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Futbol ¿Por qué?

El Jicote

por Edmundo González Llaca
23 junio, 2026
en Editoriales
Venezuela. Repercusiones internas
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El hombre cuando contempla, contempla eso que desea ser, eso que perdió; esa carencia cuya nostalgia nunca lo abandona. Es él mismo, son sus talentos, sus posibilidades frustradas. Contemplar para olvidar, para remplazar, para recordar; para encontrarse en ese espejo ideal de lo que verdaderamente somos. Espejo, que por más que hagamos, nunca podremos romper.

¿Qué contemplamos en el futbol? ¿Por qué nos embelesa, nos emborracha, nos pierde? Cómo es posible que 50 mil millones de seres humanos se pasarán durante todo el mundial frente a la televisión ¿De qué frustraciones se compensan? La FIFA tiene inscritos 211, más que la ONU, que no llega a los 200. ¿Qué rasgos del perfil de nuestro rostro eterno y planetario tiene este espejo del futbol?

Esta es una civilización que ha condenado al cuerpo a la pasividad, la apatía, la parálisis, al apoltronamiento. Nuestro entorno está ideado para el “confort”, anglicismo ligado a la comodidad, al descanso. En honor, tal vez a nuestros antepasados, que se la pasaron huyendo y correteando la chuleta; somos una especie agotada que evita cualquier desgaste y esfuerzo físico. El mundo electrónico elimina, por ejemplo, la necesidad de empujar para abrir una puerta; lo digital nos ahorra la exigencia, un auténtico peregrinaje, de pararnos, caminar y utilizar toda la mano para prender la tele. Felicidad y holgazanería física se viven, hoy por hoy, como sinónimos

El futbol recupera la importancia y la exuberancia del cuerpo, en el movimiento, la agilidad, la energía. Alguien me podrá decir que en cualquier deporte, por el solo hecho de serlo, obliga al cuerpo a renacer en su potencialidad. Efectivamente, sin embargo, en el futbol se corre, se cabecea, se patea, se brinca, se maromea. En el futbol, como en ningún otro deporte, el espectador redescubre las infinitas posibilidades de la expresión corporal. El cuerpo como un gran acordeón se expande y se contrae; hay tensión, esfuerzo, desmayo e impulso. En el inevitable peligro físico de la lucha se genera plasticidad y un despliegue estético. En el futbol, como en ningún otro deporte, la dimensión más palpable de nuestro ser, el cuerpo, se hace etérea.

Si Spinoza (1632-1677) viviera, este subversivo filósofo holandés sería un gran aficionado al fut; pues este deporte le da la razón en sus principales teorías: Las ideas no son los únicos modos de pensar, también reflexionamos con el cuerpo. El alma cuando se imagina, ciertamente que enriquece las posibilidades de obrar del cuerpo, pero el cuerpo con sus movimientos, verifica no sólo lo que antes pensamos, sino que hace de la materia espíritu y ejecuta una melodía que va más allá de lo que prevén las neuronas.

Contemplar el futbol, y más un mundial, es no sólo ver los diferentes cuerpos y rasgos físicos de los habitantes de la tierra, sino la diversidad de sus pensamientos a través de la plasticidad de su juego: la fuerza tozuda y monótona de los europeos, el  espléndido y desordenado ataque de los africanos; los siempre sorprendentes árabes; la belleza, armónica y musical de los brasileños; la mezcla de la fuerza europea y magia latina de los argentino; la barroca y habilidosa técnica de los mexicanos. Siempre buscando el camino más largo para llegar a la portería contraria, pasesitos cortos, laterales, para atrás. Vencer al portero no se logra con audacia, sino después de cumplir con el ritual de acariciar una y otra vez el balón.

El futbol es competencia. El jugador inventa resquicios, sorprende con atajos, consciente de que todo escape a la gloria, puede terminar en el choque; la patada, después viene el dolor, el grito. Se restaura la lógica, ese cuerpo que quería volar regresa a la realidad. Deberá intentarlo otra vez. El gol, el orgasmo del futbol, se hace del rogar…

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