Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

Cambio y gatopardismo

Ante la llegada de López Obrador al poder, en las alturas de la política nadie quiere apoyar un cambio. En caso de caer, como al parecer lo han hecho ya, esas clases altas no saben agruparse en una intelligentsia. Y así, para que nada cambie, buscarán que todo siga igual, puro gatopardismo.  El término asusta a los políticos pero viven abrazados de él, es una realidad que desnuda a un sistema político caduco que se niega a morir, los políticos de todos los partidos lo reaniman porque les da dinero, poder y estatus social; la hipocresía, el cinismo, la mentira, el engaño, la corrupción y la manipulación son los instrumentos con los que lo alimentan.

¿Qué es el gatopardismo? El concepto que es manejado por las ciencias políticas tiene su origen en la trama de la novela “El gatopardo” escrita entre 1954 y 1957, por el italiano Giuseppe Tomasi de Lampedusa.  El “gatopardismo”, consiste en cambiar todo para que nada cambie.  La cita original expresa la siguiente contradicción aparente: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Desde entonces, en ciencias políticas se suele llamar “gatopardista” al político que inicia una transformación política, al parecer revolucionaria, pero que en la práctica sólo altera la parte superficial de las estructuras de poder, conservando intencionadamente el elemento esencial de estas estructuras. El gobierno sólo cambia de manos, nada más.  No es la apuesta al fracaso de André Manuel López Obrador, como señala John Ackerman, sino el reconocer que a lo largo y ancho del país, existen fuerzas que apuestan a ello.  Las resistencias son del exterior como del interior del próximo gobierno federal.  Para resaltarlo basta con señalar nombres como Napoleón Gómez Urrutia, Esteban Moctezuma, Manuel Bartlett, Luis Antonio Ramírez, Germán Martínez, Manuel Espino, Dolores Padierna, Félix Salgado Macedonio, Gabriela Cuevas, Layda Sansores, Manuel Mondragón y Kalb, Alfonso Durazo, etc., etc.  Para muchos de estos políticos les es familiar el fenómeno, y con algo tan acentuado en nuestro país, será muy difícil hacer que las cosas se corrijan.

Lo cierto es que AMLO ha despertado la ilusión en millones de mexicanos de que la situación paupérrima de pobreza, la expoliación de nuestros recursos, de la irrefrenable voracidad empresarial, puede cambiar. Sin embargo, la lucha de poderes y de intereses de varios grupos que han tenido el control del país, no es poca cosa.

Sin ser sesudos analistas, es obvio que López Obrador tiene que soltar un poco el sedal a estos poderosos grupos, para que estos oscuros personajes lo dejen gobernar. No vaya a ser que, en una de esas, las cosas cambien para que todo siga igual.  Y ahí están la temprana caravana a los generales del ejército y marina; el aval al Tren Interurbano México-Toluca; el anuncio del criticado tren maya; el nombramiento de un fiscal “carnal”; “el perdón y olvido” en los casos de corrupción política; la impunidad a Peña Nieto, etc.

El gatopardismo en México es practicado por el gobierno en todos sus niveles, por los Sindicatos, por los partidos políticos, por las asociaciones civiles, en sí, por cualquier célula de organización social, todos reproducen un patrón a seguir que les indica el camino haciendo más de lo mismo para beneficio del grupo en el poder.

Sectores muy críticos del ala izquierda tienen el ojo en los primeros pasos de López, y hablan de que “se podrá cambiar al capataz, los mayordomos y caporales, pero el finquero sigue siendo el mismo”.   Ahora, los cambios cuando son de verdad cimbran estructuras, las transforman para iniciar otro camino hacia el bienestar social.  Otro italiano, Nicolás Maquiavelo en su libro “El Príncipe”, recomienda al nuevo soberano acabar con todo de raíz hasta extinguirlo, nunca fincar lo nuevo sobre lo viejo. Si en verdad en México se quiere cambiar para el bienestar común, el gatopardismo no es el camino.

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