Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

Cultura y ciudadanía

Como cada tres y/o seis años las campañas y sus candidatos voltean a ver al sector cultural y artístico, a fin de que éste pueda sentirse arropado con las infaltables promesas de la mejora del sector. Hace dos años en Querétaro, una parte del gremio cultural y artístico se mostró en una de sus facetas más dinámicas: la crítica al poder y la expresión de sus ideas. Esto nos lleva a reflexionar sobre la relación existente y contradictoria entre el arte y la política. Dos entes que se repelen, se subyugan, se contradicen, en una tensión y distención permanente. Como si asumieran que la cultura nace del encuentro de los contrarios. Jacques Rancière afirma que la función “comunitaria” del arte es la de “construir un espacio específico, una forma inédita de compartir el mundo común”. En consecuencia, el espacio del arte es construido y vivido colectivamente por lo visible y lo intangible que él instituye.   La Cultura procede de la comunidad y a ella debe regresar.  No puede ser privilegio de elites ni en cuanto a su producción, ni en cuanto a sus beneficios.  La democracia cultural supone la más amplia participación del individuo y la sociedad en el proceso de creación de bienes culturales, en la toma de decisiones que conciernen a la vida cultural y en la difusión y disfrute de la misma.   Y más allá de campañas electorales, el arte es político porque instituye lo visible y lo invisible dentro de su espacio común.  El artista ocupa un lugar entre los sujetos reconocidos capaces de actuar dentro del espacio del arte y la sociedad. Trabaja y participa a su configuración, ayuda en la constitución a la vez material y simbólica de un cierto espacio tiempo, estableciendo diferencias en relación a las formas ordinarias de la experiencia sensible. De ahí el carácter político de sus prácticas, a pesar de que el artista se declare a sí mismo apolítico. Porque sus realizaciones sostienen, o chocan con el orden establecido del espacio donde el artista actúa. Toda obra de arte transmite una cierta idea de lo que es o debe ser, no solamente en el arte, sino en el orden social.   Porque finalmente el arte es un transformador del tejido social.  Y las instituciones son parte de ello.

En la actual administración municipal hubo un conjunto de inconsistencias y acciones que no corresponden a ningún plan, son ocurrencias al paso. Veamos. El señalado Consejo de Cultura fue instalado a destiempo, sin la necesaria consulta y propuestas provenientes de la sociedad civil para su integración.   Desde noviembre de 2015 el exalcalde capitalino insistió en afirmar la nula operación de casas de cultura y bibliotecas existentes, siendo sólo su decir, sin ningún diagnóstico, sin conocerlas. El desenlace de su supina propuesta de venta de estos espacios fue la movilización de una buena parte de la comunidad cultural y artística. Al mismo tiempo anunció la creación de siete nuevos centros culturales con una inversión de 350 millones de pesos, sin sumarlos a la infraestructura existente, como parte de un borrón y cuenta nueva.   Más adelante la Secretaria de Desarrollo Social, anunció la creación de catorce “Museos” de arte urbano.  Y podrán seguir así, anunciando nuevos edificios y acciones, sin plan, sin pies ni cabeza.

De lo poco difundido del diagnóstico a las casas de cultura realizado por la FCPyS de la UAQ, fue la evidente falta de apoyos, las privaciones de todo tipo, el abandono y el aplastamiento con requerimientos burocráticos, que igualmente reveló el espíritu casi misionero de sus directivos.

El hecho de que se realicen, se auspicien, se apoyen o se anuncien actividades culturales no significa que exista una política cultural, puesto que no existen objetivos de conjunto, explicitados como propósitos que se pretenden alcanzar. Acciones puntuales o sectoriales por sí mismas no configuran una articulación global de un conjunto de operaciones, principios, prácticas y procedimientos que orientan esas actividades.   Es importante señalar que la instancia municipal de cultura se caracteriza por el desbarajuste organizacional, ya que no muestra una clara distribución de funciones y responsabilidades, tampoco existe suficiente coordinación y enlace de actividades, ni al interior de una misma dirección ni con otras instancias que desarrollan actividades similares.   La oposición a la locura de venta de las casas de cultura y bibliotecas públicas municipales, evidenció un despropósito, así como el desprecio no sólo por éstos espacios, sino por la cultura, el arte y la comunidad que le da vida.

Finalmente, la escala geográfica adecuada para la política cultural es la re-gión, la localidad. La democracia cultural implica un proceso ascendente que moviliza al servicio de la cultura a actores sociales ubicados en el nivel local. El visualizarlo es lo mínimo que se espera de un Plan de Cultura Municipal.

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