A Gilberto Herrera Ruiz no lo tumbó una encuesta. Lo tumbó la realidad.
Durante meses quiso vender que dominaba la conversación pública, que era el mejor posicionado y que con ruido digital podía fabricar tamaño político. Se creyó su propia propaganda. Confundió granja con estructura, bots con respaldo y replicadores con ciudadanía. Pero cuando una medición lo retrató —incluso desde un entorno cercano a la 4T, como La Jornada, el medio de Carmen Lira Saade— se le cayó el personaje.
Eso fue lo que le dolió: que hasta desde casa lo desmintieran.
Los números lo rematan. En la LXVI Legislatura, Gilberto Herrera Ruiz suma 4 iniciativas: 0 aprobadas, 1 desechada y 3 congeladas. Efectividad legislativa: 0 por ciento. En 182 votaciones, acumuló 31 ausencias. Faltó una de cada seis veces. Todo eso cobrando entre 150 y 200 mil pesos mensuales del dinero público. En palabras simples: cobra como diputado, pero no legisla.
Y cuando el dato le pegó en el ego, hizo lo de siempre: no respondió al fondo, atacó al mensajero. Jaló a su piara digital, a sus golpeadores de teclado y a sus propagandistas de oficina para incendiar la conversación. El método es viejo: cuando no hay resultados, hay berrinche.
Pero no sólo carga su desastre legislativo. También se le juntaron los frentes: el conflicto con el magisterio, el revire por el tema de CATEM y la mala lectura de querer medir fuerzas contra estructuras reales como la de Pedro Haces Barba, que hoy mueve más que cualquier ejército de cuentas falsas.
Y del otro lado, Felifer Macías hizo lo que más duele en política: no se dejó arrastrar al lodo y le puso un estate quieto. Mientras Gilberto Herrera y su piara se desgastaban en el pleito diario, el alcalde dejó que hablaran los hechos. Ahí estuvo el golpe verdadero. Felifer no necesitó gritar más; le bastó exhibir el contraste: gobierno contra grilla, operación contra berrinche, trabajo contra propaganda.
Y para rematar, lo dijo sin rodeos: Gilberto se levanta tarde y sólo para generar odio, mientras él arranca la jornada desde las cuatro de la mañana, trabajando y recorriendo la ciudad. En una sola frase quedó retratado el fondo del pleito: de un lado, el político que madruga para gobernar; del otro, el que despierta para confrontar.
Por eso Gilberto se fue quedando solo en su obsesión contra el panismo. Quiso hacer del odio su proyecto político, y terminó reducido a eso: un opositor monotemático, predecible y cada vez más desgastado.
Y Querétaro no suele premiar eso. Aquí la clase media, el empresariado y buena parte de la ciudadanía exigen trabajo, resultados y oficio. Justo lo que Gilberto Herrera Ruiz no puede presumir.
Porque cuando se rasca el discurso, aparece el vacío. Y cuando se revisa el expediente, aparece un diputado improductivo, un grillero crónico y un político sostenido más por propaganda que por resultados.
Colofón | Los buitres de Morena
Lo de estos días también dejó una postal miserable: los buitres de Morena salieron a defender lo indefendible.
En lugar de condenar un episodio ligado a criminalidad, cobro de cuotas y actividades ilegales, quisieron usarlo para fabricar la idea de que Querétaro está desbordado. No defendieron a la ciudadanía; defendieron su carroña política.
Ahí anduvieron el diputado, el director, el regidor censor y su pequeña pandilla de porros digitales, retorciendo los hechos, escondiendo respuestas, bloqueando críticas y mandando terceros a decir lo que ellos no se atreven a sostener de frente. Mucho valor en bola, muy poca cara para debatir solos, como la maña…
Lo más grave no es su oportunismo. Es su doble moral: cuando la violencia sirve a su narrativa, la explotan; cuando los hechos apuntan a entornos de ilegalidad entre los suyos o sus tolerados, la maquillan, la justifican o la administran como propaganda.
No son oposición seria. Son carroñeros del miedo. Y cada vez que abren la boca para lucrar con la violencia, retratan menos a Querétaro y más la podredumbre política que cargan encima.
Traspié:
Por cierto, Astrid Ortega volvió a quedarse con las ganas. El Tribunal Electoral en Toluca le volvió a parar en seco la intentona de amarrar a comunicadores bajo la etiqueta de violencia política de género. No le salió. Le corrigieron la plana al tribunal queretano y le recordaron, una vez más, que no todo cabe en el molde de la censura disfrazada.
Otra victoria para el comunicador y abogado, Iván Fabela, que le ha venido desmontando pieza por pieza esa narrativa de persecución envuelta en victimismo oficial. Y lo que viene puede ser todavía peor para el gilbertismo reciclado y agazapado entre el Congreso, la UAQ y Cadereyta.
A chambear.
@GildoGarzaMx






