Discurso de la carretera

FOTO: ESPECIAL

Hace unos meses, tras conocer que mi texto Figuraciones del hogar se había hecho acreedor al Primer Concurso de Cuento Ignacio Padilla convocado por el Instituto Municipal de la Cultura, me apresuré a escribir algunas líneas de agradecimiento que, pensé, tendría que decir cuando el premio fuera entregado; quería que fueran palabras para mis colegas, mi familia y, particularmente, para la memoria de Padilla. Sin embargo, al no haberse realizado ninguna ceremonia, quedaron arrumbadas en el ordenador. Hoy, con motivo del primer aniversario luctuoso del autor de obras monumentales como Amphitryon y Espiral de artillería, y antes de que nos alcance el olvido, las recupero y modifico ligeramente.

1. Tras agradecer al Instituto Municipal de la Cultura por convocar a este concurso tan necesario para una ciudad con tan buen pulso en las letras, y, sobre todo, al jurado, Carlos Agustín Chimal García y Mauricio Molina Cardona, me gustaría hablar brevemente sobre el oficio de escribir y generar ficciones, el oficio al que Ignacio Padilla y yo, desde sitios bien distintos de la carretera, nos dedicamos.

Recuerdo escuchar hace unos meses por la radio, mientras conducía de vuelta a casa, a un par de locutores comentar, tras el anuncio de este concurso, que los premios eran “casi una grosería”. Se referían, creo, al monto.

Me gusta mucho cómo Alan Pauls habla del oficio de escribir: yo solamente creo en la literatura, dice. Uno no puede estar todo el tiempo dedicado a aquello único en lo que creemos, y por ello existen “objetos impuros” con los que se tiene una relación más conflictiva. Son, dice, “escrituras parciales” de las que se vive. Una suerte de tareas satelitales: dar clases, conferencias, escribir artículos, publicar en periódicos, etc. Yo añadiría: participar en concursos. Lo traigo a cuento porque supongo que los locutores no tienen mucha idea de lo que significan seis, doce o veinte mil pesos para un autor joven que intenta comenzar a vivir de lo que sus palabras le dejen.

Pero entiendo que no se referían a eso –o no exclusivamente a eso– y que el escándalo era por la desproporción entre el nombre de Ignacio Padilla y los montos de los primeros tres lugares. Y es entendible. Pero, ¿se puede medir a un autor por algo tan frágil como el dinero? Los que participamos –lo sé, porque lo hablamos mis colegas y yo- lo hicimos sobre todo por el nombre de este premio y no por el monto, o no sólo por el monto y la forma en que éste se podría traducir en un buen número de días para dedicarnos precisamente a escribir, que es la única tabla que nos queda a la mano algunos ratos. (Y ya que hablo de mis colegas, no quiero dejar de agradecer a Jaime Hernán, quién un par de días antes del cierre todavía se dio el tiempo de leer y comentar mi texto. Admiro su escritura tanto como su generosidad.) Y decía colegas, porque recién iniciamos un taller de narrativa donde leemos los textos de los demás para luego escuchar qué dicen del propio. Este premio es para Jaime y para el resto. Ojalá que el próximo año este concurso crezca y deje de ser municipal para pasar a ser estatal o incluso nacional, porque me queda claro que ellos darán batalla a quién sea y que Nacho, sin conocerlos, estaría orgulloso. Y entonces sí se corresponderían el nombre y el premio.

2. No quiero extenderme demasiado, pero me parece grosero haber llegado hasta aquí sin hablar del homenajeado, la principal razón de este texto. Yo no puedo decir como otras personas que lo conocí de cerca y que gracias a él escribo; y eso es algo que lamento. Pero sí que, por lo poco que lo conocí, puedo decir que era un hombre generoso. Recuerdo que cuando mi madre trabajaba como coordinadora de la Radio Universitaria donde él colaboraba, tuvo a bien darme su correo para que le enviara lo que estaba escribiendo. Lo envié aunque nunca tuve respuesta, y qué bueno. Entonces tenía yo quince años, y ahora reconozco que me daría vergüenza saber que le había hecho perder cuando menos diez minutos de su vida leyendo aquello. Tras ello, volví a verlo en un curso en que lo mismo hablaba de Jonás y la ballena, los beatniks o Star Wars. La última vez que lo vi, fue de manera incómoda y rápida mientras hacíamos trámites en el Centro Cívico. Curioso ¿no? Qué trámites puede uno querer hacer ahí, más que los de quien decidió hacer de este un sitio para vivir junto a su familia.

3. Unos días después de la publicación de los resultados del concurso, Rocío Benítez, en una entrevista, replicó la pregunta que yo tuve oportunidad de hacerle a Luis Alberto Arellano cuando ella y yo trabajábamos para aQRÓpolis, el suplemento cultural del periódico Plaza de Armas: “Padilla decía que visualizaba a Querétaro como una metrópoli, pero que para eso falta una literatura donde la misma ciudad se reconozca”. Entonces Luis respondió, y cito, que esa era una vieja discusión con Nacho. “Es un gran amigo pero no me gusta mucho (…) la visión de cultura mexicana que propone: esa cultura hegemónica, radicalmente centralizada, y de cosmopolita forzada. Creo que además todo ese sistema de arte que relaciona procedencia y destino con obra o biografía con obra es un sistema fundado en la preeminencia de la belleza, un sistema que hizo aire, voló y desapareció”.

Independientemente de la visión que se tenga de Querétaro y de la literatura que pueda producirse para reconocerla como metrópoli o no, siempre será importante contar con escritores de primera línea que desde un sitio determinado produzcan un discurso y una conversación con los que no lo somos. Hasta ahora, creo, en ese y muchos otros aspectos, la pérdida que la partida de Luis Alberto y Nacho nos dejó es incalculable.

4. Querétaro, lugar de paso: hogar nuestro. El mismo sitio en cuya carretera Nacho lamentablemente se dejó la vida una noche lluviosa.

Para terminar, quisiera hablar brevemente del cuento que, de algún modo mira lateralmente a esta ciudad. Se titula “Figuraciones del hogar”, y está inspirado fuertemente por un ensayo de Iván Pintor Iranzo sobre Mad Men; de ahí el título, casi idéntico, y las referencias veladas: el “Winkefield” de Hawthorne y “El nadador” de Cheever, entre otros. Es un cuento que, si habla de algo, es de ese eterno retorno a casa, aunque la casa sean puras ruinas. Lo escribí cuando mi hermana me contó que mi sobrino de tres años le había amenazado con irse de la casa. Todos huimos para volver, ese es verdadero sentido del escape: una suerte de simulacro para convencernos de que en cualquier momento podremos volver a nuestro sitio.

El trasfondo del cuento, es una ciudad cambiante, una ciudad que de a poco les es arrebatada a los niños que lo protagonizan. Y es que el hogar, creo, no sólo es la casa de nuestros padres, también lo son las calles que recorremos a diario, los puentes, los parques, los sitios que señalamos en el mapa que es nuestra vida. Y mi hogar, Querétaro, hace tiempo que me está siendo arrebatado: y no lo digo con ignorante nostalgia, las ciudades, como todo, cambian, crecen. ¿Pero hacía dónde? ¿Para quiénes? ¿Con qué motivos? Veo que, como en una canción de Arcade Fire, centros comerciales crecen como montañas detrás de las montañas. Las inmobiliarias venden territorios para el aislamiento, haciéndonos vivir por siempre en las orillas. Este valle de luces me parece, ahora, casi incomprensible. El extrarradio, pero también el centro. Hace tiempo que siento que esos trazos ya no me cobijan, que no soy bienvenido ahí.  ¿Parquímetros, alcoholímetros y ciclo vías para qué si no tenemos un transporte que nos sirva? ¿Cambios de uso de suelo que harán colapsar a esta ciudad dentro de no mucho tiempo? Queremos huir pero no sabemos a dónde ni por qué. Como la canción de Bruce Springsteen que inspiró a este cuento: creo que será un largo camino a casa.

Muchas gracias.

POR: IMANOL MARTÍNEZ

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