Esta semana miles de familias de la zona metropolitana de Guadalajara tienen razones para desconfiar del agua que sale de sus llaves. Desde hace meses denuncian agua turbia, con mal olor o con residuos. El Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA) anunció que, a partir del jueves 15 de octubre, habrá tandeos y periodos de baja presión en 627 colonias. explicaron que el esquema está previsto hasta finales de marzo de 2027, mientras se realizan obras para mejorar el suministro. La indignación ya salió a las calles. Antes de cualquier observación, quiero expresar mi solidaridad con esas familias. Nadie debería dudar si el agua que llega a su casa es segura para sus hijos.
Pienso en un refrán que todos hemos escuchado: «Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar». No significa que Querétaro esté viviendo la misma situación que Jalisco, pero sí que conviene prestar atención a sus advertencias antes de que nuestros propios problemas se conviertan en una emergencia. ¿Qué podemos resolver ahora, cuando todavía tenemos tiempo para hacerlo?
En Guadalajara, las señales no aparecieron esta semana. En febrero de 2022, la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco, mediante su Recomendación 10/2022, ya había documentado problemas de distribución, agua turbia y sedimentos, además de falta de previsión para atender esas fallas. Más recientemente, el Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario (IMDEC) reunió 1,477 reportes ciudadanos entre marzo y septiembre de 2026; en la mayoría se describían problemas de olor, turbiedad o sedimentos. A ello se suman el envejecimiento de la infraestructura y las necesidades de mantenimiento. Una crisis puede hacerse visible de pronto, pero detrás suele haber una larga historia de problemas conocidos. El riesgo está en acostumbrarnos a esas señales hasta que dejan de parecernos urgentes.
El agua también se cuida mucho antes de que llegue a la llave. En las fuentes de abastecimiento, los acuíferos y las zonas de recarga; en las plantas potabilizadoras y en las tuberías que cruzan la ciudad. En mis columnas anteriores he insistido en proteger los lugares donde la lluvia puede infiltrarse hacia el subsuelo. Una fuente contaminada o un acuífero deteriorado no se recuperan de un día para otro, por más urgente que se vuelva la necesidad.
Querétaro sabe lo que significa tomar decisiones pensando en el futuro. Hace más de una década, el Acueducto II permitió ampliar las fuentes de abastecimiento de la zona metropolitana. Esa decisión nos dio margen, pero no resolvió el problema para siempre. Seguimos creciendo, tenemos infraestructura que requiere mantenimiento y acuíferos sometidos a presión.
Por eso el Programa Hídrico del Estado de Querétaro importa tanto. Desde el Consejo Consultivo del Agua tuve la responsabilidad de coordinar los trabajos para su elaboración, y lo sometimos a consulta pública porque las políticas públicas deben construirse en el territorio donde van a aplicarse. Las condiciones de abastecimiento, la infraestructura disponible y las necesidades de la población no son las mismas en una colonia urbana que en una comunidad rural o una zona agrícola. Los estudios técnicos son indispensables, pero deben contrastarse con lo que viven las personas: así podemos reconocer problemas que los promedios estatales no muestran y establecer prioridades que respondan a cada región. Escuchamos a productores, industria, academia, organizaciones civiles y comunidades, desde la zona metropolitana hasta la Sierra Gorda y el semidesierto, incluidas las comunidades otomíes de Tolimán. En esas conversaciones aparecieron preocupaciones concretas: la sobreexplotación de los acuíferos, las fugas, el crecimiento urbano y la necesidad de proteger nuestras fuentes.
Pero tener un programa no significa que ya estemos preparados. Planear es decidir qué redes deben rehabilitarse primero, qué fuentes requieren vigilancia constante y dónde es indispensable proteger el suelo que permite la recarga. Es asignar responsables, plazos y recursos, y comprobar si las medidas funcionan. También es dar continuidad a esas decisiones aunque cambien las administraciones. Todo esto resulta menos visible que una obra inaugurada, pero puede evitar que un problema manejable termine por rebasarnos.
Hay otro punto que no debemos pasar por alto: cómo respondemos cuando la gente empieza a reportar anomalías en el servicio. Si en una colonia el agua cambia de color o de olor, debe haber una evaluación técnica, una explicación pública y seguimiento. Esos cambios, por sí solos, no demuestran contaminación, pero tampoco se deben desestimar. Las personas necesitan conocer los resultados de los análisis y saber qué se está haciendo para corregir el problema.
Querétaro cuenta hoy con una propuesta de Programa Hídrico construida con muchas voces. Lo que sigue es convertir sus prioridades en trabajo sostenido, con presupuesto y seguimiento, sin esperar a que la presión de una emergencia nos obligue a actuar a toda prisa. Es fácil aplazar el mantenimiento cuando todo parece funcionar. Después, cuando el servicio falla, esa decisión resulta mucho más difícil de justificar.
Mi solidaridad está con las familias de Guadalajara. Y mi preocupación es que dentro de unos años tengamos que reconocer que aquí también hubo señales y que no hicimos lo suficiente. Todavía podemos atenderlas a tiempo, sin esperar a que la situación se vuelva un caos.





