Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

Memoria e historia

Hace un par de días realice con un amigo historiador un recuento memorístico de los primeros años del zapatismo civil en Querétaro (1994-2000).  Parecía tarea fácil, pero a medida de ir acercándose a los hechos, del cómo se sucedieron, sus consecuencias y el trazo o huella que se fue permeando y dejando rastro en la historia contemporánea de Querétaro, el colocarlos en su justa dimensión no fue tarea fácil, a pesar de haber sido testigo y participe activo de aquellos años.   No hay que confundir memoria con historia. La tarea del historiador es ayudar a la sociedad a reflexionar sobre sí misma, pero sin emitir juicios de valor.  No tiene razón de ser un historiador obligado a llegar a conclusiones políticamente correctas.  La relación entre la Historia y la memoria no es tan idílica como se presupone. A palabras del historiador Timothy Garton, “la memoria es traicionera, amoral y también olvidadiza”. No es de extrañar que estos términos resuenen en nuestra seguridad ideológica, sobre todo porque en la actualidad consideramos a los recuerdos como un bien preciado que debemos conservar.

Dicho lo anterior, habría que situar que el encuentro y senda de los zapatistas civiles queretanos fue a partir de un hecho político, que en conjunto lo apreciamos a partir de la política no partidista y de izquierda.  No fue una mera reunión de deseos, fue una comunión entre los hombres y mujeres que se reconocieron como seres vinculados por una tarea histórica común.   Y ahora el ir al pasado es una oportunidad de reunir, en la forma más útil el acervo de conocimientos que la historia nos está legando.  No podemos, en esta generación, formular una historia definitiva; pero sí podemos eliminar la historia convencional y mostrar a qué punto hemos llegado en el trayecto.  La exploración no parece tener límites y hay historiadores e investigadores impacientes por atender sin reserva, todo juicio histórico, no obstante ello implique a personas y puntos de vista diversos, siendo todos igualmente válidos, enfrentándose a la preocupación de que no hay verdad histórica ‘objetiva’.   El conocimiento histórico es un proceso infinito y que debido al papel activo que desempeña en él la actividad humana, el trabajo del historiador debe ser renovado constantemente.  ¿Por qué cada generación (o casi) posee su propia visión del proceso histórico?  En el siglo xx este problema fascinó a muchos teóricos de la historia que comprendían el hecho indiscutible de la variabilidad de la visión del proceso histórico.  Las diferentes opiniones expresadas al respecto pueden reducirse a dos concepciones que difieren por la explicación que se dan de este fenómeno.  Primero está la tesis de que la reinterpretación de la historia está en función de las necesidades variables del presente.  Y en segundo lugar, se señala que la reinterpretación de la historia está en función de los efectos de los acontecimientos del pasado que surgen ahora, en el presente.

El historiador J. H. Randall lo señala de forma impecable: “Los efectos de los acontecimientos pasados cambian la significación del pasado, la significación de lo que sucedió.  Los acontecimientos, que anteriormente fueron ignorados ya que no parecían constituir antecedentes fundamentales de cualquier hecho, actualmente son considerados como eminentemente significativos; y otros acontecimientos, que parecían constituir antecedentes fundamentales, caen en el olvido como simples detalles. En consecuencia el devenir histórico no puede ser comprendido plenamente por quienes son sus actores. Estos no pueden comprender la ‘significación’ o los efectos de lo que hacen, porque no pueden prevenir el porvenir.  Nosotros comprendemos este devenir sólo en el momento en que constituye una parte de nuestro propio pasado; y si sigue produciendo sus efectos”.

Y construyendo historia, no se puede exigir del historiador la imparcialidad en el sentido estricto del término. Sólo el hecho histórico que el historiador estudia puede ser imparcial. Pero el historiador, si quiere valorar este hecho, debe tomar posición.  Como señala H. Pirenne, el trabajo del historiador es a la vez una síntesis y una hipótesis: una síntesis en la medida en que el historiador tiende a reconstituir la totalidad de la imagen a partir del conocimiento de los hechos particulares; y una hipótesis en la medida en que las relaciones establecidas nunca son absolutamente evidentes ni comprobables.

Bajo estas consideraciones, la historia del zapatismo civil en Querétaro, está por escribirse.

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