FERNANDO CORZANTES / DE GRITOS Y SUSURROS

ENCUENTRO CIUDADANO

El pasado domingo 15 de septiembre, el Zócalo mostro un cambio significativo en la forma y el fondo de la ceremonia del “Grito”, ese día la gente lo abarrotó en apoyo a un gobierno, sin dejar de lado el festejo. La diferencia es mucha en seis años, recordemos que en 2012 la plancha del Zócalo, después de ser vaciada a punta de tolete y granaderos, se vistió para el primer “Grito” de Enrique Peña Nieto, y ante la posibilidad de estar frente a un Zócalo vacío, el PRI-Gobierno, como en sus mejores tiempos, hizo uso indiscriminado de su maquinaria de acarreo. Se permutó el plantón de profesores en pie de lucha en el zócalo, por cientos de acarreados del Estado de México y de otras latitudes.  El alud de infomerciales, denominados noticieros, hablaban de la “recuperación” de éste espacio público.  Fue una noche maquillada de acarreo. Aun así, medio llenaron el Zócalo, exhibiendo la carencia de apoyo popular en un día en el que los ciudadanos de a pie deberían estar presentes espontáneamente.  Peña Nieto nunca levantó vuelo, ni con su glamour, ni con su opulento boato, ni el altísimo derroche, ni con tortas, transporte y 100 pesos, y que al parecer es lo que extraña el inefable Vicente Fox.

La primera ocasión en que se celebró la ceremonia del Grito fue la mañana del 16 de septiembre de 1812, en Huichapan, a cargo de Ignacio López Rayón acompañado de una descarga de artillería. El general José María Morelos ordenó en los Sentimientos de la Nación, señala el numeral 23°: “Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa Libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la Nación para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída; recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor Dn. Miguel Hidalgo y su compañero Dn. Ignacio Allende”.   La ceremonia se fue popularizando y enraizando en todo el territorio nacional. Por ello la fiesta nacional, desde los primeros años de la lucha por la independencia, se celebra el inicio y no la fecha de su consumación, como ocurre en casi todos los países.  Incluso el archiduque Maximiliano, a casi cuatro meses de haber llegado a nuestro país, se vistió de charro y visitó Dolores para dar su Grito.  Pero a muchos kilómetros al norte, se realizaba la ceremonia de Independencia más conmovedora ocurrida ese mismo año de 1864, en pleno desierto, cuando el presidente Juárez, que por entonces encabezaba la resistencia contra el imperio, hizo alto en una inhóspita región de Durango, llamada la Noria Pedriceña.  José María Iglesias, ministro de Juárez que también lo acompañaba en su peregrinar, escribió: “Los aniversarios comunes de las fiestas de la independencia tienen necesariamente algo de rutina. A semejanza de lo que ocurrió en el humilde pueblo de Dolores la madrugada del 16 de septiembre de 1810,… este 16 de septiembre último [1864] vio congregados unos cuantos patriotas, celebrando una fiesta de familia, enternecidos con el recuerdo de la heroica abnegación del padre de la independencia mexicana, y haciendo en lo íntimo de su conciencia el solemne juramento de no cejar en la presente lucha nacional, continuándola hasta vencer o sucumbir”. Juárez venció y el imperio sucumbió.  La madrugada en que los insurgentes se levantaron en armas se convirtió en un símbolo y en una fiesta que es del pueblo de México.  Hoy parece que esta celebración se ha recuperado con júbilo y gritos de apoyo, opacando al susurro de los que disfrutaron a plenitud el poder y ahora con resentimiento no logran el efecto de ser un contrapeso político.

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