Edmundo González Llaca

EL JICOTE

Lo bueno y lo malo en la maroma de la seguridad

Estaba todo listo para que la Guardia Nacional quedara bajo el control de las fuerzas armadas, Morena ya había logrado obtener los votos necesarios en la Cámara de Diputados que le permitía modificar la Constitución. De pronto López Obrador hizo, según dijo él mismo, una sugerencia a sus partidarios, en otros tiempos eso se llamaba la línea. Es una instrucción que viene del Presidente y se baja el telón a cualquier otra propuesta. En este caso la maroma institucional consistió en que la Guardia Nacional quede en lo administrativo bajo la autoridad civil y la aplicación ¡ay nanita! en las manos de los militares.

Durante la campaña López Obrador había dicho hasta el cansancio que las fuerzas armadas deberían estar en los cuarteles y que los abusos cometidos por los soldados en algunos operativos, avalaban su propuesta. ¿Qué ha estado atrás de ese viraje grotesco? Está la protesta de organismos internacionales y los tratados con otros países; está la abrumadora mayoría de participaciones en las audiencias públicas que se oponen a la militarización; como  remate está la desautorización de la Corte a la Ley de Seguridad Interior que pretendía sacar Peña Nieto.

Una noticia buena y una mala. La buena, es que López Obrador por primera vez da prueba de escuchar, y que no es una pared, que ¡milagro! puede cambiar de opinión. Reconoce implícitamente que no es posible erigir como política pública, el voy derecho y no me quito; «que cuando digo que las cosas van pues van». La mala noticia es que propone un híbrido que es la militarización con grotesco camuflaje. El peligro sigue ahí,  Adam Michnik, demócrata polaco, lo sintetiza así: «En las dictaduras militares la seguridad está garantizada en las calles y el terror está en el timbre, el visitante puede ser alguien con uniforme. En las democracias las calles pueden ser inseguras, pero en la madrugada, cuando suena el timbre, lo más probable es que sea el lechero».  El dictamen legislativo impulsa como dueños de las calles y, por desgracia, del timbre también, a los uniformados.

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