Edmundo González Llaca

EL JICOTE

COLOSIO II y último

Me preguntan si considero que Salinas es el asesino de Colosio. Respondo. Platón afirmaba que todo político malo acaba siendo mal político. Salinas es un hombre malo, lo traté en la campaña de Miguel de la Madrid, él era director del IEPES y yo asistía a sus reuniones como representante de Miguel González Avelar, Secretario de Prensa y Propaganda, la consigna que me daba era: “Sé puntilloso ante todo”. Cumplía gozoso su recomendación. Salinas es inteligente, autócrata, irónico, como buen rencoroso con magnífica memoria. Como Presidente me cobró políticamente mis observaciones, a veces cargadas de insolencia, con todo e IVA. No podría, sin embargo, afirmar su autoría del crimen. Lo que sí me consta es que antes del crimen los mítines de Colosio eran fríos, distantes, sin vibra, mientras en el partido había entusiasmo, convicciones; ir y venir de militantes y espontáneos. Después del discurso del monumento a la Revolución los mítines eran cálidos, entusiastas, desbordados; en el partido había poca gente, se respiraba tensión, sombrías expectativas. Se presentía la respuesta de Salinas, pero se consideraba que todo cambiaría al llegar Colosio a Sonora, pues sería el parte aguas y a la campaña ya no la detendría nadie. ¿Coincidencia? Lo mataron un día antes de llegar a su tierra. Ese ambiente previo, asfixiante y negro, como de muerte, es lo que me consta.

  Respondo a la pregunta de Julio Figueroa. En el avión rumbo a Tijuana Durazo me envió una nota: “Ya murió”. Le respondí: “Que Diana Laura controle el sepelio, vamos a organizar todo para catapultarla y que sustituya a Colosio como candidata. Recuerda Nicaragua con Violeta Chamorro”. Durazo movió la cabeza en forma negativa. Era ingenuo, Salinas controlaba todo y Diana Laura estaba muy débil por la enfermedad. Al llegar a Tijuana fuimos directamente a la Cruz Roja. Durazo me invitó a que entráramos a ver su cadáver, era cuestión de meterse a empujones, me negué, estaba todo desguanzado, no tenía fuerzas para nada. Entró a codazo limpio con Heriberto Galindo. Yo subí a la azotea, donde se veía el movimiento de las ambulancias. Hasta allá me alcanzó la Secretaria Particular de Colosio, que estaba en shock, me abrazaba llorosa, blandiendo un folder repetía y repetía; “Hice el acta de defunción del jefe”. Yo la abrazaba sin poder hablar. El ruido de la salida de la ambulancia nos llevó a mirar hacia abajo, sacaban el ataúd. Vi la escena más vergonzosa nauseabunda de mi vida. Los paparazis rodearon la ambulancia, abrieron la puerta de atrás e intentaban abrir el ataúd para fotografiarlo. Decirles buitres era ofender a los buitres. Los miembros del Estado Mayor lograron cerrar la puerta de la ambulancia y ésta pudo salir.

Durante todo el proceso no había derramado una lágrima, no podía. Días después me despertó mi propio llanto, lloré hasta que me quedé seco, sin lágrimas ni saliva. De seguro entre mocos y baba maldecía a Salinas y a Córdova. Mi sirvienta me sacudió y me dijo: “Ya doctor, perdone, como Dios perdona”. Recuerdo que le dije: “Que perdone Dios que es su oficio, yo no perdono a estos malditos”. Sigo sin hacerlo, después del crimen de Colosio el país se descompuso. Que descanse en paz Luis Donaldo.     

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