Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

El oficio de la falsedad y el engaño

“Es posible engañar a unos pocos todo el tiempo.

Es posible engañar a todos un tiempo.

Pero no es posible engañar a todos todo el tiempo”.

Abraham Lincoln

“La mentira es la lengua oficial del Estado, lo demás son dialectos” reza un viejo refrán español. Y tal vez esto sea verdad para la política y los políticos, ya que creen firmemente que el Estado posee una moral distinta de la del individuo.  En nuestro país hay un manejo metódico de la mentira en la vida pública. El engaño, el ocultamiento de la verdad, la tergiversación de los hechos, el monopolio de la información son estrategias deliberadas cuyo fin no es otro que mantener cegada a la población.   El ciudadano de a pié debe estar convencido de que no existe una moral distinta para el político y el resto de la ciudadanía. Pero muchos políticos creen lo contrario.

Esto viene a cuento no sólo por lo visto en el pasado debate entre candidatos presidenciales, sino por los discursos y promesas de campaña; así como de las afirmaciones y señalamientos de diputados, funcionarios, presidentes municipales, gobernadores, etc., las cuáles no llegan a verdades a medias, sino a mentiras y falsedades.

Un ejemplo es el contraste entre la realidad que vivimos diariamente los queretanos y las palabras del gobernador, quién mintió al afirmar que Querétaro es un estado de paz.  Hemos sido testigos de que Querétaro cambio para mal, ahora somos el décimo en el Índice de Paz elaborado por el Instituto Mexicano de Competitividad (en 2015 éramos el tercer lugar); primer lugar nacional en lesiones dolosas, el segundo en robo a auto, cuarto a negocio y quinto a casa, esto revelado por el Semáforo Delictivo.  Mientras se desatan las ejecuciones; son capturados huachicoleros y operadores de los cárteles.  Plaza de Armas señaló que en 2017 hubo un total de 1,413 homicidios (casi cuatro al día), 4,527 delitos con violencia, 1,532 cometidos con arma de fuego y 1,183 relacionados con la delincuencia organizada, y a pesar de esta realidad el gobierno estatal niega la presencia de éste tipo de organizaciones criminales. Acción y discurso se han separado de forma amenazadora y el escenario electoral es tierra fértil para la mentira y el engaño.

Sabemos que los políticos deben ser sagaces, perspicaces, inteligentes y perceptivos, estrategas hábiles, ingeniosos y astutos, pero no maliciosos, intrigantes, mentirosos ni canallas.  Pero la política se ha devaluado hasta el punto que se ha convertido en un mero oficio en el que la mentira, la falsificación o la demagogia se justifican para alcanzar el poder. Un poder que ya no es político, sino más bien económico y degradante.

Los políticos tienen una responsabilidad especial respecto al bien común y además disfrutan de una serie de privilegios considerables. Es comprensible que, si mienten en público y faltan a su palabra (sobre todo, después de las elecciones), luego se les eche en cara.  Ya estamos acostumbrados a que nos mientan. A lo que no nos acabamos de acostumbrar es que encima quieran que nos los creamos.

La mentira y la política suelen caminar juntas, son compañeras de viaje y no se estorban. Hay que mentir bien y conseguir que haya siempre un punto de verdad que esconda la mentira.

Se miente y se habla sin mesura, a pesar de las hemerotecas, videos y evidencias.  La política es como el periodismo. Lo que se dice hoy se puede corregir en la edición de mañana. Y si la mentira o falsedad no se puede disimular se publica una fe de erratas y aquí no ha pasado nada.  Pero lo que ocurre es que la mentira política tiene efectos devastadores, porque se miente a toda una sociedad.   Hay que poner un límite a la mentira política. Una forma es contrastarla con la realidad. Recordando que no existe más que una sola ética sin divisiones. Ni siquiera los políticos y hombres de Estado tienen derecho a una moral especial. Los Estados deben regirse por los mismos criterios éticos que los individuos, ya que los fines políticos no justifican medios inmorales.

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