Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO 

Una transformación fracturada

López Obrador señaló que su plan de gobierno tiene como antecedentes a las tres grandes transformaciones que ha registrado la historia de nuestro país: la Independencia, la Reforma y la Revolución.  Señala que “de manera pacífica buscamos, entre todos y desde abajo, llevar a cabo la cuarta transformación de la vida pública de México”.  Cualquier interesado en la historia sabría ver que en cada una de esas etapas, se integraron con gigantescas contradicciones que nos han impedido reconocer estos hechos de manera clara.  Sobre la primera los historiadores afirman que las fechas del 15 y 16 de septiembre no son más que una construcción simbólica que se reconoce como Independencia.  Pero es en 1821 cuando inicia el proceso de transición a convertirse en una nación independiente, que no conocía otro modelo político y de organización que el monárquico, ni social que no fuera el cristianismo.  El proyecto de Independencia que llevaría a México a consolidarse como nación surgió entre contradicciones y desacuerdos entre sus propios iniciadores, por lo que nunca hubo un proyecto consolidado como tal: el movimiento nació desde dentro, en las élites criollas coloniales que buscaban el reconocimiento y la igualdad con los españoles peninsulares.   Después de once años de guerra, en 1821 la Nueva España dejó de serlo y se convirtió en México, a través del Plan de Iguala que derivó en Los Tratados de Córdova, en el que se establecía como primer punto ofrecer el trono de México al rey de España: Fernando VII, con lo que se pretendía regresar al dominio español. Ante la negativa y el rechazo de otro gobernante europeo quien decidiera tomar el mando de la nación, no quedó otra posibilidad más que ser independientes. La Independencia de México nace a la intemperie porque no era ni lo buscado ni lo querido.   

Ahora, en la denominada segunda transformación, los liberales eran republicanos, pero mantenían la división en puros y moderados. Los conservadores eran republicanos o monarquistas, que a su vez eran constitucionalistas o reaccionarios. Los grupos de la Iglesia, fortalecida, aunque mantenían viejos contrastes, ahora se alineaban con el monarquismo al igual que muchos militares de alta graduación.

Los liberales, moderados y puros, deseaban la reforma, pero diferían en la forma de ponerla en práctica y el alcance de la misma.  El triunfo sobre la intervención permitió a Juárez ser conciliador con los monarquistas. El liberalismo se encontró con un ambiente intelectual nuevo, influido en parte por la introducción de la filosofía positivista, y al perder su carácter de ideología en lucha, se convirtió en un mito político unificador.  Triunfantes, los liberales se centraron en el camino al progreso: comunicaciones, colonización, educación e inversiones, es decir, el liberalismo desarrollista que prevalecería hasta el inicio de la Revolución Mexicana.   Ésta última es la tercera transformación, que es sustantivo y calificativo que ha desaparecido, por obra y gracia del neoliberalismo, de la lexicografía litúrgica de los mexicanos, donde se hallan todas las traiciones de caciques y seudo revolucionarios.  El hartazgo en que vivían los mexicanos a principios del siglo pasado no es muy diferente al expresado en este tiempo. Un mejor nivel de vida para millones de ciudadanos sigue siendo una asignatura pendiente para los gobiernos de estas últimas décadas.  La Revolución Mexicana está incumplida, ya que desde hace muchísimos años, se quedó interrumpida.

El Gobierno de la cuarta transformación de la vida nacional propone como prioridad la atención a los pobres y pueblos indígenas, y sin embargo sus primeros mensajes y agendas son para los ricos.  La contradicción esencial es que la atención a pobres e indígenas no puede lograrse si a la vez los principales asesores prometen hacer de México un paraíso de inversión privada y ofrecen ampliar las Zonas Económicas Especiales que por definición implican políticas neoliberales de despojo de territorios y bienes comunes, altas tasas de explotación, privatizaciones y elevadas exenciones fiscales a los inversionistas.  Este parece ser el núcleo de las contradicciones del proyecto lopezobradorista: no puede ofrecer poner por delante a los pobres y pueblos indígenas si a la vez ofrece continuidad de las políticas radicales de libre mercado, despojo y explotación de los anteriores gobiernos de la mafia del poder, los que ahora son sus asesores.

Apostilla: Es indispensable visibilizar y atender el caso de Aleida Quintana, quién vive un doloroso exilio por su defensa de los derechos humanos en Querétaro.

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