Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

La cuarta transformación

En el debate presidencial, Andrés Manuel López Obrador señaló “Nuestra lucha tiene como antecedentes a las tres grandes transformaciones que ha registrado la historia de nuestro país: la Independencia, la Reforma y la Revolución convocada en 1910. Ahora de manera pacífica buscamos, entre todos y desde abajo, llevar a cabo la cuarta transformación de la vida pública de México”.  López Obrador habla de encabezar ésta transformación, así como Hidalgo lo hizo en la Independencia, Juárez en la Reforma o Madero en la Revolución. Y pensando en sus dichos, la verdad no creo que queramos a un nuevo caudillo en pleno siglo XXI, pero como sociedad sí debemos demandar y promover cambios sustanciales que permitan rescatar al Estado de la debilidad y la corrupción que lo corroe.   La Revolución convocada en 1910 por Madero, tuvo en él un desenlace dramático y López Obrador debe verse en ese espejo y saber que las democracias nuevas, recién salidas de autoritarismos prolongados, tienen el inconveniente de poner las libertades públicas al servicio de sus enemigos.  O peor de los incapaces e improvisados.

Por ello la llamada cuarta transformación tendría que ver con la nueva cultura de derechos humanos plasmada en la Constitución gracias al impulso de la sociedad civil; tiene que ver con la reforma constitucional que le dio vida al Sistema anticorrupción y a sus leyes secundarias. Tiene que ver con controlar al poder y sujetarlo a esquemas de rendición de cuentas.  La cuarta transformación debe construirse con las alianzas y colectivos de organizaciones de derechos humanos, de víctimas del crimen, de transparencia y rendición de cuentas que luchan por cambios sustanciales en puntos nodales para desmantelar la estructura de poder que se consume en privilegios para sí y agravios para el resto.  La energía ciudadana se ha presentado y se presenta ahora en los más variados ámbitos y de las más diversas formas. Las víctimas del crimen organizado se han constituido en activistas que demandan leyes, reparación del daño, que exigen una respuesta del Estado, y entre ciudadanos y organizaciones saben que no están solos. Las instituciones académicas, las organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación independientes ejercen un contrapeso (hasta ahora tímido), que ha permitido que las atrocidades cometidas en estos últimos años no queden sepultadas por verdades históricas, ni enterradas en el cajón del olvido y la impunidad.

La realidad es que con López Obrador, o sin él o a pesar de él, la lucha por la recuperación del Estado de derecho no debe tener tregua ni cuartel.

El exsecretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, señaló en la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, que este fenómeno “es una plaga insidiosa que tiene una amplia gama de efectos corrosivos sobre la sociedad: socava la democracia y el Estado de derecho, conduce a violaciones de los derechos humanos, distorsiona los mercados, erosiona la calidad de vida y permite que florezca el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas a la seguridad humana”.   Como vemos todo ello ocurre en México, la corrupción se ha enquistado en la gran mayoría de las funciones del Estado, ha dinamitado la confianza en el gobierno y ha establecido las condiciones para que la simulación y el abuso sean las pautas que rijan la política y la administración pública.  Por ello es un hecho que no podemos seguir igual.  La corrupción se ampara en la certeza de la impunidad.  Es indispensable, como primera medida, conocer los procesos técnicos, operativos, de mando y administrativos que han facilitado la corrupción en nombre de la seguridad, y aprovechar  lo poco que se haya hecho bien, para no querer reinventar todo, como ha ocurrido desde hace 18 años.  La esperanza es que López Obrador, no caiga en la improvisación para enfrentar la inseguridad en el país, ya que esto fue un repetido error con Fox, Calderón y Peña Nieto.   Y nombres como el de Manuel Mondragón y Kalb, Joel Ortega y Leonel Godoy, ponen en duda la eficacia de lo que quiera hacer el próximo gobierno en materia de seguridad.

No han sido los políticos tradicionales ni los llamados políticos modernos, sino diversos actores sociales, los que han luchado por recuperar al Estado mediante propuestas concretas que se reflejan en marcos jurídicos que intentan corregir la corrupción o negligencia tolerada con pasividad durante décadas.  Solo así vendrá la cuarta transformación.

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