Un texto es clásico porque su narrativa es eterna y universal, sus hechos narran, trascienden el tiempo y quienes conocen su contenido después de siglos y hasta milenios, logran entrar en contacto con personajes y eventos que tienen algo que decir, que enseñar, y de los que aprendemos los diferentes significados que tiene la vida, el amor, el tiempo y un poco de la muerte, su inclusión, porque en ella entramos todos los seres humanos.
Homero, primera figura de nuestra particular Historia cuya identidad sigue siendo un enigma y misterio su probable autoría del primer poema que dio forma a Occidente, en esta historia que llegó a nosotros, compuesta de trozos orales que se cantaron a los dioses, que revelaron la humanización de los habitantes del Olimpo y a los hombres, aquellos que tendieron puentes entre las pasiones y la guerra, la peor de todas. Esa es la historia de Ilión: la rivalidad y la envidia entre las diosas Atenea y la más bella: Venus. Helena sería la tercera en discordia.
La guerra, cualquiera de ellas en la Historia, ha puesto de manifiesto las peores cualidades del ser humano, aflora en este tiempo una densa oscuridad de plomo cuya viscosidad resulta imposible borrar. Así fue para los troyanos como para los aqueos que buscaron volver y naufragaron en aquel mar que les era territorio común, fragmentado por las rivalidades que se aderezaban en el Olimpo entre aquellas divinidades más humanizadas que las mascotas de hoy: se amaban o se odiaban, practicaban la venganza, las revanchas y hasta el rapto de mujeres era común en los deseos de los dioses. Así, la envidia dio inicio a una guerra, el rapto de una mujer y el honor del macho alfa, mas, como en el juego: nadie gana: todos pierden en una guerra.
Eurípides da cuenta de ello, del dolor de las mujeres troyanas reunidas en medio de la destrucción de la impenetrable Troya, alrededor de las pérdidas de la anciana reina Hécuba, madre de Paris y Héctor, las cuales, para entonces son botín de guerra y repartidas entre los griegos. Hay tanto que reflexionar sobre esta guerra, como siempre, entre vencedores y derrotados, me pregunto en mi interior, ¿qué lleva a los hombres a la guerra si siempre es dolorosa, si siempre se pierde, siempre ha sido lo más terrible inventado por el hombre?
En su tráfago, en subir y bajar de sus naves y atracar en puertos desconocidos, no es Odiseo el único protagonista de la épica sino el tiempo, ese tiempo que ha tenido en vilo a las civilizaciones contendientes, durante diez años a las afueras de las murallas de Troya, y a él, como sujeto, se suma el tiempo que los veteranos de la guerra han perdido en su retorno a Ítaca, tiempo de pruebas, y confrontación con monstruos expuestos en la fantasía de Polifemo y Circe quienes tienen el poder de transformar la verdadera naturaleza de los hombres como revela ésta, en el corral de los puercos; luego, un tiempo de purificación al lado de Circe y un tiempo de catarsis en una balsa de tres palos en la que su rostro es lavado por el mar; un tiempo en el que Poseidón, el desafiado, violento y abandonado dios toma desquite sobre un marido y padre lejos de la inquebrantable fidelidad de Penélope y la noble fragilidad de Telémaco.
Christopher Nolan (Londres, 1970) un artista del llamado cine de autor, ha tomado el enorme texto del poema de Homero, lo expone ante nuestra mirada como él lo entiende e interpreta, con todo el derecho de quien observa una obra de arte y la transforma en su interior con toda libertad; como lo hicieron los grandes pintores y escultores de todas las épocas; como lo hicieran, Rubens, Bellini, Buonarrotti, con los profetas y sibilas bíblicos, y el propio Atenodoro de la escuela de Rodas quien nos dejó el testimonio en piedra, del castigo de Laocoonte, sacerdote de Poseidón en lucha contra las serpientes que Apolo, había enviado para dar muerte a sus hijos como la premonición de la caída de Ilión-Troya; su lectura del poema homérico es además de una interpretación de artista, un poema que generaciones atrás como la mía, conocimos por nuestros profesores de literatura, cuando mi inolvidable maestro Ruiz Castellanos nos invitaba a leer en voz alta los textos y pasajes relevantes de los clásicos, la Ilíada y la Odisea o Antígona de Sófocles, en su antigua celda del Patio Barroco que la UAQ había recién recuperado del vecino convento. Su impronta ha sobrevivido más de cincuenta años y aunque siempre imaginamos una versión de esa maravillosa crónica de la guerra de Troya y de la vuelta de Odiseo a Ítaca, Nolan no sólo ha echado mano de todos los recursos técnicos que enriquecen el cine contemporáneo sino, ha elaborado una narración en la que su Odisea se encuentra muy alejada de los rostros icónicos de Troya y Alexander, nos regala escenas en exteriores que recuerdan Dogma 5 y una emocionalidad interior del protagonista con la que juega siempre como en Batman, El Caballero de la noche y en Oppenheimer.
Al desglose de esto último, estamos hablando de la dolorosa intimidad de la despedida de su esposa, a su mirada en su tránsito por la destrucción estruendosa de Troya, un tormento más insoportable que descender al Hades le persigue a la pérdida de sus compañeros de viaje y su contención en los últimos momentos de los pretendientes de su esposa; siete años al lado de Calipso le dan la oportunidad de recomponer su psiquis después de sus pérdidas, culpas y naufragio.
Tiempo, tiempo, el gran protagónico, como en la literatura y la poesía de Borges, el tiempo, gran enemigo, siempre en contra, un tigre que araña y ruge junto a nuestro cuerpo; como hombre de nuestro tiempo y de todos los tiempos, Odiseo lucha contra el tiempo que sus decisiones han perdido y han tenido y como a todos, a todos pesa la sabiduría del tiempo; como a muchos de nosotros, sólo Argos le reconoce después de tanto tiempo en espera. Sólo entonces había alguien que entendía la ley de Zeus: no hagas a otro lo que no quieras que te hagan. He ahí la sabiduría que hoy como entonces, destruye la guerra.






