Mucho antes de llamarse México, esta tierra ya había aprendido a cantar.
El fuego dormía dentro de los volcanes, el maíz guardaba la memoria del sol y el agua encontraba caminos secretos bajo la piedra. Los antiguos miraban el mundo sin sentirse separados de él: escuchaban una voz en el viento, un mensaje en el vuelo del colibrí, una presencia sagrada en el venado y el misterio entero de la existencia en una flor. De aquella conversación nacieron palabras para nombrar lo visible y lo invisible; palabras que pasaron de una generación a otra llevando consigo la tierra, los dioses, los muertos y la certeza de que vivir era apenas un instante entre dos eternidades. Muchas se perdieron. Otras permanecen debajo de nosotros, como los ríos ocultos que siguen corriendo aun cuando nadie pueda verlos, esperando una voz que recuerde el antiguo camino para volver a la superficie.
De ese México viene In Xóchitl In Cuícatl.
Flor y canto.
Ninguna voz puede llevar sola un canto a través de los siglos. La vida humana es demasiado breve para completar semejante travesía. Cada generación alcanza apenas a conducirlo durante un tramo: lo recibe de quienes estuvieron antes, le presta su respiración y, si el tiempo y el olvido lo permiten, lo entrega a la siguiente.
Así han llegado hasta nosotros estos cantos.
No sabemos quién los pronunció por primera vez. Desconocemos el rostro de la mujer que entonó una melodía mientras molía el maíz, contemplaba la lluvia o dormía a su hijo. Tampoco conocemos las manos que despertaron el primer huéhuetl ni al artesano que descubrió que un pequeño silbato de barro podía guardar la voz de un pájaro. Sus nombres se perdieron, pero algo de ellos continúa respirando cada vez que el canto vuelve a levantarse.
Quizá ésa sea la forma más antigua de la eternidad: pasar de una voz a otra.
Mientras escuchaba a Lidia Corbella Andrade y al doctor Víctor Adrián Velázquez Pérez, fueron apareciendo todos los que habían llegado antes que ellos: la madre de Lidia cantando en casa; su padre y su abuela paterna; el abuelo músico de Adrián, cuya obra casi se borró en Salamanca; los maestros que les enseñaron a escuchar; los investigadores que caminaron por las comunidades; los ancianos que alcanzaron a recordar y los artesanos que todavía conocen el secreto de la madera y el barro.
In Xóchitl In Cuícatl nació para reunir esas voces y ayudarlas a continuar su viaje.
En el pensamiento náhuatl, flor y canto nombraban la poesía, la música, la danza, el pensamiento y la búsqueda de la verdad. La palabra alcanzaba una profundidad capaz de rozar lo invisible. Los antiguos sabían que nuestra estancia sobre la tierra era apenas un instante. La flor abría bajo el sol llevando ya dentro de sí su propia despedida.
¿Acaso de verdad se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
El jade se quiebra. El oro se rompe. El plumaje de quetzal se desgarra.
Sólo un poco aquí.
Frente a esa certeza dejaron su flor y su canto. El cuerpo regresaría a la tierra, pero una palabra podía encontrar otro pecho donde seguir viviendo.
La primera voz que Lidia recuerda pertenece a su madre.
“Mi mamá, indiscutiblemente mi mamá. Mi mamá cantaba, era muy alegre”.
También cantaban su padre y su abuela paterna. Antes de la técnica y de los escenarios estuvo aquella casa habitada por voces. La música no llegó desde afuera: llevaba años esperándola en la memoria familiar.
A los diecisiete años quiso dedicarle la vida. Su padre pensó en Derecho, en una profesión menos incierta, aunque había sido él mismo quien le enseñó a amar la música, la danza y el arte. Abrió una puerta sin imaginar que su hija había encontrado detrás de ella el lugar al que pertenecía.
Lidia guarda en su voz la enseñanza de Francisco Picón Becerra, Marta Silva y Jesús Almanza. En 2011, después de su paso por Voces Queretanas, fundó Cappella Queretana, el ensamble que había comenzado a soñar desde los doce o trece años. Desde entonces ha llevado su música por México, Colombia y España, sostenido con ese esfuerzo que pocas veces alcanza a verse desde el público: ensayos después del trabajo, permisos, cansancio, recursos reunidos poco a poco y la delicada tarea de conservar la armonía entre seres humanos que comparten un sueño. El Centro de las Artes de Querétaro y la Secretaría de Cultura del estado han acompañado parte de este andar abriendo espacios para sus ensayos y conciertos.
La música llegó a Adrián desde un lugar que durante años permaneció oculto.
De niño se sentaba a la mesa y golpeaba cucharas contra los trastes. Buscaba ritmos sin saber de dónde venía aquella necesidad. Tiempo después supo que su abuelo paterno había sido un músico reconocido en Salamanca, Guanajuato. Quedaban pocos rastros de su obra y de su vida, pero algo había cruzado.
La música del abuelo apareció en las manos del nieto, en el sonido de una cuchara, en una curiosidad que parecía propia y llevaba dentro una memoria anterior a su nacimiento.
“Creo que por ahí viene ese linaje y ese acercamiento a la música”, dice Adrián.
Tal vez el cuerpo guarde códices que todavía no sabemos leer. Una escritura sin tinta donde permanecen ciertos gestos, inclinaciones y sueños. A veces basta que unas manos repitan un movimiento para que alguien que parecía perdido vuelva a asomarse al mundo.
Durante su formación, Adrián conoció al maestro Rafael Santillán, ya fallecido, y a su agrupación El Costumbre. Allí vio instrumentos hechos con caparazones de tortuga, madera, barro y semillas. Cuando pudo reunir los recursos comenzó a buscarlos; viajó a Mineral de Pozos, se acercó a los artesanos, tomó talleres y aprendió también a construirlos.
Cada instrumento guardaba una antigua forma de escuchar.
Para crear un silbato capaz de evocar al cenzontle, al colibrí o al jaguar, alguien tuvo primero que permanecer en silencio frente a ellos. Escuchar cómo una voz animal atravesaba el monte. El viento entraba en una flauta y salía convertido en pájaro; las manos tocaban el huéhuetl y algo parecido al corazón de la tierra comenzaba a latir.
Adrián creó Cuicacalli, la casa del canto, y junto con la maestra Connie Landín llevó esos instrumentos a las escuelas mediante conciertos didácticos. Quería que los niños descubrieran que la historia de México no vive solamente en las fechas de los libros: también habita en un tronco ahuecado, en una ocarina y en el barro modelado por las manos de un artesano.
Lidia y Adrián se conocían desde sus años de estudiantes. La vida los llevó por distintos caminos y volvió a reunirlos alrededor de la misma raíz. De la unión entre Cappella Queretana y Cuicacalli nació In Xóchitl In Cuícatl.
Lo integran Lidia Corbella Andrade, directora general; Víctor Adrián Velázquez Pérez, director artístico e investigador; Daniel Venegas Pacheco, guitarrista, cantante e intérprete de percusiones y silbatos; Connie Landín Martínez, cantante y ejecutante de flautas, flauta doble, ocarinas y silbatos; y Aura Carvajal Corbella, percusionista e hija de Lidia.
En Aura, el círculo vuelve a cerrarse: la niña que recibió el canto de su madre viajará ahora acompañada por su propia hija. Entre aquellas dos casas, la de su infancia y la que ella misma formó, la música ha cruzado una generación.
Aura llevará el ritmo que recibió de Lidia. Lidia llevará la voz de la suya. Adrián llevará la música de un abuelo cuya historia parecía perdida. Dentro de ellos viajarán también sus maestros y los maestros de sus maestros.
El repertorio reúne cantos en purépecha, maya, náhuatl, mixteco, zapoteco y yaqui. Cada lengua trae consigo la tierra donde nació: sus montes, sus animales, sus ceremonias y su manera de comprender el cielo.
En Xiquiyehua in Xóchitl vive un amor que no se cierra sobre dos personas, sino que se extiende hacia cuanto existe. Xochipitzáhuatl ha acompañado bodas, celebraciones dedicadas a la Virgen y ceremonias de muertos; conoce la alegría de quienes llegan y la ausencia de quienes regresaron a la tierra. El Feo, canto zapoteco, entra con su ritmo en el cuerpo y devuelve a la música su antigua alegría de danza. Huey Tonantzin se eleva hacia la gran madre: la mujer, la tierra, la matriz donde germinan el maíz, los hombres y sus dioses.
Saita Ma Saita, ligado a la danza del venado, conserva su música mientras parte de su significado se ha alejado. Apenas queda la intuición de una voz que llama al venadito, lo aproxima o acompaña sus movimientos. Sus palabras permanecen frente a nosotros como un recinto antiguo cuya entrada fue cubierta por los siglos.
Aun así, el canto sigue hablando.
Uno de los cantos mayas permanece suspendido entre dos memorias. Para algunos fue un arrullo; para otros, un canto de guerra. Habla del sol y llama a los niños. En su melodía pudieron habitar al mismo tiempo la madre que duerme a su hijo y el pueblo que se levanta para protegerlo.
Los códices no dejaron escrita la respiración de aquellas voces. No sabemos con certeza cómo se cantaba hace quinientos años ni cuál era el ritmo de cada palabra. Quedan imágenes, instrumentos, antiguos manuscritos y las recopilaciones de quienes alcanzaron a entrar en las comunidades antes de que murieran los abuelos que todavía recordaban.
Adrián estudia esas fuentes, compara versiones, investiga las pronunciaciones y reconoce los límites de lo que puede saberse. Ellos trabajan con lo que sobrevivió. Reciben los fragmentos y buscan reunirlos sin borrar las heridas de su largo viaje. Conservan la lengua tanto como les es posible y crean arreglos contemporáneos para devolverle un lugar en nuestro tiempo.
La guitarra conversa con el huéhuetl, el teponaztli, las sonajas, las flautas y las ocarinas. En ese encuentro vive también la historia de México: lo que estaba aquí, lo que llegó después y las formas inesperadas nacidas de la resistencia y la mezcla.
Lidia tuvo que dejar a un lado parte de la impostación adquirida durante años para permitir que estos cantos salieran desde otro lugar.
“Hay que cantar desde el alma, porque estamos evocando mucha poesía”.
Adrián ha defendido este trabajo frente a quienes desean reducir lo ancestral a plumas, disfraces y espectáculo. Los pueblos originarios no son una escenografía detenida antes de la Conquista. Respiran hoy en sus lenguas, en la cocina, en las fiestas, en las danzas y en las manos de sus artesanos.
México sabe admirar sus pirámides, pero demasiadas veces ignora a los descendientes de quienes las levantaron.
Lidia lo vio durante el tiempo que dio clases en una comunidad de Tolimán. Allí la memoria caminaba por las calles durante la fiesta de San Miguel; vivía en la gastronomía, la música, la artesanía y el sentido de pertenencia de quienes saben que una tradición no se posee: se cuida.
Ella y Adrián imaginaron hace años un festival donde pudieran encontrarse los cantos, las lenguas, la comida y la riqueza cultural de nuestros municipios. De ese sueño nacieron dos ediciones de un festival cultural indígena y un encuentro de cantos originarios. Llegaron agrupaciones de otros estados, adultos, jóvenes y niños que todavía hablaban la lengua de sus abuelos.
Cada niño llevó el canto durante otro tramo.
Ahora la travesía continúa hacia España.
La invitación nació después de la gira que Cappella Queretana realizó en diciembre de 2025. Dentro del programa interpretaron cantos originarios acompañados por instrumentos mesoamericanos. El público español se acercó con asombro: quería saber cómo podía salir semejante sonido de un tronco o cómo un silbato tan pequeño conseguía guardar la voz de un pájaro.
Este septiembre, In Xóchitl In Cuícatl llegará a Valladolid con conciertos, talleres de construcción de instrumentos, encuentros didácticos con niños y charlas sobre artefactos sonoros mesoamericanos. El día 26 participará en el vigésimo aniversario de la Asociación de Mexicanos de Castilla y León. También se preparan actividades en Salamanca y la posibilidad de cantar en la Casa de Zorrilla.
Casi quinientos años después, las lenguas que habitaban esta tierra antes de la llegada española volverán a cruzar el océano. Irán en voces queretanas, acompañadas por la madera, el barro y el aliento. No como reliquias de un mundo muerto, sino como una parte viva de México.
“Llevarles esto, para mí, es un regalo”, dice Adrián.
Y lo es. Los sonidos que sobrevivieron a la conquista, al desprecio y al olvido regresarán a España convertidos en música. No para ajustar cuentas con el pasado. Regresarán para conversar.
Lidia y Adrián sueñan con grabar el repertorio, recorrer Europa y llevarlo a otros estados y países. Estos cantos necesitan caminar. Necesitan llegar a las escuelas, a los músicos que vendrán y a los pueblos que tal vez reconozcan en ellos algo que creían perdido.
Que se escuchen en Valladolid, Salamanca, Viena o cualquier ciudad del mundo donde alguien pueda guardar silencio ante ellos. Pero que vuelvan siempre a México. Que un niño de Querétaro conozca la voz del huéhuetl antes de verla encerrada detrás de un cristal. Que una niña escuche una lengua originaria y la sienta nacida de la misma tierra que sostiene sus pasos.
Antes de sus conciertos, los integrantes del ensamble agradecen. Algunas veces Adrián prepara una ofrenda. Quieren llevar a España copal y sahumadores.
Imagino ese instante.
El humo elevándose despacio en una tierra lejana. El aroma del copal abriendo un lugar para los que ya no tienen cuerpo: los antiguos poetas, las madres, los abuelos, los artesanos, los guardianes de la palabra.
Después, una respiración.
La mano sobre el huéhuetl.
El aire entrando en la flauta.
Y un canto que comenzó hace siglos reanudando su camino.
Al terminar nuestra conversación pregunté a Lidia y a Adrián qué salvarían si sólo pudieran entregar un sonido, una palabra o un canto a quienes todavía no han nacido.
Lidia eligió Huey Tonantzin, el canto a la gran madre, a la mujer y a la tierra.
Adrián eligió el huéhuetl, ese tambor antiguo que continúa latiendo gracias a los artesanos que conocieron su secreto y lo confiaron a otras manos.
La madre y el latido.
La tierra y su corazón.
In Xóchitl In Cuícatl no comenzó con ellos. Nació mucho antes, en un tiempo cuyo nombre ya no recordamos. Tampoco terminará cuando concluya esta gira. Lidia, Adrián, Daniel, Connie y Aura llevarán el canto durante la parte del camino que les corresponde. Le prestarán sus voces, su estudio, sus manos y sus vidas. Después alguien más habrá de recibirlo.
En algún lugar del tiempo, una madre volverá a cantarlo cerca de su hija. Un niño golpeará una mesa sin saber que dentro de sus manos despierta la memoria de un abuelo. Un artesano modelará un silbato y esperará el momento preciso en que el barro comience a respirar. Otra voz pronunciará las antiguas palabras y el mundo que parecía perdido abrirá nuevamente los ojos.
Ése es el legado de In Xóchitl In Cuícatl: mantener abierto el cauce por donde los ancestros todavía pueden llegar hasta nosotros.
Flor y canto.
Una voz lo recibe.
Otra voz lo lleva.
Y México continúa.






