EDMUNDO GONZÁLEZ LLACA / LA MUERTE

EL JICOTE

Dedico este artículo a mi estimado amigo el Arquitecto Armando Ruiz, somos solidarios de la misma pena, no encontramos en la muerte dizque sus bondades. En otras palabras, los dos somos zacatones ante la inminente posibilidad de morirnos.

Tengo cuatro problemas que durante toda mi existencia no he podido resolver: la vida, el amor, la muerte y el dinero. Fuera de estos cuatro nudos que hasta el momento no he podido desenredar, en general la paso bastante bien y puedo convivir en sociedad. No soy el rey de la simpatía pero tengo un grupo de amigos que me soportan y hasta el momento no presento síntomas de convertirme en asesino serial. La forma de exorcizar mis traumas es escribiendo, y he escrito hasta el agotamiento sobre la muerte, más que de los otros temas. ¿Por qué esta reiteración? Con el vano propósito de morirme un poco, de familiarizarme con su realidad para olvidarla, despreciarla o para que, cuando llegue ese momento, ya haya exorcizado buena parte del terror que me provoca y me pueda despedir de la vida con tranquilidad y hasta con desdén. Por eso empecé a escribir sobre algunas frases que se han pronunciado en la agonía y luego sobre los epitafios. Acá entre nos, realmente soy un niño que chifla y ríe en la oscuridad, pero la mera verdad es que estoy muerto de miedo ante lo ineludible realidad de la muerte. Regularmente ante el espejo me interrogo: esta tumba que diariamente baño, peino, rasuro; este rostro al que le pongo cremas protectoras, y ungüentos anti arrugas; este cuerpo, este envase,  que no por presumir pero huele bien, que ha sido consentido y cuidado es una ilusión, en el fondo todo es polvo, carroña miserable de mañana. Lo peor es que nada de lo que se diga de la muerte es nuevo; todo en ella es desastre y lugar común. Si inevitablemente debo asistir a un funeral y compartir los ritos alrededor del difunto: las velas, la caja, las flores -inútil camuflaje de la inminente descomposición  física-, todo es un culto al dolor. En esos instantes procuro de inmediato asirme a los últimos jirones de mi fe, y repito desesperado dentro de mí: toda muerte es nacimiento, toda muerte es fecundidad, tránsito, liberación, verdadera vida, despertar. La muerte es «simple enfermedad de la piel».

En ocasiones puedo vencer la angustia que me sofoca, en otras no, como en días pasados. Y vuelvo a lo mismo, la muerte es dura, inexpugnable, dolorosa; cataclismo absurdo; castigo cruel por el pecado de vivir. Negación de todo lo de aquí, y quizá de lo de allá. Si no fuera porque de seguro tendríamos el acostumbrado, indiferente silencio cósmico, era para indignarse, gritar, escupir, reclamar. Lamentablemente Dios no puso Procuraduría del Consumidor, así que no perdamos nuestro tiempo en protestas inútiles. Mejor respondo a los reclamos de los amigos. Me dicen, no pongas el de otras personas, ilustres o anónimas. Confiesa ¿Cuál será tu epitafio? Respondo. Tengo dos, uno es un verso que no es mío pero me gusta mucho para epitafio: “En la vida todo es adiós/ Todo es pasar y partir/ Se muere tanto, pero tanto en esta vida/ que lo de menos es morir”. El otro epitafio sí es mío de mí. Iba a escribir de mi propia inspiración, pero me pareció muy sangrón. El epitafio dice así: “Ya no amo/ Ya no odio/ Ya no ambiciono/ Ya no deseo/Ya no tengo miedo/ Ya soy libre”.  En fin, tan tan con el tema de la muerte.

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