GREGORIO MORALES AVILÉS / LA GEOPOLÍTICA DEL COVID-19

ENTRE LÍNEAS

Ya es un lugar común escuchar que China ganó la Tercera Guerra Mundial en cuatro meses y sin disparar un solo tiro, a raíz del control de la epidemia del COVID -19.  No es tan simple. La expansión china ha sido un proceso muy complejo que inició con la Perestroika de Gorbachov y el declive de Yelsin, que llevó a la disolución de la Unión Soviética y la separación de Europa Oriental del protectorado de la URSS, pasó por el triunfalismo de Estados Unidos y el pretendido “Fin de la Historia” y, a partir de Deng Xiaoping, la introducción de cambios radicales en la política interna y exterior de China desde 1978.

Aunque por un breve lapso de tiempo Estados Unidos se vio como la potencia única en un mundo unipolar, en realidad, desde la llegada de Putin al poder, Rusia trató de rehacer su esfera de influencia y China empezó a construir la suya propia.

El mercado empezó a girar alrededor de China desde principios de los noventas del siglo pasado. Narra un amigo mío, Jorge Alberto Lozoya, que un amigo suyo italiano se quejaba de que los famosos zapateros del Veneto, elaboraran calzado a bajo costo para las boutiques de los lujosos centros comerciales de Shanghai y Kuala Lumpur. El cambio de rumbo de la economía mundial se estaba dando lenta pero inexorablemente, los europeos empezaron a trabajar para los asiáticos, los cánones y medidas se empezaron a fabricar sobre las medidas antropométricas y ergonométricas de los asiáticos, las maquilas chinas fueron siendo tan amplias y poderosas que China se fue convirtiendo en “la fábrica del mundo”. Empezaron a lograr una transferencia de tecnología tan amplia como no había sucedido desde la Revolución Meiji en Japón en 1868.

Los cambios en la producción y el comercio fueron aparejados con cambios en el poder militar en la zona, sobre todo en el estrecho de Malaca. La Séptima Flota estadounidense ha visto resurgir la presencia china en las numerosas islas del Mar de China y en la ruta hacia el Medio Oriente. China e India han percibido adecuadamente la importancia de la presencia militar en esta región. Igual del lado del Pacífico, la disputa por el control se da entre Rusia, China y Japón que buscan sacar o dejar a Estados Unidos de esa área de influencia. Esto nos da una idea de la enorme tensión de todos los países involucrados en la carrera por el control de amplias regiones de Asia-Pacífico y alrededor de la India, África y el Medio Oriente. Japón se está rearmando, y la competencia de India con China es un enigma aún no resuelto. La colaboración China con Rusia y el rediseño de la Ruta de la Seda abarca no sólo el Medio Oriente, sino que se extiende hacia África y América Latina.

China se enfrenta en la región no sólo a los intereses estadounidenses, de Corea del Sur y, sobre todo, de Japón, sino principalmente a los de India, país con una población semejante a la de China y una dinámica de crecimiento superior a la de este país. Tanto China como India sienten que el futuro les pertenece, pero ambos no pueden tener razón.

Esta visión “macro” de los intereses económicos y militares, tiene también un sustrato de ideas distintas acerca del derecho y del funcionamiento de la sociedad y el individuo. El mundo asiático no acepta la naturalidad de la visión jurídica sostenida por los occidentales, que fueron los creadores del Derecho Internacional y sus principios y los consideran universales, dictados por las propias potencias occidentales. Los sistemas y principios de justicia hindi, musulmanes o chinos difieren notablemente de los occidentales y son aplicados por millones de jueces todos los días. Se trata de cosmogonías diferentes, de distintas concepciones del estado y de la justicia.

La hermenéutica del sujeto, la concepción de la subjetividad, es distinta a la de Occidente. Como lo explica Jorge Alberto Lozoya, en Asia Oriental se ubica la voluntad individual en la identificación con el grupo, en el que encuentra afirmación, reconocimiento y seguridad. La dependencia del individuo respecto al colectivo, sea éste la familia, el poblado, la empresa o la nación misma, rebasa cualquier posible equiparación con la subjetividad personalista de Occidente. La diferencia es tan abismal, que muchos occidentales han llegado a dudar de la capacidad de pensar por sí mismos de los asiáticos. Esto explica en gran medida el éxito de China, Japón y Corea del Sur en el control de la pandemia del coronavirus. En Italia, España, Alemania, Estados Unidos o México es mucho más difícil que el individuo se someta a un dictado de la comunidad.

Por otro lado, Estados Unidos desde la llegada de Trump, ha puesto en práctica un aislacionismo no visto desde las reticencias a entrar a la Primera Guerra Mundial. Ahora se repliega ante una emergencia sanitaria real y sólo ve por sí mismo. La idea de un proteccionismo equivocado ha facilitado la expansión china, ahora representante del libre comercio. Europa se ha visto egoísta en esta crisis del coronavirus, las reticencias de Alemania para acceder a las solicitudes de Italia o España y otras medidas restrictivas y egoístas entre los países miembros han visto deteriorarse los supuestos teóricos de cooperación de la Unión Europea.

La crisis del COVID-19 ha dejado en evidencia a un gran número de países e instituciones de salud, económicas y de cooperación. Instituciones inoperantes, reacciones timoratas, el coronavirus muestra la necesidad de renovar o refundar un gran número de instituciones y visiones políticas, no se puede dejar la salud en las manos ocultas del mercado. El Covid-19 ha pegado definitivamente en las sedes supremas del mercado, Estados Unidos y Europa, y demuestra con claridad que es necesario cambiar de visiones globales. La crisis ha puesto a prueba instituciones, liderazgos y sistemas. Por eso China está imponiendo su cosmovisión a otras maneras de ver el mundo ya caducas e inoperantes. El mundo será definitivamente otro después del coronavirus chino.

China era el país más próspero y avanzado del mundo hasta antes del siglo XIX. La supremacía europea y estadounidense lleva apenas dos siglos, el XIX y el XX. La visión de largo plazo de una potencia milenaria como China, se impondrá, poco a poco, a la estrechez de miras de un Trump que no ve más allá de la reelección de este año, o de los europeos que se encuentran enfrascados en disputas de corto plazo que sólo ven sus propios intereses de grupo o de país. En realidad, la Tercera Guerra Mundial, si la hay, será sólo la recuperación china de su lugar en el mundo, del que siempre había sido su centro.

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