Hace tres siglos, Daniel Defoe pensó en el Diablo –o el Diablo en él, vaya uno a saber– para reflexionar, satírica y también teológicamente, como exige el tema, en torno de su desprestigiada reputación. Para ello escribió “La historia política del Diablo” (The Political History of the Devil), publicada en 1726, un ensayo dónde revisa al oscuro personaje más allá de la leyenda religiosa (que lo sitúa ante todo como un ambicioso y pervertido ángel caído) con el objetivo de situarlo en una realidad más cercana a los asuntos humanos, tal y como lo es el quehacer político.
La idea era sacarlo propiamente del averno y traerlo donde, nos consta, no ha dejado de actuar desde que el mundo es mundo, es decir, la historia de la humanidad. Y eso porque si hay una actividad humana donde la maldad (aunque también la estupidez, siendo más rigurosos) aparece nítidamente, es en la política.
Defoe lo supo ver desde pleno siglo XVIII, justamente porque el Diablo ya tenía un extenso recorrido que se podía documentar fácilmente. Bastaba, por ejemplo, reparar en las ideas que dieron forma a la Santa Inquisición, para saber que el mismísimo Belcebú se había infiltrado ya en las más altas esferas de la iglesia católica. Y ni que decir tiene que ya un sin número de atrocidades del hombre contra el hombre, como el esclavismo, ya llevaban su inconfundible sello.
Siendo el autor de “Robinson Crusoe” un ferviente cristiano, que no católico sino presbiteriano, sabía apelar al humor –negro, lógicamente– para dejar mal paradas todas las supercherías, pero también todos los tratamientos literarios del tenebroso Satanás. Así fue como la emprendió contra John Milton y su obra “El paraíso perdido”, porque según él es inexacto.
La conclusión de Defoe, bastante certera, es que en eso de cometer crímenes los seres humanos son mucho más ingeniosos y obviamente despiadados que el propio Señor de las Tinieblas; tanto, que este es frecuentemente inculpado de muchas barbaridades y acciones siniestras que sólo el hombre ha sido capaz de concebir y ejecutar.
Son tan ciertas las tesis de Defoe que por supuesto la Iglesia Católica no tardó en reaccionar e incluyó su libro en el selecto Index Librorum Prohibitorum, cosa que no hizo sino aumentar la curiosidad en torno de esta obra.
Luego de Dante y Milton, Defoe es uno de los grandes precursores de la presencia del Diablo en la literatura, si bien de forma muy lejana a la de aquellos inspirados poetas. Sin embargo, casi un siglo antes (1641) otro autor, el sevillano Luis Vélez de Guevara, también recurrió a la sátira para desarrollar las andanzas de “El Diablo cojuelo”, obra que burlonamente explica la cojera de este por la tremenda caída que sufrió luego de su expulsión del cielo (lo que también sirve para justificar la estructura de su obra, algo que el propio autor explica: “y como es El Diablo Cojuelo, no lo reparto en capítulos, sino en trancos”).
Esta sátira, igualmente crítica, es la historia de un estudiante, Cleofás Leandro Pérez Zambullo, quien huyendo de la justicia da con una redoma de vidrio que contiene ni más ni menos que al Príncipe de las Tinieblas, el cual le pide liberarlo. Cleofás lo hace y en retribución este le ofrece un paseo por los aires, desde donde podrán levantar los techos de las casas y contemplar todas las hipocresías, corruptelas y miserias de la gente de su época.
Así pues, el Diablo consolidó su presencia como un personaje muy interesante para diversos escritores. Casi medio siglo después de la obra de Defoe, un francés, Jacques Cazotte, escribió su novela “El Diablo enamorado” (Le Diable amoureux, 1772), donde satanás cobra forma de una chica, Biondetta, que termina locamente enamorada del joven Alvaro, quien lo ha invocado.
“La máscara es el rostro –escribió Borges–; la satánica seductora es la seducida y seguirá haciéndolo, ansiosa y plañideras, en el discurso de la fábula, tan llena de episodios idílicos” El caso, desde luego, llegó hasta el examen del psicoanálisis y otras interpretaciones igualmente arbitrarias, pero sin duda, como advirtió, Borges, menos encantadoras.
Largo y muy fructífero ha sido el camino andado por el Demonio en la gran literatura. El siglo XIX con el “Fausto” de Goethe a la cabeza lo vio apoderarse de montones de almas; y en el XX, nuevamente con gran espíritu crítico y presentándolo como justiciero y refinado, Mijaíl Bulgákov lo hizo pasearse por Moscú en “El Maestro y Margarita”. Esto sólo por mencionar dos de sus más ilustres apariciones en las letras.
Ahora mismo, alguien debe estar destapando una botella dejándolo escapar o pronunciando un conjuro en espera de que una sombra le pregunte “¿qué quieres?”
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez






