Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

Periodismo amenazado

diferencia de otras naciones, donde la sombra de la censura proviene mayormente del Estado, los periodistas mexicanos tienen que esquivar amenazas de origen diverso, siendo los retos que enfrenta la libertad de prensa en nuestro país.  Son muchos los actores y factores que presionan al periodismo. Habitualmente los distintos niveles de gobierno intentan acotar el periodismo usando herramientas relacionadas con el dinero. Ante la amenaza, por ejemplo, del retiro de una pauta publicitaria, muchos medios de comunicación optan por la cautela y, en muchos casos, por el silencio. Es decir, el límite de la libertad de prensa es la subsistencia, y para un gobierno es la compra de buena imagen y de lealtad.   Pero también se raya en la supervivencia: el narcotráfico ha puesto en peligro desde hace años la libertad de prensa y la vida misma de los periodistas. A través de amenazas muchas veces cumplidas, los criminales han tratado de manipular la información que se publica. Así, el periodismo mexicano vive a merced de dos fuegos: la agresión homicida del crimen organizado y la indolencia y presiones del Estado. De ahí que México ocupe el lugar 148 de 180 en el “World Press Freedom Index”.   El Índice de Libertad de Prensa en el Mundo 2018 indicó que cada vez más líderes elegidos democráticamente ya no ven a los medios de comunicación como parte del sustento esencial de la democracia.

El factor geográfico, es otro elemento para la presión e intimidación que sufren los profesionales del periodismo, ya que no es lo mismo reportear en el interior del país, que desde la Ciudad de México (u otras grandes ciudades).  En la capital, los periodistas deben lidiar con las presiones que vienen del poder, pero se libran mayormente de las que provienen del crimen organizado. En un buen número de sitios de la provincia mexicana, en cambio, los periodistas sufren cotidianamente de aquel terrible acoso doble.  En suma, no es lo mismo ser periodista en la capital que serlo fuera de ella.  Las presiones y los riesgos son distintos, lo mismo que la libertad de prensa. No es consuelo, pero es verdad: en México no hay un estado de la libertad de prensa sino muchos, y Querétaro forma uno de ellos, veamos. En 2016, de gobernador a gobernador Francisco Domínguez Servién expresó: “¡Te voy a partir la madre!”, señalando con índice amenazante al gobernador de Durango, Jorge Herrera Caldera, mostrándose fiel a su “estilo” de cómo arreglar asuntos.  Ahora su dedo flamígero amenaza con demandar a un comunicador de quién señalo “…es un comunicador chayotero, se llama Miguel Ángel Álvarez, lo digo públicamente, y poco a poco les voy a demostrar cómo él trabaja o trabajó seis años: ‘Si me pagas, hablo bien de ti’, “si no me pagas, hablo mal de ti”.    El mayordomo Domínguez Servién (como diría el subcomandante Galeano) está descompuesto e iracundo, pero esto no es nuevo. En 2010, siendo presidente municipal (o caporal, Galeano dixit), acusó de “corrupto”, “vendido” y “poco profesional” al director del Diario de Querétaro, Mario León Leyva.  Desde la llegada de Domínguez Servién a la gubernatura, el periódico Plaza de Armas ha encontrado “poderosas resistencias, boicot y agresiones (incluso la orden de cerrarlo) de quienes no toleran una prensa libre”.   El año pasado al semanario Libertad de Palabra, le fue retirada la publicidad oficial por órdenes de Domínguez Servién, días después de organizar el foro “Transparencia en publicidad oficial, el reto en Querétaro”, evento realizado en conjunto con el Instituto Nacional de Transparencia, el Centro de Investigación Fundar AC y la Universidad Autónoma de Querétaro.   

El gobierno queretano es una muestra clara de la hostilidad hacia los medios, abiertamente alentada por otros líderes políticos, que suman a los esfuerzos de los regímenes autoritarios para exportar su visión de que el periodismo es una amenaza para las democracias.

El periodismo que de verdad molesta al gobierno, es el de investigación. Para sorpresa de nadie, al gobierno queretano no le gusta que lo investiguen. Y así lo hace saber, con todas sus letras y sin ambigüedad alguna. A diferencia de otras administraciones, este gobierno tiene fama de ejercer el músculo político cuando se trata de intimidar a quien osa intentar hurgarle en las entretelas. Esto ha dado pie a una cultura periodística donde lo que impera no es tanto la censura abierta sino una autocensura que arraiga, de nuevo, en el más elemental ánimo de supervivencia. Así las cosas, al más puro estilo panista, el gobierno tiene ánimo solemne y sentencioso y mecha corta. Lo que es mala combinación.

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