancolía. Su magistral pintura Fray Bartolomé de las Casas, motiva al máximo…

Pero para esta exposición, no pudo haber mejor elección que su obra “Solos”… Al estar frente a esta obra, la melancolía brota irremediablemente… El paisaje puede ser en cualquier lugar del mundo, en cualquier país… Eso es lo menos importante dado que la escena y lo que proyecta es necesariamente universal. Estar de pie frente a ese bellísimo óleo, hace construir escenas mil en las que como espectadores participamos tan intensamente que nos convertimos en protagonistas de las mismas. Solos… Madre e hijo… Hermana y hermano… Tía y sobrino… No importa… El caso es que la emoción que se despierta ante ese paisaje que quizá seminevado envuelve la soledad de ambos, es precisamente lo que la exposición maravillosa del MUNAl presenta: Melancolía… Y al remontarme a lo largo de estos siete años en los que he tenido el honor de colaborar con mi palabra escrita para este maravilloso periódico cultural que ha luchado contra viento y marea por su supervivencia, no me queda más que agradecer que se me haya invitado a formar parte de este sueño hecho realidad. Felicidades a todos los que colaboran para continuar esta labor en pro de la cultura… Y gracias, muchas gracias por permitirme seguir soñando en esta sutil, dulce y deliciosa melancolía.

Alberto Ángel El Cuervo… México-Tenochtitlan. Agradecido y honrado de pertenecer.

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