Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

Hipocresía y voracidad empresarial

En México, claramente los políticos y los empresarios corrompidos y que los corrompen, están por encima de las instituciones. Particularmente el empresariado nacional de gran calado, se ha desenvuelto con gran hipocresía ante el conjunto social.  La hipocresía deviene del deseo de esconder a los demás sus motivos reales.  La hipocresía no es simplemente la inconsistencia entre aquello que se defiende y aquello que se hace; sino que también es la falsedad que se demuestra.

Así el empresariado hipócrita pretende que se vea la grandeza y bondad de lo que construye con apariencias sobre sí misma, mostrándose como ejemplo y pretendiendo o pidiendo que se actúe de la misma forma, demandando que se valore su acción, aunque sus fines estén alejados de la realidad.   El espacio de acción de los empresarios no se ha limitado al campo económico, han tenido derecho y han presionado para ser consultados por el gobierno no sólo en materia de política económica, sino social y hasta política.  Para ello crearon las cámaras y confederaciones de industriales, negocios, bancaria, comerciantes, etc.  La falta de representación política directa a través de los partidos se suplió con formas de relación informales y personalizadas a través de las cuales han expresado sus demandas y defendido sus intereses al más alto nivel.  Así los empresarios crearon sus propias instituciones, entre las que destacan la Coparmex (1929), el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (1962) y el Consejo Coordinador Empresarial (1975), con la que consistentemente han impuesto y obligado a seguir la ruta de sólo unos cuantos.  Si al principio los empresarios fueron débiles como categoría social, al grado de que el Estado debió protegerlos para que pudieran desarrollarse, con el tiempo crecieron, se diversificaron y fortalecieron tanto, que no sólo amasaron las más grandes fortunas en el ámbito mundial, sino que han secuestrado al Estado, mostrándose rebasado por un empresariado cada vez más fuerte, insolente y desvergonzado.

Sólo un ejemplo traza toda esta ruta de sucios negocios a modo: el Nuevo Aeropuerto Internacional de México.   En las manos de un puñado de poderosos empresarios mexicanos están los proyectos de construcción de la Torre de Control, el Edificio Terminal, el pavimento y las ayudas visuales de la Pista 3, la losa de cimentación, la construcción del drenaje pluvial y la construcción del acceso y las plataformas de la Pista 2, con un costo de 212 mil millones de pesos.  Las encargadas de esas labores son compañías propiedad de Carlos Slim Helú, Carlos Hank Rhon, Olegario Vázquez Aldir, Hipólito Gerard Rivero (cuñado de Carlos Salinas), Rolando Cantú Barragán (primo del constructor de la “casa blanca”), y que además construyen el encarecido Tren México-Toluca, así como de los constructores del Paso Exprés de Cuernavaca, donde dos personas murieron luego de que se abriera un socavón.

Estos empresarios acaparan, en sólo 16 contratos (unos individuales y otros en conjunto), el 77% del presupuesto que ha emanado hasta el momento para la construcción de dicha obra, de acuerdo con la información de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Diversos políticos y analistas señalan claramente que el problema no es la construcción de un nuevo aeropuerto, sino la manera arbitraria, directa y sin licitación abierta, como se entregó la mayoría de los contratos a los grupos de poder, todos beneficiarios del sexenio peñista.   Éste les regalo de manera impune los contratos, buscando un beneficio transexenal que garantice la supremacía financiera de los empresarios ligados a Peña Nieto y a su grupo, más allá del 2018.

México muestra una hiriente incompetencia a nivel de gobierno y empresas.  El futuro del país depende de la capacidad de la sociedad civil de reaccionar ante la grave crisis de corrupción e impunidad.   Por ello se les demanda “así no”. Comentarios en Facebook a Fernando Corzantes y en [email protected]

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