DAVID PÉREZ / EL FIN DE LOS HOMBRES

EXPRESIONES CULTURALES

De acuerdo al Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en  el primer cuatrimestre de 2019 murieron 1,199 mujeres víctimas de violencia de género. El aumento mantenido en estos crímenes desde 2015 (97% en cuatro años) revela síntomas de una sociedad traumatizada: tanto la normalización y justificación de la violencia hacia las mujeres como su promoción desde la impunidad que cubre todos los niveles de la ejecución de justicia en México, aunado a una insuficiente asistencia jurídica y la revictimización de las víctimas y sus familiares.

En el libro ‘Laëtitia o el fin de los hombres’ publicado en 2016, el historiador  francés Ivan Jablonka pone a debate el lugar que ocupa la mujer en la sociedad contemporánea a partir de la crónica de un crimen y la narrativa que éste genera. En la perspectiva de Jablonka, la desaparición y asesinato de Laëtitia Perrais, una joven estudiante y mesera francesa de 19 años, es un ‘hecho social’, es decir, un episodio que nos habla a profundidad de la sociedad que la contiene, de los mecanismos estatales e instituciones políticas que responden al crimen y de la forma en que los medios de comunicación manejan el caso desde la visión de un storytelling consumible en el mercado.

El libro es contundente y revelador en muchos ángulos. Contundente en la exposición de la normalización de la violencia hacia las mujeres como modelo social de Occidente; revelador porque muestra el poder de los dispositivos estatales y sociales para apropiarse de un caso y construir un relato que no sólo oscurece la existencia de las víctimas pero también facilita una asignación relativa de sanciones que impide la correcta ejecución de la justicia.

El objetivo de Jablonka es acompañar la descripción histórica del crimen con el relato de su vida: rehabilitar la existencia de Laëtitia devolviéndole su dignidad y libertad. Así, la conocemos en sus sueños y aspiraciones a partir de los testimonios de su círculo cercano, y también en los fracasos sucesivos de la figura masculina en su vida: su infancia, su juventud y su muerte, delineados por la violencia como derecho de los hombres alrededor de su existencia.

Esta crisis se funda en los privilegios que asumimos exclusivos del género masculino: diseñar, decidir, hablar sobre, desde, a través de las mujeres. Estas relaciones desiguales de poder facilitan una vulnerabilidad que se instalan muy temprano, programando vidas para la violencia y la sumisión. Los medios fomentan una lectura distante de la violencia de género, además de estar ‘vivas por estar muertas’, sólo existen porque son las protagonistas de un crimen y sólo mientras dura la atención de la audiencia en su caso.

El caso Laëtitia provocó una oleada de manifestaciones durante semanas en el departamento francés del Loira Atlántico que a su vez desencadenaron una reacción del Ejecutivo para la atención del tema por el Poder Judicial, generando un debate sobre las condiciones y alcances laborales, la asignación de sanciones, las causas sociales de la reincidencia criminal y la corrupción en altos mandos. Múltiples manifestaciones en diferentes ciudades de la República Mexicana durante los últimos años han intentado generar el mismo efecto en nuestra sociedad sin lograr una respuesta similar: el Estado asume que la violencia hacia las mujeres es una cifra que participa de un problema mayor de seguridad, por lo que su atención no es específica ni expedita. Los representantes del Poder Ejecutivo no se manifiestan claramente sobre un fenómeno que debe ser leído, igual que Jablonka lo hace, como un hecho social que nos interpela sobre el estado actual de nuestra sociedad: la violencia de género que se asume como un imperativo social y se reproduce generacionalmente.

¿Cuántos libros tendrían que escribirse con el nombre de Mara, Jessica, Fernanda y cada una de las nueve mujeres asesinadas al día? Estas historias son necesarias, en primer instancia, para hacerlas existir desde su vida y liberarlas de su muerte,  pero también para exhibir esferas de injusticia que se intersectan creando un escenario de indiferencia e insensibilidad ante una crisis de nuestra sociedad.

Esta literatura de lo ‘real’ conecta la existencia con la terminación de la misma, permite la exploración de condiciones que motivan el entendimiento de sucesos amargos y violentos. Esa misma literatura nos revela la tragedia en la que vivimos: cuando comprendemos que lo que le ocurrió a estas mujeres hubiera podido sucederles a todas las demás.

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